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Cuando éramos adolescentes teníamos la fantasía de acceder de alguna forma nunca identificada a los diarios de vida de nuestras amigas. Era una idea genial: conocer de primera fuente por quién morían, por quién suspiraban y a quiénes despreciaban. El valor de esa información era cercano al infinito. Sobre todo en una época en que para pololear (no existían las "amigas con ventaja" ni tampoco "se andaba": las cosas eran o no eran no más) se requería una "declaración" previa, y ese conocimiento íntimo del diario de vida eliminaba de raíz el riesgo de la terrible humillación, muy conocida por los ingenuos que eran rutinariamente rechazados, unas veces en forma elegante y otras ni tanto. Supe de muchos egos destruidos y de prestigios derrumbados por la precipitación y la falta de due diligence que el caso siempre ameritaba. Porque la seguridad era cara y además engorrosa: muchas preguntas a las amigas menos agraciadas. Muchas salidas a Las Brujas o a Los Portones de Lo Beltrán. Mucha oreja y mucha saliva. Me acuerdo un consejo que me dio Pablito: "negro, no sigái gastando plata con la Loretoo…". Puchas, y yo, que estaba decidido a dar el paso, arrugué sin vuelta. De pura vergüenza ni le pregunté la fuente: otro(a)s ya sabían de mi derrota inminente y Pablito, que era mi amigo, por nada del mundo me mentiría. ¿Qué habrá sido de Loreto y sus ojos verde oscuro?
¿Se imaginan -decían los soñadores- la tremenda gloria de conocer "los temas" de primera fuente? Ahorraba conversaciones latosas, poner oreja, gastar en "primaveras con pisco" y mucho, pero mucho tiempo.
Sin embargo, la tradición judeo-cristiana, más el temor reverencial a ser descubiertos, pero sobre todo la completa inaccesibilidad a los diarios de vida, hicieron que el tema sólo quedara en las fantasías de los clubes de Tobi que abundaban en la generación de los 60, cuando teníamos 15 ó 16 años. Además, los más beneficiados por ese conocimiento no seríamos nosotros, sino los del curso de más arriba, que se enterarían de todos modos, y además tenían auto y más experiencia que nosotros. De modo que al final era mejor que nadie supiera, porque la ignorancia total nivelaba el terreno de juego.
¿Y a qué vendrá todo esto?, se preguntarán ustedes.
Es que resulta que ha llegado a nuestras manos un proyecto de ley patrocinado por nuestro liberalísimo ministro de Hacienda, que pretende hacer un consolidado de buena parte del diario de vida de los chilenos. Un proyecto que en los EE.UU. -o en Harvard- no pasaría el "smell test" más básico. Un proyecto de ley que pretende meterse en la intimidad de nuestras deudas, no ya con la banca que capta dineros del público, y que tiene al instituto emisor como lender of last resort, sino con casas comerciales y una gama indefinida pero amplia de acreedores privados a personas e individuos aun más privados todavía. Y la idea es no solamente conocer cuánto les debemos, sino que además qué tan buenos o malos pagadores somos.
Las deudas de Verdejo
Uno encuentra plausible que los bancos, que captan dinero del público, tengan que declarar cuánto les debe Juan Verdejo. Mal que mal, cuando se caen, o cometen errores de magnitud, el Fisco sale a su rescate, como ocurrió ahora en EE.UU. con Bear Stearns, Fannie Mae o Freddie Mac. O sea, cuando se van de espaldas, los depositantes no sólo tienen al Banco Central que los protege, sino al mismísimo Moya -a través del Estado Nacional- que los salva de la mala decisión de prestarles a instituciones que a veces muestran un dudoso criterio para prestar esos fondos.
Pero ahora es el Ejecutivo -para ayudar en el intento de cómo encontrar más y mejores clientes a menor costo- quien no encuentra nada mejor que "intrusear" en la vida privada de los chilenos, para mostrarle a toda una categoría de instituciones, sean bancarias o no bancarias, cuánto les deben los chilenos no sólo a los bancos, sino que además a las casas comerciales, a los vendedores de mercaderías, de insumos y qué sé yo a quienes más. Y más encima enseñarles quiénes son buenos pagadores y quiénes no lo son. O sea, ahorrarles el trabajo, el tiempo y los recursos financieros que otros han invertido para ganar ese conocimiento: es como la lectura furtiva de los "diarios de vida" de las féminas. Y que una vez más favorecerá a los que tienen el automóvil más grande y las espaldas más anchas, como en el colegio.
Estado sabelotodo
No me cabe duda de que la intención de los asesores de Hacienda es noble: información pública para tomar mejores decisiones de crédito por parte de los actores privados.
En esta línea, también podríamos pensar en controlar no sólo las deudas de privados con otros privados, sino también el consumo. Bastaría que el SII exigiera identificar el RUT del comprador en cada boleta, o que los emisores de tarjetas entregaran su información al "Servicio" y así el Estado chileno podría saber cuánto y en qué gastamos nuestros ingresos, además de nuestro endeudamiento. Y tal como pretende el proyecto de Hacienda, además de dar a conocer a un sinnúmero de instituciones si estamos muy o poco endeudados, podrían a futuro -con otro proyecto de ley por el estilo- saber si gastamos más de la cuenta o no. Y los bancos y otros, recortarnos o expandirnos el gasto y/o las deudas. Y el Fisco, los obispos (un "gasto ético") y quién sabe, hacernos recomendaciones al respecto.
Las entidades que en Chile prestan a privados con cargo a su patrimonio, no pueden estar sujetas a las mismas exigencias de quienes captan dineros del público sin mayor restricción, y que cuando entran en problemas -como lo hemos visto recientemente en EE.UU.- acuden al Banco Central -por ley- o al Fisco -por la fuerza de los hechos-.
Los bancos hoy tienen acceso a buena parte de los "diarios de vida" de los chilenos. Las casas comerciales y otras entidades tienen el resto. Pero el Estado -tan bueno él- quiere poseer el depurado completo, para así entregar gratis la totalidad de la data a quienes tengan a bien solicitarlo. Un negocio genial y por decreto, para quienes no han invertido ingentes cantidades de dinero adivinando quiénes son buenos pagadores y quiénes no.
Las listas de buenos clientes de un banco, de las casas comerciales, de los distribuidores de insumos, de las compañías privadas de factoring y otras, tienen un valor comercial: el del esfuerzo por descubrir, quiénes, en ciertos estratos, son buenos pagadores y quiénes no.
Este proyecto de ley pretende sin más expropiar ese patrimonio. Y lo que es peor, inmiscuirse en las vidas de los chilenos sin mayores contemplaciones. Y abre la puerta a saciar otras curiosidades del sector público -con la mejor de las intenciones- sobre decisiones muy privadas de los privados.
Porque para desarrollar buenas políticas públicas, basta con conocer los agregados de deuda por segmento socioeconómico y no persona a persona. El Estado no debiera saber cuánto le debo yo a Juanito, Dieguito o Pedrito. Eso es un tema entre ellos y yo. Y si alguien quiere saberlo, que me pregunte pues. O me pida la autorización para saberlo.
Entre yo y La Casa del Pie Chiquitito
El Estado no tiene derecho a acceder a contratos de privados con privados, que exponen en dichos acuerdos sus patrimonios personales: porque eso es la deuda entre La Casa del Pie Chiquitito y yo. Un contrato en el cual no está en riesgo la fe pública, ni fondos captados de viudas o de huérfanos. En que si quiebran, habrá un síndico y no el Estado ni el Banco Central a su lado. Es simplemente una cosa entre privados-privados y por lo tanto debe permanecer para siempre como eso: privadísimo. Salvo que al Pie Chiquitito le den permiso para abrir una cuenta de crédito en el Banco Central, y que si quiebra, el Fisco acuda en ayuda a sus acreedores, como pasó con Bear Stearns, Freddie Mac o Fannie Mae (y JP Morgan adquiera "a huevo" las acciones del Pie Chiquitito).
Yo no estoy a favor de las políticas de crédito laxas o irresponsables. De nadie: ni de los bancos, ni de las casas comerciales. Creo que las personas están sobreendeudadas en varios segmentos de la sociedad chilena. Eso puede traernos, eventualmente, grandes males.
Pero no por eso voy a entregarle al Estado chileno y menos aún a toda una categoría de prestamistas, el conocimiento que algunos, a costa de enormes esfuerzos, han recolectado para sí, en forma privada, para que otros se hagan con un activo valioso sin pagar su costo.
Si las casas comerciales, factorings y distribuidores de insumos llegaran a quebrar, quienes deben pagar por sus errores son sus accionistas y sus acreedores, pero no el Estado chileno. Por lo tanto, quienes deben medir el "afrecho" que le dan al chancho son quienes les prestan a estas instituciones y no el Estado chileno, excepto en lo que pudieran requerir para definir políticas públicas al respecto.
Este proyecto -así como está ahora- no nivelará el campo de juego: lo inclinará a favor de los jóvenes del curso de arriba, igual que en el caso imaginario de los diarios de vida. Y al igual que en ese ejemplo, creo que es más sabio que el tema se quede entre privados y entre ellos transen -con nuestro permiso, por supuesto- la información que poseen.
Hay cosas en la vida, que como decía el Quijote "es harto mejor no meneallas…".
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