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Enfoque: Debate sobre ruedas

La semana pasada esta revista daba cuenta que el Transantiago se convirtió en caso de estudio en la Escuela de Políticas Públicas de la Universidad de Harvard, donde el profesor titular José Gómez-Ibáñez lo incorporó como ejemplo de falta de precisión técnica, inconsistencia de diseño y grave déficit de control en su implementación.

A ese análisis se han sumado varios expertos chilenos, como el grupo que en esta edición opina si la raíz de su fracaso está en el diseño, en la implementación o en ambos.

Detrás de ese debate, hay otro que en el futuro tal vez se convierta en objeto de tesis y controversias entre analistas políticos. ¿Hasta qué punto el fracaso del plan -y su posterior manejo- ha sellado la suerte de este gobierno y, si se confirma la tendencia de las encuestas, podría también haber marcado el inicio del fin de 20 años de hegemonía concertacionista?

Al contrario de los debates sobre los pecados del sistema, cuesta encontrar dos opiniones respecto de la fecha en que se inició la peor pesadilla de la presidenta Michelle Bachelet: febrero de 2007, cuando se puso en marcha el proyecto de modernización del sistema de transporte.

Desde entonces, nunca han cesado los efectos negativos en la popularidad de la presidenta ni las crisis, además de otros efectos colaterales de alto costo, como la principal división del conglomerado oficialista y el descrédito de su hasta entonces elogiada tecnocracia (de la cual René Cortázar era uno de sus principales símbolos).

Si bien la pugna de la directiva DC con el senador Adolfo Zaldívar tiene un origen más profundo, su expulsión fue gatillada por su voto en contra de otorgar US$ 290 millones al Transantiago.

Pero tal vez lo más corrosivo haya sido la forma en que agudizó las diferencias y recriminaciones entre el actual gobierno y el anterior. La primera persona que mencionó la dicotomía diseño versus implementación fue el ex presidente Ricardo Lagos, gesto interpretado como una forma de deslindar la responsabilidad de su administración en el fracaso del plan. Los sondeos coinciden en que esa actitud ha sido muy mal recibida.

El Transantiago, por lo tanto, también ha incidido en la caída sufrida en las encuestas por quien era visto como la mejor carta concertacionista para obtener un quinto gobierno. La suerte, obviamente, no está echada. Pero es posible que el debate académico sobre el tema se traslade cada vez más del área técnica a la de los especialistas en fenómenos políticos.