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Hugo Luis Biolcati, próximo presidente de la Sociedad Rural Argetina.
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Tuve el privilegio de asistir esta semana a un seminario organizado por la Sociedad Nacional de Agricultura sobre los desatinos del gobierno argentino hacia su sector agropecuario. En él participó el futuro presidente de la Sociedad Rural Argentina (homóloga de la SNA chilena), Hugo Luis Biolcati, y el prestigioso analista transandino Rosendo Fraga.
La realidad económica impuesta por el gobierno de Cristina Fernández al agro argentino es digna uno no sabe ya si de Ripley o de Stalin. Un royalty (al estilo del que se pensó para los salmones aquí) pero tamaño mamut, que les quita a los agricultores casi la mitad de sus ventas, a fin de engrosar una caja fiscal dedicada a pagar clientelismo político y/o deuda externa, colmó la paciencia de la ruralidad argentina. Como ejemplo, Biolcati explicó que mientras para cualquier exportación el tipo de cambio es de 3.05 pesos por dólar, el dólar relevante para un productor de soja es de sólo 1.98 pesos por dólar. Y hay un dólar para el trigo, otro para la maravilla, otro para el maíz, y así para cada producto existe una distorsión de mercado especial.
Los agricultores argentinos -divididos por décadas en cuatro asociaciones normalmente adversarias y separadas activamente por el peronismo y la clase política- se dieron cuenta de golpe de que las antiguas rivalidades los estaban matando. Y no de a poco, sino que en forma súbita. Por eso lograron lo que antes nunca se pudo alcanzar: el sentido de pertenencia al agro, del transporte, del comercio, los proveedores y la agroindustria: todos unidos para combatir activamente las "retenciones" impuestas por el matrimonio K, que marginalmente podían llegar hasta casi el 95% de las ventas.
La unión de tanta gente, la desesperación sufrida ante tamaña exacción y los malos argumentos para exponerla, más la soberbia del matrimonio reinante, llevaron a lo que todos ya sabemos: la pérdida del poder parlamentario y de prestigio de la pareja real argentina, y de la confianza -la poca que quedaba- por parte del mundo financiero, que tienen al país vecino al borde de un nuevo -pero no novedoso- default financiero.
Todo esto tiene importantes repercusiones en Chile: como no pueden exportar granos a precios internacionales, los exportan como pollos, cerdos o harinas, dañando en forma importante a las industrias chilenas del rubro. Como alimentan pollos y cerdos a precios de granos artificialmente bajos, pueden exportar pollos y cerdos a precios ídem, en su afán por hacerles el quite a las políticas exóticas de los K. Hubo interesantes exposiciones por parte de las industrias afectadas. Y gran asombro de los asistentes.
Esta unión de facto y variada del agro argentino, de sus proveedores y de sus industrias relacionadas, han transformado a sus dirigentes gremiales en verdaderos líderes políticos, que hoy por hoy tienen la posibilidad de dar vuelta los resultados de cualquier elección futura, tanto parlamentaria como de gobernadores. Ante la falta de prestigio, de acción y de representatividad de los partidos políticos y de los congresales, el pueblo ha ungido a los nuevos líderes, que sienten que los representan mucho mejor.
Todo un fracaso de la clase política argentina. Todo un triunfo de los líderes gremiales del agro, que se la han jugado valientemente contra un gobierno que maneja con destreza fuerzas de choque al mejor estilo de los años 30. Y sin el apoyo del resto de los gremios empresariales. Me recuerda la soledad de la SNA chilena frente a la reforma agraria de los 60 y 70: nunca tuvo el apoyo de sus pares, que creían que las campanas sonaban para otros, y que recién se dieron cuenta de que también sonaban para ellos cuando llegó el gobierno de la UP.
Hoy los líderes gremiales del agro en la Argentina no dan un paso en la calle sin que los abracen, les pidan autógrafos y los llenen de aplausos. Es la respuesta a su valentía: el haber sido los únicos que osaron tocarle la oreja a la dupla reinante. Que no le pidieron ayuda a la poderosa Unión Industrial Argentina, ni a partido político alguno. Los que resistieron en forma estoica las amenazas de las fuerzas de choque oficialistas, y a quienes el resto de la dirigencia argentina daba por irremisiblemente perdidos. A quienes lograron convocar a casi toda la Argentina en el día de su bandera, y de débiles pasaron a poderosos. Los que sacaron la voz de los ciudadanos, cuando sus parlamentarios, asustados y atemorizados se negaron a hacerlo.
Sin duda que la clase política chilena no está -y espero que nunca llegue- en los niveles de desprestigio que la de nuestros vecinos. Pero ojo, hay indicios: lo estamos viendo en los programas de la televisión, con el comportamiento de quienes gobiernan algunos municipios. Lo vemos con el "autootorgamiento" de suplementos bencineros de nuestros honorables (ahí no se ve la inquina ni los argumentos con que discuten las platas del Transantiago).
Y mientras ese prestigio de la clase política chilena va en caída libre (no hay encuesta que los salve) me temo que la dirigencia gremial no sufre el mismo deterioro: es más, su labor responsable, respetuosa y con altura de miras la puede convertir en un nuevo referente para la ciudadanía. Lo cual no es bueno, porque no es el rol que les corresponde en la sociedad.
Por ahora cada uno está en su afán. Cada uno negocia por su lado con el gobierno de turno. Cada uno cumple su rol social. Pero esto podría no durar para siempre. Tal como ocurre ahora en la Argentina -lo que nuestras ilustres visitas nos han advertido-, seguirá ocurriendo gracias a la torpeza de su gobierno y a la falta de calidad de su clase política. No es un golpe militar como trata de convencernos la pareja K, pero sí un golpe -o más bien si se lo quiere poner en un vocabulario más de moda en Chile- de "desalojo" de una clase dirigente argentina por otra.
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