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El problema del tráfico (2 de diciembre de 1925)
En los diarios que nos llegan de Chile encontramos constantemente esta frase admirable: "El problema del tráfico". Esto me recuerda ahora, y desde tantas millas de distancia, el artículo en serio, aunque pudo ser firmado por Mark Twain, que leí en un diario de Concepción, relativo a la congestión del tráfico en la calle Prat.
Ahora estoy en Ginebra, que es la verdadera ciudad antípoda de Santiago en materia de servicios municipales. Aquí el aseo es una cosa inculcada profundamente en los hábitos nacionales. Digamos una cosa para asombro de los santiaguinos: en Ginebra se prohíbe escupir en las veredas y, por consiguiente, no se ven escupos en las veredas.
Yo recuerdo un poquito avergonzado nuestras calles, no ya las del arrabal, sino las del centro, donde suelen verse a toda hora escupos de toda categoría, de todas las formas, y especialmente como repulsivas ostras. Comprendo tan perfectamente el asco de los suizos por los escupos, que al ponerles el pie encima algunas veces suenan como cucarachas aplastadas.
En todo orden de cosas se nota en Ginebra la mano de una fuerte autoridad. Aquí, como en Estados Unidos, como en Alemania, como en Inglaterra, existe la frase "se prohíbe". Es buen tiempo que aprendamos a escribirla y respetarla. ¡He ahí lo que nos falta!
El problema del tráfico no existe aquí simplemente porque hay policía en todo el sentido de la palabra. Voy a exponer tres cosas sin comentarios: en las carreteras los autos no pueden ir a más de treinta kilómetros; un auto no puede pasar a otro sin pedir permiso; en las ciudades, cuando se detiene un tranvía, todo auto tiene que, inmediatamente, detenerse detrás.
Además los autos son verdaderos automóviles limpios, en buen estado, con choferes vestidos como tales y que ofrecen garantías de honradez.
En Chile hay muchos automóviles cuyas portezuelas no cierran, cuyos resortes están vencidos, y que son manejados por individuos de aspecto sucio, vestidos como les da la gana y sin filiación seria. No niego que existen en Santiago choferes honrados y expertos, especialmente los que se estacionan en el centro de la ciudad, pero la gran mayoría no ofrece garantías de ninguna clase al público.
La existencia de choferes de aspecto siniestro, que llamamos apaches del volante y que los hay en todo el mundo, está explicada por la cantidad de hechos delictuosos cometidos en Chile y que constituyen una vergüenza. Atentados al pudor, atropellos, robos. Estos hechos se repiten con una frecuencia que espanta y se deben casi exclusivamente a la falta de justicia, a la carencia de autoridad. En Chile no hay problemas de tráfico, sino problemas de autoridad. La ley ha quedado pequeña en relación al delito; ha sido envuelta, dominada por la maldad.
Es triste, muy triste, considerar cómo se ha ido perdiendo el concepto de justicia. Hay abulia, se dicta una ley y parece que se aburrieran de ella, de hacerla cumplir; todo queda inconcluso. No hay criterio, además: lo sencillo parece una complicación.
Discutiendo estas cosas, me preguntaba una vez en Chile qué haría yo para hacer cumplir la ley. ¿Qué haría?
-Denme cuatro guardianes -respondí- con carabinas, y aseguro que hago cumplir todas las leyes.
Hay algo de laxo, de blando, de ñecla, como dicen, en ese Chile que conquistó Tacna y Arica.
Y seguirán muriendo los hombres, las mujeres y los niños por el problema del tráfico. Esto me recuerda el cuento de Naftil Bey, el escritor egipcio. Se trata de un peregrino muy maloliente y sucio que discute durante diez años sobre la mala suerte de ser tan sucio. De pueblo en pueblo va preguntando qué hará para no morir sucio, hasta que un niñito le dice:
-Oiga, compadre. ¿Por qué no ensaya un poquito de lavarse la cara?
De golpe resolvió su problema de suciedad.
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