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9 de agosto de 2008: Una mujer herida se lamenta entre las ruinas de su departamento en la ciudad georgiana de Gori.
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En un extraño vuelco de la historia, la antigua, romántica, impulsiva y apasionada Georgia se ha convertido en el centro del mundo. Puede que los tanques rusos se hayan detenido o incluso retirado de las calles de Gori y de las colinas en torno a Zugdidi, en Georgia Occidental, pero la inclinación del mundo se decide hoy en las montañas del Cáucaso. Hasta la dramática intervención del presidente Bush y el despacho de ayuda, custodiada por tropas estadounidenses y acompañada por la secretaria de Estado norteamericana Condoleezza Rice, parecía que Rusia había ganado en una enorme e indisputada victoria, barriendo potencialmente con la escoba -en un cruel gambito militar- todas las ganancias obtenidas a partir de la caída de la URSS y de la independencia no sólo de los beneficiarios de las revoluciones Naranja y Rosa, en Ucrania y Georgia respectivamente, sino que también de los Estados Bálticos, cuyos recuerdos sobre este tipo de actos de fuerza aún están frescos, tras haber sido anexados por Stalin en 1940. Más que nada, parecía que Estados Unidos ya no es capaz de proteger a sus aliados cuando se trata de tanques que han cruzado fronteras.
Si Estados Unidos se las arregla para estabilizar la situación entre Rusia y Georgia, entonces las reglas habrán vuelto a ser reescritas. Pero Rusia, como lo ha demostrado en la última semana, creo que es tan experta en el juego de la ruleta caucásica y en las intrigas y engaños propios de una interferencia imperial que tal compromiso sería un gran desafío para Estados Unidos. Rusia todavía ocupa un tercio de Georgia, el cual parece estar desmantelando apresuradamente antes de una probable retirada incompleta. Si Estados Unidos se las arregla para generar una reacción que sea robusta -al menos, una reconstrucción de Georgia-, entonces Rusia se habría anotado un autogol, al crear la Doctrina Putin, puesto que esta pequeña guerra habrá conseguido traer el poder militar estadounidense al Mar Negro, el cual -pese a la pérdida de Ucrania y Crimea- sigue siendo sede de una flota formidable y un mar dominados por Rusia desde la conquista de Catalina la Grande en 1780.
Por otra parte, si Estados Unidos fracasa, Washington habrá señalado que Rusia goza de un poder casi total sobre su esfera de influencia. Lo que está en juego es nada menos que las victorias de la guerra fría y la caída del Imperio Soviético, las cuales son consideradas por el primer ministro Putin como de las catástrofes del siglo XX.
Las raíces de Georgia
Como todas las crisis de la historia, ésta es en parte un accidente y en parte una conspiración. El regocijo de la guerra en Rusia deriva de la posibilidad que tiene un tigre hambriento de atrapar a un ratón que ha estado saboreando durante años. Osetia del Sur parece ser una cuestión oscura y compleja. El Cáucaso les importa a los rusos por muchas razones históricas y estratégicas, pero también en parte porque es de importancia para Estados Unidos.
Rusia hierve de furia frente a la hipocresía de Occidente, en particular por Kosovo e Irak, pero también por las humillaciones desde 1991 y la colocación de radares de la OTAN en torno a sus fronteras. La perspectiva de la OTAN en Georgia fue la última gota. No existen motivos, en la mayoría de los casos, para cuestionar la doctrina rusa de proteger a los rusos en el extranjero próximo, pero en los casos de Osetia del Sur y Abjazia, las dos entidades independentistas en Georgia, es imposible no ser un poco cínico cuando Rusia les ofreció a sus ciudadanos pasaportes rusos en apenas unas pocas semanas. Rusia ha ido a la guerra para proteger a unos rusos muy, pero muy recientes.
Así, los tiroteos, los sobrevuelos y el aumento de la tensión fueron con certeza parte de la trampa deliberada colocada por el primer ministro Putin para provocar a Georgia.
He visitado Georgia y Osetia desde la caída del Imperio Soviético en 1991. He conocido a los tres presidentes georgianos desde la independencia y he sido testigo de las guerras y revoluciones de la caja de Pandora caucásica, desde las guerras civiles georgianas hasta los conflictos étnicos en Grozny, en1994. En 1991, el jefe de los partisanos georgianos en la primera guerra con Osetia -un dentista convertido en señor de la guerra- me condujo a los pueblos en torno a Tshinvali, tierras altas de una gran belleza, donde se libraba una viciosa guerra entre campesinos georgianos y osetios, con la ferocidad propia de los vecinos íntimos, usando tractores blindados en vez de tanques.
Mis huéspedes georgianos apoyaron sus armas en un árbol y me llevaron a una comida al aire libre, alrededor de una mesa llena de delicatessen en honor de un local que había sido muerto ese día. Durante el banquete, pregunté dónde estaba enterrado el muchacho. "No ha sido enterrado", respondió mi anfitrión, "está debajo de tus pies". Pálido, miré abajo y ahí estaba, extendido debajo de la mesa, adornado con ramos de flores, una escena atemporal del Cáucaso.
Para comprender los sucesos de estas semanas, tenemos que retroceder unos mil años: mucho antes de que Rusia existiera, Georgia era un reino cristiano, gobernado por la dinastía Bagrationi. Georgia tiene su propia lengua, sin tener ninguna letra en común con el ruso, y tiene su propia literatura (su Shakespeare es Rustaveli, autor de "El caballero en la piel de pantera"). El Cáucaso era la frontera natural de los tres grandes imperios del Medio Oriente: el campo de batalla entre la Rusia ortodoxa, los otomanos y los persas. En 1783, el rey Eralke (Hércules) II fue obligado a buscar la protección del príncipe Potemkin, el socio en el poder de Catalina la Grande (quien también anexó Crimea, fundó Sebastapol y creó la flota rusa del Mar Negro). Entre 1801 y 1810, Rusia se tragó los últimos principados georgianos. En 1918, Georgia gozó de independencia durante tres años antes de que Stalin la recuperara otra vez para Moscú.
Nadie entendió su complejidad étnica e importancia estratégica como Stalin, ese georgiano romántico convertido en imperialista ruso, quien había nacido en Gori, bajo el nombre de Josef Djugashvili, el pueblo castigado duramente estas semanas por las fuerzas rusas y en donde hoy existe un templo de mármol sobre la cabaña en la que nació.
Los osetios que llenaban la frontera buscaron desde muy temprano una alianza con Rusia, ganándose el odio georgiano. De ese modo, Stalin fue acusado por sus enemigos de ser un osetio: su padre era de ascendencia osetia, pero la familia se había georgianizado hacía mucho tiempo. Stalin dibujó las fronteras de las repúblicas soviéticas para asegurarse de que Georgia contuviera entidades étnicas autónomas, Osetia del Sur, Abjazia y Ajaria, a través de las cuales Moscú podría mantener el orden en Georgia.
Cuando la pequeña y orgullosa Georgia se independizó en 1991, la doble águila rusa sufrió una humillación. Desde entonces, la interferencia rusa ha sido fuente de problemas para Georgia. Rusia animó a Osetia del Sur a instaurar un mini estado dentro de Georgia, cuyo insano primer presidente, Zviad Gamsakhurdia, insufló las tensiones étnicas. Mientras los osetios peleaban contra los georgianos, que a su vez se habían rebelado contra Gamsakhurdia, estuve sentado en su oficina: era un académico experto en Shakespeare y me citó trozos del "El rey Lear".
Gamsakhurdia fue asesinado o cometió suicidio. En 1993, su sucesor Eduard Shevardnadze, el antiguo ministro del Exterior soviético y miembro del Politburó, perdió Abjazia en otra sangrienta guerra orquestada por Rusia. Pero Shevardnadze ganó la paz. Georgia, que desde hacía mucho quería ser parte de Europa, adoptó la democracia occidental y la amistad estadounidense. Sin embargo, Shevardnadze reconocía los límites del desafío georgiano, al decirme en una oportunidad, mientras volábamos en 1993 en su avión para hacer la paz con el Kremlin: "El destino de Rusia se refleja en el Cáucaso como los rayos del sol en una gota de agua".
La estrategia rusa
El viejo y autocrático Shevardnadze fue depuesto en la Revolución Rosa de 2003, por un abogado decente y energético, educado en Estados Unidos: Mikheil Saakashvili, quien deseaba escapar por siempre de Moscú al unirse la Unión Europea y a la OTAN, como lo hizo el enorme vecino de Rusia, Ucrania, aunque dividida en mitades prorusas y prooccidentales. La perspectiva de ser rodeada por Estados Unidos, esa superpotencia omnipotente, agresiva y hegemónica, alarmó y enfureció a Rusia. En términos británicos, los rusos podrían decir: ¿imaginan que una Gales recién independiente decidiera unirse al Pacto de Varsovia?
Rusia ya no es el gigante impotente de los 90: el musculoso régimen autoritario, alimentado por el petróleo, de Vladimir Putin ha infundido vigor de modo agresivo al país. Él ya ha dado muestras de su cruel determinación de dominar el Cáucaso al aplastar a Chechenia, victoria sobre la cual ha basado su carrera. La OTAN en Georgia habría vuelto insignificante ese hecho. El Kremlin ha usado a sus clientes, Abjazia y Osetia del Sur, como caballos de Troya para arruinar la independencia de Tbilisi, pero durante los últimos tres meses definitivamente aumentaron sus esfuerzos, al ofrecerles pasaportes a todos los osetios y poniendo a prueba a Georgia con escaramuzas en la frontera y sobrevuelos. Esa fue la trampa de un actor imperial con práctica. Pero Georgia no es inocente: a la mayoría de los georgianos que conozco poco les importa Osetia, aun cuando sea parte de la soberanía georgiana. Georgia es una democracia occidentalizada, y las democracias cometen errores.
Para unirse a la OTAN, el presidente Saakashvili quería arreglar la inestabilidad georgiana, reclamando Osetia y Abjazia. Al tomarse Tshinvali, apostó demasiado a que Rusia no intervendría. Georgia está pagando un precio muy alto por aquello, sin importar si se trató de un impulso temerario o una jugada calculada. Para completar el círculo vicioso, los ataques rusos muestran la urgente necesidad que tiene Georgia de ser protegida por la Unión Europea/OTAN, aunque nunca lo obtendrá mientras esté peleando.
La retoma de Osetia es una parte menor de la campaña rusa. Más importantes son los ataques a Georgia propiamente tal, lo cual reafirma la hegemonía de Rusia sobre el Cáucaso, lo cual venga las humillaciones de los últimos 20 años, subvierte a la democracia georgiana y sabotea sus perspectivas de entrar a la OTAN, además de desafiar al poder estadounidense. La llegada del premier Putin a la frontera, en Vladikavkaz, como un macho en jeans apretados y una chaqueta de cuero blanco, muestra que él, y no el presidente Medvedev, sigue siendo el máximo líder de Rusia.
Esta guerra es realmente la celebración de una feroz fuerza en el ámbito del poder internacional, un precedente peligroso. Occidente debe protestar con una resolución unificada: Rusia odia la hipocresía occidental y busca, al mismo tiempo, el reconocimiento de Occidente a su poder y prestigio. Para nosotros, la democracia y soberanía de Georgia son importantes. También nuestro abastecimiento de petróleo: Occidente construyó un ducto para traer combustible desde Azerbaiyán y Asia
Central, a través de Georgia y Turquía, libre de interferencia rusa.
Igualmente, la ferocidad de Rusia podría encender una hoguera en el Cáucaso aun cuando Moscú no pueda extinguirla: los paramilitares chechenos y osetios prorrusos han acompañados a las fuerzas rusas, así como lucharon junto a los rusos en contra de Georgia, durante la Guerra de Abjazia de 1993. Pero como lo han mostrado las guerras de Chechenia, Rusia no controla a esta gente.
Enfrentado a la ira occidental, el Kremlin podría replicar las palabras de Stalin y usarlas con el presidente Bush: "¿Cuántas divisiones tiene el Papa?". Puede que Georgia sea un aliado de Occidente, con una civilización antigua, democracia y una orgullosa independencia, pero Rusia ha demostrado con gozo los límites al poder estadounidense y el destino histórico de Moscú como un poder hegemónico regional y una restaurada superpotencia del siglo XXI. El imperio ha contraatacado y ha sacudido el orden mundial.
Pero a pesar de todo el éxito de Rusia, ha ido demasiado lejos. Rusia ha exigido la caída del gobierno democráticamente electo de Georgia y parece determinada a socavar el frágil estatismo del país. Polonia ahora ha aceptado misiles estadounidenses en el Báltico y Ucrania podría requerirlos, de modo que las fuerzas rusas puede que hayan logrado todo lo contrario a sus objetivos. Los eventos se suceden rápidos; el polvo de las huellas de los tanques, el humo de los cañones y las marcas del pillaje todavía penden sobre los poblados del Cáucaso.
Por muy fracasado que sea nuestro historial occidental (piense en Irak y en Kosovo) y por muy imperfectas que sean las políticas georgianas -han sido impulsivas-, Estados Unidos debe apoyar a sus amigos democráticos, por muy terribles que sean los dilemas que se vienen por delante. Pero ¿cuán lejos llevarán el presidente Bush y el premier Putin su forcejeo?
Las apuestas son muy altas. ¿Renunciará Estados Unidos a Georgia (y a Ucrania -y quizás también a los Estados Bálticos- por el hecho de que genuinamente tienen minorías rusas) y a la victoria obtenida en la guerra fría? Pareciera que Washington está determinado a evitar esto, pero como habría preguntado el príncipe Bismarck, ¿valen las montañas del Cáucaso los huesos de un solo soldado estadounidense?
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