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China, la astuta

Con los Juegos Olímpicos realizados de forma impecable en Beijing, China hizo su verdadero "estreno en sociedad" como potencia mundial. No sólo acumuló triunfos deportivos, sino que legitimó ese sistema tan propio, con un pie en el libre mercado y el otro en un gobierno marcado por un partido único. No es poca gracia.

Por  Axel Christensen
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Si bien muchos anticipaban que China utilizaría la oportunidad de Beijing como sede de los Juegos Olímpicos para mostrarle al mundo que estaba preparada para convertirse en la potencia mundial del siglo XXI, debo confesar que superó las expectativas.

A sólo algunos días de concluidos los juegos, y después de monopolizar la atención global por 17 días, no hay duda de que Beijing 2008 fue un éxito para China. No solamente en términos deportivos, donde cumplió con el objetivo de encabezar la lista de medallas de oro. Su éxito fue primordialmente en términos de la legitimidad que obtuvo el gobierno del Partido de los Trabajadores en demostrar que un sistema comunista-pragmático también es capaz de entregar prosperidad material y prestigio internacional. Todo lo que no pudo hacer el régimen soviético, donde Moscú fue sede olímpica en 1980, que finalmente lo llevó a su fin sólo algunos años después.

Las espectaculares ceremonias de inauguración y clausura, las gigantescas inversiones en infraestructura y tecnología (que permitieron romper varios récords mundiales, especialmente en natación), y sobre todo la organización impecable, todo apunta a que China vuelve a repetir lo que los japoneses lograron en Tokio 64 y los coreanos del sur en Seúl 88: un verdadero "estreno en sociedad" como economía modelo, si no potencial global.

Los juegos olímpicos modernos, desde sus inicios en 1896 en Atenas, han sido casi una perfecta vitrina de la potencia política y económica imperante. Así, desde la primera olimpiada  y hasta mediados de los 50, se confirmó, salvo un par de excepciones, la supremacía estadounidense. A partir de Melbourne 1956, fue la ya disuelta U.R.S.S. la que toma el liderazgo hasta Seúl 88 (aunque EE.UU. gana en tres ocasiones, incluyendo Los Angeles 84, a la cual los soviéticos no concurrieron). El campo deportivo parecía ser un frente más de la Guerra Fría. Terminada ésta a comienzos de los 90, los norteamericanos vuelven a primar a partir de Atlanta 96 hasta Atenas 2004.

En Beijing 2008, EE.UU. queda remitido a un segundo lugar, no obstante el intento de los americanos de inventar una nueva aritmética de medallas para mantenerse en la punta. El triunfo chino no es de un recién aparecido. Ya en Sydney 2000 China llegó tercero, y superó a Rusia por el segundo lugar en Atenas.

No puedo resistir la tentación de buscar en las Olimpiadas metáforas en los planos económico y geopolítico. A diferencia de los juegos de la era del conflicto americano-ruso, los chinos ganan de una manera muy astuta, superando a los americanos en sus deportes más débiles en vez de buscar una confrontación directa. La figura individual, sin duda, es el norteamericano Michael Phelps. El triunfo chino se cimenta en sus victorias colectivas, incluso a pesar del fracaso de sus celebridades, como el atleta Liu Xiang.

De la misma manera, la industria china le ha ido ganando terreno a la americana partiendo desde los puntos débiles de esta última, particularmente los mayores costos laborales o crecientes restricciones medioambientales. Sin embargo, aún le queda camino por recorrer para enfrentar lo que los americanos dominan con maestría: la innovación y la creatividad empresarial.
Si la imagen que quedó en la memoria de Los Angeles 84 fue el asombro que causó el uso de un transportador a cohetes, o en Atlanta 96 la excesiva publicidad corporativa, en Beijing probablemente quedará el recuerdo de la elegante belleza de la puesta de escena y de la sensación de un país donde las cosas funcionan, aun si significa asumir los costos de parar industrias o dejar la mitad de los autos parados para reducir el grave problema de contaminación atmosférica.

Si eventualmente estos juegos son señales de un cambio de liderazgo en la potencia mundial dominante, desde Estados Unidos a China, es interesante identificar algunos aspectos que las Olimpiadas resaltan en la manera en que dicha supremacía pueda ser ejercida. Por un lado, parece que el mundo finalmente ha estado dispuesto a aceptar a China tal como es, una economía bullante, pero donde el poder sigue estando férreamente en manos de un partido único. Pareciera que el pragmatismo de lograr el bienestar material y el reconocimiento y respeto mundial relegó a un segundo lugar el idealismo de las protestas contra violaciones a los derechos humanos. Asimismo, es interesante reconocer que el bien común está por sobre el reconocimiento individual, como queda ejemplificado en la pequeña cantante de la ceremonia inaugural. En todo caso, quedó más que claro que desde el 08.08.08 han llegado nuevos dioses a ocupar el Olimpo.