|
6 de octubre de 1924
Los partidos
Dijo un ex parlamentario en un reportaje que él no cree en las destrucción de los partidos políticos chilenos.
Desgraciadamente, los partidos políticos eran muchos. Chile tiene más o menos la población de Chicago, y sin embargo contaba con más del doble de partidos políticos que Estados Unidos. Esta cantidad de divisiones obedecía al afán general de acercarse a los honores y al presupuesto. Sería muy conveniente que algunos partidos y las asambleas quedasen enterradas para siempre y que no vuelvan a aparecer como el jaramago entre los escombros. Por esa cantidad de partidos, o intereses encontrados, nacieron los ministerios rotativos y el funesto sistema de compensaciones. Es ridículo y muy de opereta eso de que haya liberales claros, liberales verdes, liberales tornasoles, liberales colorados y liberales camaleónicos. Entendemos que en los Estados Unidos, con ciento diez millones de habitantes, no hay más que una clase de liberales. Este movimiento debe barrer con los políticos de asambleas y con el caudillaje mediocre de los partidos que significaban la pulverización del poder, o sea: la anarquía. Con tres partidos basta y sobre. Con veinte partidos resulta que el país se parte por el eje.
El Club Hípico
¿Qué diríamos nosotros si en Francia el hipódromo de Longchamps festejara al señor Poincaré?
En realidad, esta pintoresca vida americana nos trae sorpresas admirables cada día. Aquí la Bolsa y el Club Hípico pueden tanto como La Sorbonne y l'Academie Française. No es raro oír de un banquete a tal o cual corredor por su brillante actuación en la Bolsa. Preguntemos: ¿qué actuación especial podrá ser esa? Nuestra mentalidad no cambia a pesar de todo, y seguimos viendo superhombres en el bursátil afortunado y el elegante clubman que sabe destapar champagne en el Paddock o en el mesón del club. Por muy interesante y noble que sea el deporte hípico, en cuanto a desarrollo físico de los caballos, siempre el verde césped de los hipódromos es un tapete. Aunque está aceptado en naciones más cultas y antiguas que la nuestra, no deja de ser tapete y juego de azar; por eso una junta de regeneración no encuadra dignamente dentro de tales actividades.
La Bolsa y el peso
Este gobierno fuerte debe mirar ante todo a darnos una moneda segura. Chile sería otro si tuviésemos un cambio fijo. No importa a qué tipo, pero que sea fijo.
En Chile existen los intereses creados de la baja porque casi todos los privilegiados nacionales y las empresas extranjeras hacen sus negocios a base de oro, porque venden a precio de oro; el salitre es oro, y el interés de los vendedores es tener el mayor número de billetes a vil precio para pagar la mano de obra. Cuando subió el peso durante la guerra europea, hasta 16 peniques, se produjo pánico entre los industriales.
El peso roñoso es la moneda de los miserables, la moneda de nosotros los chilenos que no tenemos salitre, ni lana, ni trigo, ni carbón. Por eso, mientras a nosotros nos conviene que suba, a ellos les conviene que baje. La libra es de los ricos; el peso es para los miserables. Esta diferencia aplastante de monedas, revela, tanto como otras cosas ya mencionadas, la separación en castas tan patente en Chile. Esta diferenciación de moneda no existe en Perú, Cuba, Venezuela, México, Uruguay o Argentina. En este sentido Chile está más atrasado porque se legisló siempre por los privilegiados para los privilegiados. Es preciso hacer una moneda democrática, igual para todos, impidiendo al mismo tiempo que los especuladores nos sangren como a un cerdo por el sistema de letras, que son las sanguijuelas del aporreado cuerpo nacional.
Es preciso también legislar para la Bolsa, en forma de terminar de una vez con esos escándalos periódicos, fatales como el calor en el verano, que cada año sepultan a muchas familias en miseria o el deshonor, sin que haya castigo para los organizadores de las llamadas máquinas.
Es absurdo ver cómo cada año se sabe de un corredor que poseía un millón y que por querer ganar diez se arruinó. ¡Pobrecito! Entonces todos los corredores se reúnen y hacen una suscripción para salvarlo. ¡Qué simpatía! En cambio, nunca hay suscripciones para el público que paga el pato. Y si en Chile viven como príncipes los especuladores, es porque todo el caudal nacional tiende a la Bolsa. El especulador sabe que no hay sanción, y sigue en sus actividades hasta que la gran máquina le resulte. Es preciso una ley fuerte que corrija de una vez por todas el mecanismo viciado de la Bolsa. Hemos aceptado la autoridad del Ejército y la Marina, para que haga las leyes que no pudo hacer la anarquía parlamentaria.
Por falta de leyes financieras los bancos, las casas fuertes extranjeras y los especuladores voraces sangran al país.
|