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Lo que hay que explicar
El dato duro e insoslayable es que en Chile, a diferencia de otros países hispanoamericanos, un solo grupo social alto presidió y estructuró la sociedad por 300 años, desde mediados del siglo XVII hasta mediados del siglo XX. Y eso que nada dura tanto tiempo en este país.
Algunos gustan llamar a este núcleo dirigente, aristocracia, oligarquía, clase alta, o derecha política y económica. Términos que más que explicar, simplifican un fenómeno histórico más complejo. Los apellidos y fortunas tradicionalmente más encumbrados, desde luego, varían en estos tres siglos. La llegada de los vascos en el siglo XVIII, y las nuevas fortunas mineras y comerciales en el XIX, demuestran que la vieja elite no se redujo nunca a un grupo cerrado que impidiera su renovación. La novela Martín Rivas (1860) trata precisamente esto: cómo el grupo dirigente se nutre periódicamente de nuevos entronques. Tendencia que siguió dándose a lo largo del siglo XX con otros contingentes de inmigrantes y con eximios profesionales de clase media que nunca dejaron de ser admitidos, conforme a viejas estrategias de cooptación, preferentemente por vía matrimonial.
Así como nuestra elite tradicional supuso más movilidad social de lo que normalmente se cree, tampoco corresponde tacharla de reaccionaria. A veces puede que haya sido más conservadora, auspiciara gobiernos fuertes y un Estado autoritario. Las más de las veces, sin embargo, empapada de un liberalismo cívico e ilustrado, profundo y convencido, prefirió un poder más bien compartido, partitocrático y parlamentarista, crítico de un presidencialismo todopoderoso.
El punto crucial, por tanto, es que a lo largo de nuestro envidiable trayecto político presidido por este núcleo dirigente, lo esencial jamás varió o se le traicionó. No se dejó nunca de apostar, por ejemplo, a favor del republicanismo, de instituciones públicas laicas y meritocráticas de educación, y desde que fuera posible, de que nos industrializáramos. Todo ello, además, ciñéndonos a una estricta continuidad institucional con, a lo sumo, escasísimos quiebres que, luego que ocurren (1829, 1891, 1924), no tardan mucho en repararse exitosamente.
Un récord formidable que habría que atribuírselo a alguien, a sujetos de carne y hueso. Dudosamente a "Chile" o a la "Patria", como un todo indiferenciado, vaporosamente alquímico, como nos gusta declamar en nuestras ceremonias y arranques más nacionalistas. Y aun menos si, durante estos 300 años, no dejamos nunca de ser una sociedad señorial en que se controló férreamente la participación política, incluso durante gran parte del siglo XX repartiendo y cuoteando el voto electoral entre los grupos organizados en partidos.
Tampoco, un logro atribuible a viejas corporaciones, como a la Iglesia o a los militares, a los que se ha tenido que poner a raya una y otra vez. Sea que hemos ido secularizando nuestra educación y cultura, o, en lo referente a los militares, después de un rato, teniendo que mandarlos de vuelta a los cuarteles y profesionalizarlos. Por último, no podemos adjudicar nuestros avances político-históricos tradicionales a la clase media o al mundo popular. Obviamente, han carecido del peso suficiente para ello, salvo en la segunda mitad del siglo XX, período que, por lo demás, no se destaca precisamente por lo estable.
Por qué una sola elite
Dicho todo lo anterior, ¿por qué si hay tanta movilidad ascendente a "lo Martín Rivas" en círculos dirigentes, cabe insistir en que se trataría de un solo núcleo social?
Precisamente por lo ya dicho, porque no se trata de una aristocracia, de un mismo grupo ensimismado con sus pergaminos y genealogías, heredando y traspasando su poder. De haberse limitado a ello el desgaste habría llegado muy rápido y seguramente se les habría sacado de escena a fuerza de corvos y guadañas, a falta de guillotina. Todo lo nuevo y moderno que se fue introduciendo, conspiraba, además, en contra del Antiguo Régimen, versión criolla. El republicanismo promovía la igualdad y soberanía popular, ideales originalmente jacobinos. Lo mismo podría señalarse respecto a los otros fenómenos modernos -en potencia revolucionarios- como la urbanización, la industrialización y la apertura comercial hacia fuera. Ninguno de los cuales, sin embargo, la elite tradicional objetó; por el contrario, los hizo suyo y lideró a la par que desechaba apoyos típicamente "latinoamericanos" y reaccionarios como los caudillismos militares y la Iglesia.
A la elite dirigente tradicional hay que entenderla, pues, como un paradigma de conducta sociopolítica sofisticada y curtida, más que un contingente hermético de unas cuantas familias con prosapia y latifundios. Lo anterior, insospechable inicialmente. A mediados del siglo XVII, se reducía a unos cuantos patrones de fundo bastante elementales, tan primitivos y rudos como las circunstancias límite que los llevaron a arrancharse en medio de un peladero espectacular y salvaje pero improductivo, carente de mano de obra (indios no había), como lo era entonces el Valle Central. Pero un grupo que, por la misma pobreza y chatura extrema de estas haciendas, no dejó nunca de tender sus tentáculos hacia la ciudad, se involucró en comercio exterior (exportando cebo y trigo), y participó en las distintas esferas institucionales que la Corona fue creando. Es más, a sabiendas de que eran "criollos"-unos europeos trasplantados, nacidos en América-, no queriendo romper con su origen trasatlántico, civilizándose.
Esta es la historia que me he propuesto narrar y analizar en el recién aparecido tomo III de una Historia General en seis volúmenes. Primer atisbo de una estrategia que seguirá su curso durante los siguientes tres siglos, en que no deja de operar justamente el mismo esquema. Dominio indiscutido en el agro, lo que les permitirá transformarse de "amos" fácticos en "dueños y señores" legítimos, rara vez ejerciendo violencia y menos con arbitrariedad. Por el contrario, concretando sólidos lazos de lealtad con sus empleados mestizos (inquilinos), lo suficiente como para que en 300 años no se produjera ninguna rebelión campesina. Dicho de otro modo, "El Señor de la Querencia" es un mito falaz, fácil de refutar.
Tan así que estos "amos y señores", luego de que constituyen la sociedad embrionaria rural, se hacen del poder total que accidentalmente cae en sus manos tras el colapso imperial en 1810. Devienen en sujetos políticos "patricios", arman la República a punta de constituciones, parlamentos, partidos, liceos y universidad, en suma, comprometiéndose con la cosa pública. No vaya a creerse que épicamente (salvo durante la guerra de Independencia), sino, más bien, de manera prosaica, fría, calculada, transaccional y políticamente inteligente. Sirviéndose de la docilidad del grueso de la población rural que luego convierten en votos hasta que la Reforma Agraria se los "expropia". Aceptando todo lo que los nuevos tiempos les podían ofrecer. Si encuentran plata en Chañarcillo, en ése y otros negocios similares se meten. Si hay que hacerles la guerra a Perú y Bolivia ni titubean, se vuelven imperialistas y se hacen de territorios y riquezas que desesperadamente necesitábamos.
Y así sucesivamente hasta no hace mucho. Siempre sumando a su favor, cooptando, incluso lo que podía serles una amenaza fatal. Siempre con un pie en el mundo rural tradicional, autoritariamente quieto ("El Peso de la Noche"). Lo cual les reportaba seguridad plena para, en cambio, en la ciudad, explayar su "otro lado" liberal, cosmopolita y pluralista. En efecto: un poco esquizofrénicos, pero no hipócritas. Se la creían de verdad. Su propia sobrevivencia les aconsejaba y exigía esta flexibilidad.
De ahí que promovieran la ampliación del sufragio (¡los conservadores!), auspiciaran las primeras leyes sociales, integraran a miembros del Partido Radical en sus gobiernos, y aceptaran incluso a comunistas en el Congreso. Al igual que en 1810, en 1939 corearán: ¡Corfo queremos! (Papelera incluida). Si había que volverse un poco reformistas y salvarse del allendismo: está bien que fuese Frei el 64, qué le vamos a hacer. Ya antes habían cooptado a Arturo Alessandri, a González Videla, y más o menos a Ibáñez (metiéndole el gol monetarista de la Klein Sacks). Si hasta incluso los liberales (liderados por Goyo Amunátegui) lo volvieron a pensar en 1964 respecto a Allende. Pero, ya el esquema archirepetido, dejó de funcionarles. La guerra fría, el sectarismo resentido anti-elitista demócratacristiano, y la escalada ideológica revolucionaria, terminaron con el grupo señorial y su lógica pragmática, siempre abierta a negociar. Desaparecieron los viejos partidos de derecha; los nacionalistas se impusieron y el núcleo tradicional, cosa extraña históricamente, se desesperó y se sumó sin reservas a una dictadura militar como pocas.
Las nuevas elites y el establishment
Desde aquel entonces ya no cabe hablar de "la" y "única" elite tradicional. Requiescat in pace. No porque algunos apellidos vinosos todavía suenen, ello significa que las viejas "lógicas" siguen vigentes en la actualidad. Si en el pasado los abuelos sabían que, dejando varios fundos, le garantizaban a su descendencia un buen pasar y poder político (votos) por varias generaciones, eso ya no corre. Mucho más eficaz, a la larga, es saber llenar el currículum vítae de rigor: colegios "top", Ingeniería Comercial, MBA… El "Fra Fra" Errázuriz lo explicó muy bien años atrás: él no heredó nada, fue juntando "pollito tras pollito" hasta que se hizo de un "capital", en su momento considerable, luego ni tanto. Lo que es Sebastián Piñera
Echenique, cada vez que se refiere a su historia familiar, ni pestañea cuando la califica de "clase media".
Los grandes trastornos, tanto políticos como económicos que siguen a los años 1960 y 70, revolucionan enteramente el mapa elitario chileno. Surgen nuevos liderazgos que llenan el vacío dejado por la desaparición de la elite tradicional. Durante la dictadura se advierten tres nuevos ejes de poder: los militares, la Iglesia y el mercado. De estos tres, el más inédito es el último; de ahí surgen no sólo nuevas fortunas sino también un empresariado técnico gerencial a escala no comparable a lo que existía antes. Con todo, la Iglesia y los militares van a ser novedosos en la medida que, tampoco antes, ejercieron tamaña influencia; entre 1973 y 1988 fueron casi los únicos sujetos políticos en este país.
Es más, se ha afirmado, muchas veces, que este nuevo liderazgo militar-empresarial-eclesiástico opera fácticamente; es decir, su actuar no es público, ni objeto de fiscalización. Tampoco es político en sentido estrictamente convencional. Actúa no por persuasión. Sus miembros, en tanto representantes de grupos de interés o fuerza, ejercen su gravitación de modo más corporativo que personal. En cambio, la elite tradicional fue siempre más personalista; su afán por querer ser más "aristocrática" exigía que sus miembros se individualizaran con nombre y apellido.
Pero, el período de la dictadura es clave no sólo porque posibilita esta renovación neocorporativa de las elites. Recordemos cómo el régimen militar, a fin de suplir la ausencia de un ámbito político-público institucionalizado, fue tolerando un espacio creciente de "figuración" mediática. Estoy pensando en las revistas de papel cuché que uno lee en las peluquerías y en que se retrataba al "jet set" (el antepasado prehistórico de nuestra actual Farándula) entremezclado con entrevistas a gobiernistas y, en casi siempre igual cuota, a los entonces opositores. Esquema que, en su momento, fue celebrado como "aperturista" y que nos introdujo a buena parte de las nuevas "caras" que, con posterioridad, más que protagonizar, han estado "escenificando" la Transición.
Hay que concederles, que en este último plano, los opositores a la dictadura fueron mucho más diestros; por eso quizá vienen gobernando desde hace casi ya dos décadas. Tras bambalinas, en ONGs (ahora los llaman think tanks); luego, a través de agencias de publicidad y eventualmente en empresas de "estrategia comunicacional", al punto que se fueron constituyendo en un nuevo eje elitista. Conste que, también, expertos en ejercer poder de manera "fáctica", poco transparente; ¿qué, o si no, es lo que hacen los "lobbistas" o los que trabajan en "segundos pisos"?
Ahora bien, el conjunto total de estas distintas y nuevas elites, podría denominarse, a falta de otro mejor nombre, "establishment". El término fue usado por primera vez por la revista inglesa The Spectator en la década de 1950. Aludía a un fenómeno más vago, amplio y cambiante que una clase social alta. Se accedería a él de distintas formas. Por nacimiento, educación, influencia política, riqueza, como también padrones de consumo y el frecuentar los espacios de sociabilidad cada vez más disponibles. Lo crucial es que ya no importaría tanto el estatus heredado del individuo en cuestión como el que, entre los demás entendidos, se le reconociera como uno más entre tales, igual de confiable y cómodo con este mismo orden social establecido y sus reglas. En suma, una suerte de club ampliado, abierto, en constante renovación de su membresía.
Esto último, un aspecto clave. Por eso sus diversas manifestaciones plutocráticas y de consumo conspicuas, todas las cuales dan cuenta de una movilidad social, nunca ante vista, en las más altas esferas. Nuevos ricos, ricos de nuevo, nuevas alianzas estratégicas, nuevos malls, nuevos barrios in, nuevas parroquias, nuevos developments, nuevos colegios, nuevos clubes de golf, nuevos balnearios, nuevos resorts, nuevos modelos de autos de lujo, nuevos cementerios… En definitiva, todo ¡muy, pero muy nuevo! En el mejor de los casos, globalizados si es que no transnacionalizados. Ser verdaderamente rico en Chile supone, de un tiempo a esta parte, aparecer en los listados de la revista Forbes aún cuando no se haya sido rico más allá de dos generaciones para atrás.
Evidentemente, un mundo enteramente distinto, con criterios de definición y sentido político totalmente ajenos a la antigua elite. Mundo demasiado novedoso, quizá, como para augurarle quién sabe cuánto tiempo más de duración. Tema que, en todo caso, abordaré en el sexto y último volumen de mi Historia General, es decir, todavía muy en el horizonte aunque, a la vez, muy actual y presente. En fin, tema que hay seguir mirando y pensando.
Un adelanto del libro
"Arquitectura tan pobre -apenas ha subsistido en pie- confirma lo que señalábamos al iniciar este capítulo: ninguna construcción, entre nosotros, compite con la presencia asombrosa, monumental, que provee el paisaje natural. Ovalle, estando en Roma, no podría haber recordado grandes y fastuosas casas hacendales. No las había, como tampoco grandes construcciones urbanas; en defecto de estas últimas, como ya veremos, a nuestro historiador no le cupo más que "imaginar" y pronosticar lo que podría llegar a haber en un futuro ideal de ciudad. Pues bien, el que no existiera nada equivalente o a la altura de estos espacios naturales extraordinarios, ¿significa que nada espacialmente "construido" persistió?
No se trata de una pregunta ingenua. Hemos insistido en que poco o nada se ha mantenido en pie desde entonces. Sin embargo, hemos reparado una y otra vez en este libro en la existencia de espacios creados, ideados o imaginados; por tanto, sabemos que éstos no tienen por qué volverse materiales y concretos. Tratándose de América, por lo demás, hemos argumentado que espacios etéreos o insustanciales suelen ser prodigiosos, incluso reales.
No, la arquitectura material entre nosotros no es memorable. Pero sí lo es, en cambio, la arquitectura social, para la cual, ahí de nuevo, debemos remitirnos a la hacienda. Precisamente, fue en estos caseríos tempranos, aún precarios, donde se fraguó un orden social con aspiraciones del todo envolventes. Fue allí donde surgió la sociedad que hasta hace poco persistiría en Chile. Mucho más importante, pues, que los caminos, los títulos de propiedad, la expansión y configuración regional, van a ser las relaciones de poder originadas en un contexto extremo de necesidad compartida entre patrones (amos que disponían de tierras pero no de mano de obra) e individuos, algunos libres que contratan sus servicios o bien entran en acuerdos y luego son absorbidos por la hacienda, u otros todavía sometidos a la antigua encomienda; en definitiva, gente de variado origen, pero que, por lo general, requería de trabajo y/o un lugar donde vivir con algún grado de paz.
También bajo una fuerte dominación, suele decirse. Por supuesto que sí, pero no por ello menos condicionada. Por de pronto, por una pobreza general, enfrentada por todos, obviamente que en distintos grados, aunque ¿qué tan distintos? Las diferencias sociales fundadas en tenencia de tierra no pueden haber sido demasiado marcadas. Hemos dicho que el valor de la tierra, en un comienzo, era muy bajo o relativo. Las condiciones, tanto para propietarios como para "arrendatarios" de tierras, eran igualmente extremas. Cuesta creer, entonces, que en semejante contexto entraran a incidir otros criterios de diferenciación más sofisticados y tajantes. Tratándose de una sociedad tan primaria y elemental, recién salida de una guerra o todavía sumida en ella, no podía darse nada parecido a lo que llamamos prestigio social. Sabemos que los rangos militares oscilaban según los grados de autoridad y mérito obtenidos, variables no muy estables; de hecho, existe evidencia de ascensos y descensos "sociales" que parecieran constatar una movilidad más bien abierta o fluctuante en una primera época.
En efecto, mientras no se puso fin a la transición desde una frontera de guerra a una sociedad rural más asentada, es muy probable que persistieran modalidades de dominación de tipo más bien militar. La primera arquitectura de los conjuntos rurales revela cierto sesgo castrense; no pocos de los trabajadores que se arranchan en los predios vienen recién llegando de ejercer funciones bélicas. No es exagerado pensar, por tanto, que a la hora de mandar, organizar y hacerse de terrenos y personas, primaron convenciones disciplinarias, conminatorias, compulsivas, fuertemente autoritarias, las únicas que seguramente este mundo conocía. En consecuencia, más que dominio en sentido jurídico estricto, lo que estaría en juego aquí es una voluntad categórica, impositiva, de querer tomar posesión; ocupar y disponer en tanto amo (mero detentador) antes bien que ejercer como propietario, es decir, señor y dueño. Maneras de imponerse, todas ellas infinitamente más rudas y toscas, autoritarias si no arbitrarias, que conforme a ley. Tenor que persistirá en la medida en que las condiciones en el país no cambien, cuestión que nos podría llevar hasta bien adentrado el siglo XIX.
A falta de riqueza prevaleció, pues, esta predisposición dominante de unos muy pocos para con los otros, muchos y restantes. Hay, por cierto, en todo esto un primer atisbo aristocrático, a la larga más significativo que los títulos nobiliarios o los mayorazgos; prebendas estas, escasas, más ornamentales que eficaces, con que la Corona premió y se hizo de unos pocos recursos pecuniarios de tarde en tarde. Lo que requería la hacienda era un poder fáctico, hacedor, ejecutivo y práctico que pudiera afrontar un entorno natural, hostil y misérrimo.
Por supuesto que sin ley -ni Dios ni ley-, pero no sin acuerdos mediante que implicaban lealtades recíprocas, y reconocimiento de que en semejante empresa, siempre difícil y tenaz, se estaba ante circunstancias comunes, correspondiéndole a cada uno lo suyo en cuanto a obligaciones".
"Amos, señores y patricios", de Editorial Sudamericana, Precio: $16.500.
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