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Fue por culpa de un regalo. El 24 de diciembre de 2005, su hermano menor le obsequió un iPod para la Navidad. Desde ese día, Wenceslao Casares se obsesionó con él: más que escuchar música, se imaginaba qué otras cosas se podían hacer con un dispositivo del tamaño de una cajetilla de cigarros.
Pasó el tiempo y mientras viajaba en su velero por el mundo -en la etapa final de los tres años sabáticos que decidió tomarse desde 2004- recordó algo: mucho antes que apareciera el iPod, un amigo suyo tuvo la intención de lanzar al mercado un aparato similar. Lo bautizó como Kargo. Juntos discutieron sobre el nuevo emprendimiento, le auguraron éxito, pero finalmente no fructificó y quedó sepultado en el camino.
Por eso, Casares decidió a fines del 2005 que era hora no sólo de jugar con su iPod, sino que impulsar, a través de un hardware parecido, su nueva apuesta. La idea era atacar el mercado estadounidense. Específicamente a las instituciones financieras. ¿Cómo? Ofreciendo una plataforma tecnológica que permitiera a los bancos acceder a una red alternativa de pagos, para prescindir de las tradicionales tarjetas de crédito que cobran entre 3% y 4% por transacción, lo que para Casares es simplemente "una locura".
"De los 17 mil bancos que existen en Estados Unidos, nuestro target es captar cerca de tres mil. Existe insatisfacción en muchos de ellos. Comerciantes molestos porque pagan demasiado por transacción, bancos chicos molestos porque no ganan dinero con ellas, consumidores -sobre todo jóvenes que crecieron con e-mail y celular- a quienes les parece críptico sacar una tarjeta y tener que firmar un papel para poder comprar", explica Casares.
Buscando un proveedor
El argentino desembarcó, los primeros días del 2006, en Sri Lanka con su nuevo negocio plasmado en dibujos: un pequeño dispositivo personal -con una ranura para introducir tarjetas bancarias- a través del cual proyectaba concretar transacciones con una menor comisión (0,9%). La otra gracia del dispositivo es que es del cliente: le permite manejar su cuenta corriente y efectuar compras.
El paso siguiente era encontrar al "monstruo tecnológico" que diseñara el dispositivo estrella para que Bling Nation, su empresa instalada en Palo Alto, Estados Unidos -a la cual Casares hoy dedica todo su tiempo-, pudiera por fin funcionar.
Decidió entonces visitar a un artesano experto en madera en Sri Lanka para que le diseñara el prototipo. Luego viajó por el mundo para encontrar al proveedor de la tecnología.
Lo primero fue visitar a los líderes de la industria: la gigante estadounidense Ideo, creadora de la primera Palm. Pero sólo por la propuesta le cobraban US$ 250 mil. Desencantado tocó las puertas de la australiana Hydrix. No resultó. Luego aterrizó en la firma singapurense Sanmina SCI para ver qué le ofrecían. Tampoco quedó satisfecho.
El socio chileno
Lo que parecía un negocio sencillo -crear un hardware- se enredó. Casares estaba entrampado para continuar la arremetida cuando se le ocurrió llamar a un amigo que conoció en la década de los 90 y con quien no hablaba desde hace más de tres años: el chileno Mariano Pola, socio de Micrológica Comercial, una empresa de diseño y desarrollo de productos electrónicos.
Corría mayo de 2006 y durante más de una hora Casares le explicó al dedillo su nuevo proyecto y le pidió una consultoría. Pocos días después Pola recibió los antecedentes y el prototipo diseñado en Sri Lanka. Pasaron justo dos semanas cuando fue el propio chileno quien le ofreció al argentino ser él quien diseñara el nuevo dispositivo, cuya filosofía era acabar con los monopolios de pagos y permitir que a través de él, las personas tuvieran un completo manejo de su cuenta corriente en Estados Unidos.
Pese a que la idea inicial de Casares era hacerlo con marcas ultrarreconocidas a nivel mundial, le dio el pase al chileno, a quien había conocido por primera vez en 1996 cuando Casares -que tenía 21 años y recién se adentraba en los negocios- le vendió acceso a internet en la oficina que Micrológica tenía en Buenos Aires.
Casares sabía que en 1992 Pola había diseñado para el Banco de Chile 10 mil teléfonos para que sus clientes realizaran todas sus transacciones bancarias a través de él, mucho antes de que internet aterrizara en el país.
Pola -nieto de Arturo Matte, fundador de la Papelera-, además, tenía otras iniciativas que mostrar. Micrológica, empresa que formó en 1982 junto a su amigo Ignacio García de Cortazar, ambos ingenieros de la Universidad de Chile, fueron los que desarrollaron, junto a Telefónica del Sur, el sistema de discado directo automático en la X Región.
Asimismo, inventaron la tecnología de medición de rating, People Meter, y crearon todos los equipos de telecomunicaciones de los buses del Transantiago, trabajo que le hicieron a Sonda para la comunicación con los computadores centrales.
Micrológica estaba justo finalizando el sistema de control automático para los trenes del ferrocarril que los Lusksic tienen entre Antofagasta y Bolivia, cuando Pola recibió el llamado de Casares. De inmediato, se entusiasmó con la idea.
"En Chile no es común que alguien llegue a pedirte el desarrollo de un hardware. En los 90, tuvimos que cambiar y en vez de producir tecnología, adaptamos la de afuera. Eso hacemos en Codelco: instalamos equipos del extranjero, a cambio de servicio técnico", explica Pola.
Por ello es que el proyecto de Casares -que comenzó en julio de 2006- le cayó tan bien. Era volver a producir tecnología. Entonces formó su equipo: además de su socio, participan cinco ingenieros que no superan los 35 años, cada uno encargado de una función específica. Uno es el artífice de las piezas más críticas de los desarrollos, otro maneja las especificaciones técnicas y controles de calidad, está el experto en sistemas y base de datos, el que controla hardware y software y el que desarrolla aplicaciones de pago electrónico. A todos ellos les están enseñando intensamente inglés.
Para dar con el nuevo invento Pola además se asoció con varias otras firmas nacionales: Tecnocal, fuerte en ingeniería electrónica; Mechanical Studio, para apoyar el diseño industrial; C Proyecta, que potencia el diseño gráfico; y Koncept, full ingeniería.
Teléfonos celulares
Fueron dos años de encierro de laboratorio -y un presupuesto de US$ 2 millones- para dar con el aparato. Ya hay 1.500 dispositivos listos para implementar la operación en un piloto que comenzará en pocos meses más en Estados Unidos.
Para los próximos dos años, sin embargo, cuentan con un presupuesto adicional de US$ 3,3 millones más, pues la idea es migrar la nueva tecnología y pasar de este dispositivo a que la gente pueda directamente comprar desde sus teléfonos móviles. Esto gracias a un "sticker" (calcomanía) que ya desarrollaron y que se adherirá a los celulares: así los estadounidenses pagarán con "un toque" en puntos de venta y entre teléfonos móviles.
"Vamos a pagar sí o sí con los celulares. En Japón y Corea del Sur ya hay más gente que paga con ellos que con Visa o Master. En cinco a 15 años más todos podremos salir de la casa sin billetera y sólo con el celular. Bling Nation quiere ser parte de las empresas que hacen que esto sea posible", afirma Casares.
Pese a que no habla de cifras concretas, dice que éste es un negocio de cientos de millones de dólares. Y que a diferencia de Patagon -la compañía que vendió en US$ 750 millones al Banco Santander Central Hispano justo antes del desplome de las puntocom- en éste llega para quedarse.
"El mercado es gigante. Visa y Master procesan 6,5 trillones de dólares por año, cobran US$ 140 mil millones de fee por procesarlas. Hay mucha tela que cortar aquí. Y el costo tiende a cero, porque da igual si haces una transacción o un millón. Se dan las condiciones para algo grande y rentable", agrega el argentino.
En julio del año pasado, Carlos Álvarez, vicepresidente ejecutivo de Corfo, se reunió con Casares. El emprendedor le contó acerca de su nuevo negocio y Álvarez entusiasmado le comentó del fondo que el organismo estatal entrega a proyectos que contemplan la participación de un socio extranjero y otro chileno.
Fue la razón por la que en diciembre de 2007 decidieron crear Micrológica Innovación -con Casares de director y Pola de gerente general-. El grupo del argentino tiene 15% de participación con acciones preferentes, que le permiten compartir la gestión con la chilena (Micrológica Comercial), que cuenta con el 85% de las acciones de esta nueva firma y además un pequeño porcentaje de Bling Nation. De paso, cumplían así con la estructura que permitió a Corfo apoyar el proyecto con otros US$ 750 mil, subsidio que los impulsó a instalar la empresa en el país.
"No soy conocido en EE.UU."
Aunque su nombre dio vueltas por el mundo cuando vendió Patagon, Casares insiste en que en Estados Unidos no lo conoce nadie. Y que la mejor carta de presentación en los 15 bancos americanos que ya tienen contactados fue "contar con un aparato que cumple con todos los estándares en temas de seguridad, velocidad y certezas en las transacciones en un país como Estados Unidos que es muy exigente".
Lo primero que hizo Casares fue mailear a todos sus amigos que tuvieran contacto con instituciones financieras en Estados Unidos. Rápidamente se le abrieron las puertas. En un comienzo fue siempre él quien se reunió con los potenciales clientes. Ahora tiene un team de 10 personas trabajando allá, dos encargados específicamente de vender el producto en el sector financiero.
-¿Llama la atención allá que el producto sea diseñado en Chile?
-Por supuesto, me preguntan y yo les digo que aquí existe mucho talento. Yo no soy conocido en Estados Unidos, pero sí en América del Sur. Eso me permite tener acceso a los mejores ingenieros. Allá, los mejores trabajan en Google. No soy Google acá, pero les interesa trabajar conmigo. El mundo cambió: hace cinco años era imposible pensar que Chile podía generar cualquiera de estas iniciativas tecnológicas. Hoy al mundo no le importa si está hecho en Bangladesh, en China o Chile.
-Chile es un país importador de tecnología, no un exportador. ¿Por qué confiar en las manos de alguien que tiene poco expertise en la industria?
-No estoy de acuerdo con que Chile tenga poco expertise. Lo que no tiene son oportunidades, pero las capacidades están. Lo sé por mi experiencia en Wanako Games (desarrollo de software para juegos -con base en Chile- que vendió en US$ 10 millones a la multinacional Vivendi). Nunca nadie había hecho videojuegos en América Latina para el mundo. Sé que los talentos tecnológicos que hay aquí son iguales y mejores que en el resto del planeta.
-Pero no le daba más confianza un ingeniero de Silicon Valley, por ejemplo?
-Trabajar en Chile conlleva ventajas competitivas. En Silicon Valley nunca podría tener a un Mariano Pola trabajando conmigo, porque estaría en Google o en Microsoft, y no se fijaría en propuestas chicas. Acá tienes la capacidad de contar con un equipo completo con gente brillante. Allá sería: un brillante y cinco medio mediocres.
-¿Cómo se explica su confianza en la tecnología nacional en un país con índices de educación muy malos?
-Ese es un problema. Uno puede conseguir talentos técnicos aquí que son los mejores del mundo. Lo que pasa es que por ahora son pocos. Una elite. Chile podría estar vendiendo mucho más tecnología y el mundo compraría mucho más de lo que este país puede proveer. El cuello de botella es la cantidad de gente que hay para hacerlo. Con Wanako nos dimos cuenta de que estábamos raspando el fondo de la olla. Lo mismo ha pasado en Micrológica Innovación. Cuando tenemos que contratar gente no es nada de fácil.
-¿Cuál es el problema que visualiza?
-En Chile van a cumplir 18 años durante el 2008 alrededor de 300 mil chicos. Van a terminar la escuela media aproximadamente 220 mil. Y de ésos, apenas 15 mil se expresan bien verbalmente y por escrito, y tienen un manejo de matemáticas similar al promedio de Singapur u otro país con buena educación. Todo lo que hagamos para promover la innovación, el emprendimiento y el desarrollo del conocimiento sólo lo pueden aprovechar esos 15 mil chicos, todo el resto deja de participar en este juego global. La culpa de que ellos no tengan una buena educación es responsabilidad del Estado.
-¿Qué soluciones existen para cambiar este panorama? ¿Pasa por reorientar las políticas públicas que se están implementando en Chile?
-Totalmente. Una primera solución práctica pasa en las propias universidades. La UC y la Chile producen ingenieros que son iguales o mejores que los del MIT. Hace 15 años había cupos para cerca de 800 alumnos por año. Hoy aceptan entre 400 y 600 anualmente. Eso es un suicidio. Deberían aceptar muchos más, pero quieren sólo a los mejores de los mejores. Eso está muy bien para el Chile de 15 años atrás, donde todo lo que tú producías era tomado por las grandes empresas, como Endesa o Telefónica. Para un país innovador, que vende en el mundo tecnología de la información y conocimiento, una primera medida sería más que duplicar a los alumnos que aceptan. Y pueden hacerlo.
-¿Y a nivel de políticas estatales?
-Falta instalar varios temas trascendentales, que a los políticos les cuesta mucho poner como prioridad porque los resultados se ven a largo plazo. Chile ha sido notablemente bueno desarrollando políticas de Estado en otros frentes, como la economía y las exportaciones. También en temas micro, como el vino o el salmón, se ve que lo han hecho bien. Lo mismo hay que hacer con la educación. Y no pasa por ponerles computadores a los chicos, sino que por preparar y entrenar a los maestros para que den mejor educación. Esos cambios permitirían que no sólo hubiera 10 ó 15 mil chicos que estén habilitados para jugar este juego global, sino que 280 mil.
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