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Viajando hacia el sur en nuestros ferrocarriles

"Los ferrocarriles chilenos son buenos y cómodos, pero revelan el despilfarro en una forma patente; los ferrocarriles son como la muestra de la ausencia de política económica de que habla el señor Yáñez".

Por  Joaquín Edwards Bello (1887-1968)
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30 de marzo de 1924

Lo primero que hacemos para viajar es tomar el ferrocarril, de manera que nuestra primera impresión será referente a los ferrocarriles.

Los ferrocarriles chilenos son buenos y cómodos, pero revelan el despilfarro en una forma patente; los ferrocarriles son como la muestra de la ausencia de política económica de que habla el señor Yáñez. Un Fisco rico, inmensamente rico, desproporcionadamente rico, ha producido estos ferrocarriles sui generis, los más notables por muchos capítulos que jamás hayamos visto.

Es muy interesante cómo en esta república o democracia de la América Latina, como dicen algunos escritores clásicos, la gente hace alarde de comodona y refinada.

Digamos de una vez, repitiendo a don Eliodoro Yáñez, que en este país tenemos ahora un germen de democracia, es decir: todos los defectos de las democracias con muy pocas cantidades. En general la tendencia de magnate chileno es visible a la regalía y el paseo. Muchos de nuestros radicales y demócratas, como casi todos los triunfadores del viejo régimen, tienden el sibaritismo. Aunque ellos no lo crean, se parecen mucho más a los grandes duques de la Rusia zarista que a los puritanos o republicanos al estilo de España y Francia.

Un inglés de reconocidos méritos como escritor viajero, observador de países en todas las latitudes, Mr. Hammerton, en estudio publicado en Londres, decía que en nuestros ferrocarriles imperaba espléndido desorden. ¿Qué sería antes, repetimos, cuando ahora, con el desorden visible actual, la empresa gana de dieciocho a veinte millones anuales?

Nuestros ferrocarriles son una ganga para gran parte del público, son como un disimulado regalo de un Fisco inmensamente rico a un pueblo pobre por desordenado.

El Pullman es un carro de sibaritas, muy cómodo, y que nosotros también usamos una que otra vez. Nunca vimos carros Pullman en ningún país del mundo, ahí viajan los senadores y diputados, llenos de regañas, fumando buenos habanos, echados atrás en muelles poltronas, rodeados de asistentes y camareros solícitos.

Estas gangas están desgraciadamente al alcance de muchos y enmollecen al ciudadano, resquebrajan la virtud cívica.

Un catalán, amigo mío, hacía culpable de todos los desórdenes de nuestro pueblo a la facilidad para vivir.

En Europa, efectivamente, la vida más dura hace a la gente más ágil, más alerta, más económica y ordenada; por eso un francés, un catalán, un gallego, un italiano, aunque lleguen en cueros como vulgarmente se dice, luego dominan, arrollan al nativo, se enriquecen, prosperan y, finalmente, nos compadecen con un poco de desprecio.

El Pullman, carro salón para pequeños Heliogábalos, muy agradable por cierto, empezó con el salitre, el oro blanco, que un gran escritor limeño cree que será el agente de la venganza peruana.

El chorro de nitrato nos secó la energía, nos estrujó la buena savia interior de entusiasmo y espíritu cívico: debajo de la espesa capa de nitrato somos una momia del pasado. El Pullman es el carro de la decadencia. Ni en Francia, ni en Italia, ni España, Suiza o Inglaterra vimos tales carros aparatosos, señaladores de privilegios antidemocráticos.

Viajar en Pullman, con pase, es como ir a Europa con título de attaché, sin obligaciones civiles.

Hoy el exceso de regalía se traduce por una lluvia de pases gratuitos y una verdadera orgía de carros especiales. Una vez, viajando de San Bernardo a Santiago en un carro repleto de viajeros, Tomás Gatica Martínez me dijo, riendo: "Aquí eres tú el único que ha pagado billete".

En este viaje que estoy realizando, en compañía de otros amigos, he constatado que un 80 por ciento de los viajeros llevan billetes de favor o pases de todas clases. Es una cosa verdaderamente grotesca presenciar el paso del conductor en ciertos trenes: una vieja con canastos, un imberbe, un futre, un viejo, un huaso, una señorita, casi todos alargan su papelito blanco que representa buenos cientos de pesos arrebatados al Fisco, es decir, retirados indirectamente de los bolsillos de nosotros contribuyentes. ¿Cómo hará toda esta gente, nos decimos nosotros, que nunca, nunca jamás en esta Jauja donde los perros se amarran con longanizas, conseguimos una chaucha del Fisco? ¿Cómo harán? Nosotros seguimos al conductor del nocturno en su tarea controladora, y al fin no podíamos menos de soltar la risa viendo cómo unos tras otros, de todas categorías, alargaban los famosos papelitos.

En Curicó le contamos la escena a un amigo de Santiago, y él, riendo, nos expresó que también se había conseguido pase. Eso es lo peor: el que no lo hace es un tonto, y pasa por infeliz, aquí donde peine es sinónimo de superhombre.

En el mismo convoy iba un carro especial, iluminado con brillantes aparadores, cristalería, mesas, escritorio, sofás, cojines, enteramente vacío. "¿Para quién es?", le preguntamos al asistente. "Va a buscar a un empleado que está veraneando en el sur", nos respondió.