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Hace casi tres meses le avisaron a Andrés Velasco que tenía que dejar antes de fin de año la casa que arrienda en Juan Bautista Pastene, a pasos de Nueva Costanera, porque sus dueños decidieron venderla. Ni siquiera la cuadra del ministro de Hacienda se salva por estos días de la voracidad inmobiliaria que arremete en esta zona de Santiago que se ha puesto de moda. Una inmobiliaria acaba de comprar el terreno donde vive Velasco -junto con la propiedad vecina- para desarrollar un proyecto de oficinas.
Desde hace algunas décadas varios empresarios decidieron vivir en el hoy apetecido triángulo Vitacura-Nueva Costanera-Vespucio, cruzado por la exclusiva Avenida Alonso de Córdova. De hecho, el clan Luksic aterrizó en la zona hace más de 20 años. El patriarca vivió en Juan Bautista Pastene hasta que murió en 2005. Su viuda, Iris Fontbona, recién se cambió a San Damián, pero no ha querido deshacerse de la casa que, según el avalúo fiscal, cuesta más de US$ 2 millones. En cambio, intenta arrendarla infructuosamente: no ha encontrado a alguien que esté dispuesto a desembolsar US$ 12 mil mensuales.
A sólo pasos de esta residencia Andrónico Luksic Craig tiene una propiedad. Y su hermano menor, Jean Paul, también es un fanático del barrio. Hasta hace poco vivía tranquilo en Juan Bautista Pastene con Candelaria Goyenechea. Pero le levantaron un edificio justo enfrente y dicen que, por temas de seguridad, decidió trasladarse. Por mucho tiempo buscó otro inmueble en la misma zona. Pero no encontró y tuvo entonces que mudarse a Las Condes -muy cerca de su hermano Guillermo-, pese a que su primera opción fue siempre este barrio en Vitacura.
Definitivamente, este sector se vislumbra hoy como uno de los más exclusivos, modernos, pero a la vez tradicionales de la capital. Y donde empresarios y políticos quieren estar. Están dispuestos a pagar altas sumas de dinero para desembarcar en un lugar que lo reúne todo en pocos pasos: los mejores restaurantes, las tiendas más exclusivas, galerías de arte, buenos accesos -que mejorarán aún más cuando se construya la Costanera Sur y el eje de Américo Vespucio pase por debajo de Alonso de Córdova- y el Parque Bicentenario que le dio un pulmón verde a la zona.
Según distintos corredores de propiedades, el arriendo de la vivienda más básica -tres dormitorios y dos baños- no se encuentra aquí por menos de $ 600 mil mensuales. En los lugares cercanos a Espoz y Candelaria Goyenechea, las cosas cambian y ascienden drásticamente: el arriendo de una buena casa sube a $ 2 millones mensuales. Otras ofertas se disparan incluso a más del doble: la casa ubicada en la misma manzana de los Luksic -la cual Iris Fontbona ha intentado comprar en varias oportunidades- está en arriendo hace más de ocho meses. La ofrecen por US$ 10 mil.
"Pero toda oferta que supera los US$ 8 mil no sale. No hay más de 10 chilenos al año que puedan pagar esto", dice un agente inmobiliario. Sus dueños, sin embargo, no transan ni tampoco están dispuestos a vender: ésta es parte de la herencia que recibieron de sus padres y no quieren deshacerse de ella.
Ver, comprar, comer
El despegue en los precios en lo residencial ha "contaminado" también al sector comercial: el valor de los terrenos aquí ha subido alrededor de 11% en los últimos tres años. Según cifras de la consultora Colliers International, el m2 promedio de venta alcanza las 27 UF, mientras que el costo de arriendo es de 1 UF por m2 construido. En otras palabras, ninguno de los grandes locales -250 m2 construidos- paga menos de $ 5 millones por arriendo.
Gerardo Larraín, socio de PyG, es más tajante: "La venta de terrenos comerciales tiene un valor entre 40 UF y 100 UF el m2". Ello debido a las ubicaciones estratégicas, que son el must del retail. "La intersección entre Alonso de Córdova y Nueva Costanera, por ejemplo, es de los lugares de mayor demanda, lo que ha encarecido el valor de los terrenos. Aquí el m2 fácilmente se empina a las 65 UF", afirma Francisco Adriasola, gerente del área comercial industrial de PyG.
Hoy las mejores tiendas quieren estar aquí. Ni siquiera los altos precios de venta y arriendo han frenado su aterrizaje. Por ejemplo, dice un agente inmobiliario, Tais estuvo dispuesta a desembolsar US$ 6 millones por el terreno y el edificio de Alonso de Córdova con Américo Vespucio, donde instalaron la tienda. "Cuando los dueños optaron por esa zona ganamos varias representaciones, como la línea Red de Valentino. Era cosa de mostrar el mapa de la zona en Europa para conquistar fácilmente representaciones de marcas italianas para Chile", explica Paula Rodríguez, quien armó el local junto a Mariano García.
De hecho, no son pocas las marcas extranjeras que han preferido cambiar sus representaciones desde tiendas ubicadas en otros barrios a locales enclavados en este triángulo.
La oferta se ha diversificado. Además de las lujosas Ferragamo, Louis Vuitton y Ermenegildo Zegna, las medianas también decidieron desembarcar acá: la neoyorquina Nikki B y Maco se trasladaron del Parque Arauco y La Dehesa, respectivamente, para no quedar fuera de la exclusiva ruta que se ha formado en el sector. Ambas se instalaron en uno de los primeros stripcenter que han aparecido aquí, en Nueva Costanera casi con Vespucio. Y Wain, La Vinacoteca de Mauricio Fredes, está ad portas de abrir a unos pasos de ese lugar.
Las galerías de arte también se han abierto un lugar en el barrio. Las primeras fueron la Artespacio, la Animal y la Marlborough. Isabel Aninat, por su parte, reabrió sus puertas en marzo pasado en esta misma zona. Y Patricia Ready levantó hace poco un magnífico edificio para instalar en julio su galería en la calle Espoz y no quedarse fuera del circuito. Por su parte, y tras año y medio de construcción, el galerista y subastador de arte Jorge Carroza inaugurará a comienzos de octubre un nuevo espacio, cuya arquitectura estuvo a cargo de Cristián Undurraga.
Lo más visible del barrio, en todo caso, son los restaurantes, que recorren gran parte de Nueva Costanera, desde Vitacura a Vespucio. No siempre fue así. A principios de 2000 el único que existía era el Agua, según recuerda Atilio Barbieri, socio y administrador del segundo restaurante que llegó al barrio, el Da Carla. Tras comprar la marca en 2000, él y sus socios decidieron abrir una sucursal de su local original en el centro. "Fue una apuesta, porque entonces no había casi nada en el sector. La decisión fue excelente: el crecimiento anual promedio de las ventas en estos años alcanza el 15%", dice Barbieri.
Desde entonces, las alternativas gastronómica no han parado de crecer. Los últimos en aterrizar han sido el Tierra Noble, de Hernán Somerville y sus hijos, y La Mar, la cebichería de Gastón Acurio -el exitoso chef peruano- que partió esta semana. Y vienen más: Daniel Yarur abrirá próximamente el Osadía, un restaurante con club de ajedrez incluido.
Próximamente, además, el lugar contará con un hotel boutique -cuya construcción está a cargo de la familia Pirola Gianoli- ubicado en Alonso de Córdova, a pasos de Nueva Costanera.
Viejos y nuevos vecinos
Si bien la gastronomía, las tiendas caras y el arte concentran las miradas, lo cierto es que este barrio ha tenido habitantes que llegaron mucho antes. Los poleros Julio Zegers, Alfonso Rosas, Jorge Ebensperger y Sergio Calvo se instalaron en Espoz en los años 50 antes de que, incluso, esa calle fuera pavimentada. Eran todos socios del Club de Polo y no tenían problemas en simular en el barrio ese deporte "en bicicleta y con tacos de polo", recuerda una persona que vivió ahí.
El fallecido empresario Hernán Briones fue otro de los pioneros. En su casa de estilo inglés -en Candelaria Goyenechea con Américo Vespucio- continúa viviendo su viuda. El ex senador Marcos Cariola también fue asiduo de la zona, hasta que a comienzos de los 90 compró la casa de Raimundo Larraín en Lo Curro. El hermano de ese último, Gerardo -padre de quienes hoy controlan la corredora de propiedades- negoció la venta. Pero puso una condición: quedarse con la casa que dejaba Cariola en Juan Bautista Pastene. Hasta hoy sigue viviendo ahí.
Pese a que el barrio albergó a connotadas familias, "hace cuatro años estuvo de capa caída", asegura Josefina Forch, corredora de propiedades especializada en la zona. Entre algunas razones, ello se debió a que otros sectores -como La Dehesa- comenzaron a tomar fuerza. Sin embargo, este barrio de Vitacura floreció rápidamente de nuevo, influido en parte por la llegada de jóvenes dispuestos a desembolsar importantes montos por terrenos pequeños e inmuebles donde más que construir la clave ha sido reciclar.
"Hoy una casa de 200 m2 de terreno cuesta alrededor de $ 150 millones. Prefieren eso, una casa chica y antigua, antes que La Dehesa. Es de locos, compran inmuebles con tecnología obsoleta e ineficiente. Pero están ahí", dice un gestor inmobiliario. Se trata de personas que además encuentran El Golf saturado y Providencia old fashion.
Figuras políticas también decidieron asentarse aquí. Hace más de una década Jovino Novoa compró una casa en Juan Bautista Pastene, en la cual aún vive con su familia. El ex presidente de la UDI Hernán Larraín, a su vez, estuvo buscando por largo tiempo un inmueble en el lugar. Hasta que lo encontró: hace cerca de ocho años se trasladó desde General Blanche a la casa vecina de Novoa.
"Hoy se venden aproximadamente entre 10 y 12 casas al año", dice Gerardo Larraín, socio de PyG. Josefina Forch agrega: "Las casas se venden inmediatamente y hay lista de espera para arrendar cuando están a precio de mercado".
En este boom, los empresarios no se han quedado atrás. A los "originarios" del sector, como José Luis Del Río -quien vive en Francisco de Aguirre, en una casa de estilo inglés-, hoy se suma savia nueva. Por ejemplo Christoph Schiess, quien estuvo un año buscando una casa donde vivir. Vio cerca de 30 en diversos sectores, hasta que hace tres meses aterrizó en una amplia casa que arrienda aquí, muy cerca de la calle Tomás de Figueroa.
"Buscamos un lugar que se hubiera consolidado como barrio. Y éste lo ha hecho tal como ocurre en Europa, donde se combina vivienda, comercio y entretención. Desde que vivo aquí he dejado de ocupar el auto y muchas actividades las hacemos caminando. Eso se puede hacer en muy pocos sectores de Santiago", dice el empresario, quien hasta ahora siempre vivió en Santa María de Manquehue.
Oficinas, el próximo paso
Que el Plano Regulador de esta zona no permita la construcción en altura -entre 3 y 7 pisos, dependiendo el sector- ha consolidado el concepto de barrio que tanto valoran las personas que optan por él. Esto, sin embargo, no ha detenido el negocio inmobiliario: quienes hoy levantan edificios en la zona han vuelto las normas a su favor, construyendo departamentos de lujo en inmuebles sin alturas excesivas.
Es el caso del edificio ubicado en Francisco de Aguirre con Tomás de Figueroa: son ocho departamentos que cuestan hasta US$ 1 millón. Aquí han comprado el abogado Edmundo Eluchans y el presidente de la Cámara de Comercio, Peter Hill. Son departamentos de entre 200 m2 y 400 m2. "Todos tienen doble altura y cada uno es distinto al otro. La gente puede vivir en comunidad, pero con su propia identidad", explica Gonzalo Mardones, arquitecto del proyecto. Y adelanta que en pleno Francisco de Aguirre comenzará, en pocos días más, la construcción de cuatro casas-departamentos de lujo que contemplan el uso de subsuelos. La iniciativa será desarrollada por una sociedad de inversionistas.
Aunque el negocio de departamentos es de nicho, "en esta zona tienen un enorme éxito y son una buena inversión. Los valores se van a mantener e incrementar", afirma Vicente Domínguez, director ejecutivo de la Asociación de Desarrolladores Inmobiliarios. En todo caso, en este barrio no sólo de departamentos viven las empresas inmobiliarias: las oficinas también son un target interesante, aunque no desde el concepto tradicional de megaedificios estilo El Golf. "Se van a ir desarrollando oficinas clase B: edificios más pequeños que priorizan tecnología de punta y estilo", señala Christopher Carvajal, jefe del Departamento de Estudios de Colliers.
El tema de oficinas todavía no explota aquí: no hay más de cinco de estos edificios en la zona. Pero el barrio promete no detenerse.
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