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Ubicación de la ciudad.
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Sobre la calurosa colina de tierra suelta y amarillenta, Kobi -1.90, polera azul, jeans y zapatillas- explica que a sus espaldas, hacia el oeste, está la franja de Gaza. Frente a él, hacia el este, dice, se sitúa Sderot, la ciudad que vigila. Kobi -a secas, no aporta ni un dato más sobre su identidad- es israelí. Fue soldado de elite y durante 16 años el chofer de Ariel Sharon.
Kobi es el jefe de la guardia civil de esta ciudad situada a 110 kilómetros de Jerusalén y que la semana pasada acaparó la atención mundial porque fue uno de los pocos sitios que el candidato estadounidense Barack Obama visitó en su fugaz y publicitada gira de 30 horas por Israel y territorios palestinos.
Sderot es un emblema para el gobierno israelí. Por eso, llevaron al postulante demócrata hasta ahí. Las estadísticas oficiales señalan que desde el 2003 este poblado ha recibido una asonada de 8.477 morteros y cohetes provenientes de territorio palestino. Casi todos los días. Sólo el 2008 -hasta el 30 de junio- los números indican que cayeron 2.363. Veinte diarios. Y treinta también, dicen militares israelíes. Los muertos suman 15 y los heridos más de 300.
Israel culpa principalmente a Hamas y a la Yihad islámica. La ciudad es un ícono para el pueblo judío: para ellos es la muestra de la violencia sin razón de los palestinos fundamentalistas. Y, sobre todo, del modus operandi de los enemigos: civiles en la mira, no militares ni instalaciones.
Territorio comanche
Kobi desmenuza desde la colina algo que resulta sorprendente aunque mil y una veces se escuche hablar de la caliente franja de Gaza, enclave palestino de 360 metros cuadrados en el extremo sur de Israel, dominado políticamente desde junio del 2007 por Hamas, movimiento fundamentalista para algunos o grupo terrorista para la UE y EE.UU.
La geografía que el militar exhibe es la siguiente: un poblado israelí de unas 6 mil casas, similares, para hacerse una idea, a cualquier barrio de clase media alta chilena. Autos japoneses estacionados, antejardines bien cuidados, con pasto y buganvilias, y banderas con la estrella de David en algunas de las techumbres de tejas naranjas.
A continuación, dos carreteras de excelente calidad. Luego, una escuálida franja de árboles. Y a pasos, la frontera, el cerco. Tras eso, Beit Hanoun, una ciudad de la franja de Gaza con sus casas, edificios y casi 30 mil habitantes. Todo esto en menos de 6 kilómetros. Cara a cara.
Mientras Kobi habla con la delegación de políticos, académicos y periodistas que visitan la zona -invitados por la Comunidad Judía de Chile y por el American Jewish Committee-, recibe un par de llamados por celular. Un mortero, comenta, no alcanzó a caer en Sderot y explotó antes de la frontera. Nadie de los presentes se dio cuenta. A lo lejos una columna de humo negro impresiona. El alcalde llama a Kobi para preguntarle qué pasa. El dice que es sólo un incendio en un supermercado, no un cohete, no hay de qué preocuparse. En todo caso, los presentes en la colina ya saben lo que tienen que hacer si por los altoparlantes de la ciudad una voz femenina anuncia alerta roja -tzeva adom, en hebreo-: lo mejor, dicen con una pasmosa tranquilidad los encargados de seguridad israelíes, es esconderse debajo del bus.
15 segundos
En marzo pasado, el republicano John McCain visitó Sderot. Obama repitió el ritual. Sin corbata y con su infaltable camisa blanca estuvo en la delegación policial, una comisaría mediana, situada en el centro de la ciudad. En un patio trasero aledaño al estacionamiento, centenas de cohetes y morteros retorcidos reposan sobre estantes de metal. La mayoría mide cerca de un metro y tienen en su cuerpo mensajes y siglas en árabe. Los israelíes los recopilan luego de que explotan.
"Si alguien lanzara un ataque contra mi casa, donde duermen mis dos hijas, haría todo lo que estuviera en mis manos para detenerlo, y esperaría que los israelíes hicieran lo mismo", dijo Obama aquí, con los cohetes destartalados como escenografía.
Al otro día de la ilustre visita, en el mismo sitio donde discurseó Obama, el capitán Eli Rubinstein, portavoz del ejército israelí, explica que desde el 19 de junio pasado se pactó una tregua de seis meses con Hamas: la intensidad de fuego ha disminuido, dice. Al principio, hace unos 8 años indica, tímidamente comenzaron los ataques desde la Franja de Gaza. "Eran cohetes rústicos y caseros, que contenían fertilizantes -urea- como explosivos. No eran exactos. Hoy se sofisticaron y son muchos más precisos".
La teoría de la inteligencia judía es que a través de túneles subterráneos, los grupos armados trafican explosivos desde Egipto hacia Gaza. "Es muy difícil impedirlo", señala Rubinstein.
Los modelos más usados, según el ejército israelí, son los Qassam rocket, los Katiussa y los El Quds. Los primeros, responden al nombre de un mártir de Hamas; los segundos son iraníes y los utiliza Hezbolá; los terceros son el arma de la Yihad islámica. Cada cohete tiene símbolos que distinguen a un grupo de otro: son las señas de la adjudicación del ataque. "Los lanzan desde casas de civiles, hospitales y escuelas. Con eso se aseguran que no les respondamos", argumenta Rubinstein.
"El alcance de los cohetes era de 8 kilómetros al principio. Ahora es de 16. Luego será de 20 kilómetros. O sea, 200 mil personas en riesgo", dice Kobi.
La alerta roja que indica peligro inminente da a los habitantes 15 a 20 segundos para guarecerse. Ese es el lapso fatal. "Desde el momento en que sale el cohete hasta que cae es máximo un minuto. Tenemos 40 segundos para que nuestros sistemas tecnológicos hagan el cálculo matemático para saber dónde caerá. Lo que le queda al ciudadano son cerca de 15 segundos para esconderse", agrega Kobi, encargado de dar la señal de alarma a la ciudad.
Las escuelas son blindadas y cada cierto trecho y en lugares estratégicos -por ejemplo, cerca de los juegos infantiles- hay pequeños refugios de hormigón, similares a un paradero de bus. "Es la única ciudad del mundo con paraderos así", dice Zohar Avitan, rector de Sapir College, un respetado centro académico de 4 mil alumnos que se las bate con éxito en medio del conflicto.
Pese al peligro, sólo el 25% de las viviendas posee un cuarto blindado. La mayoría de los locales comerciales no cuenta con estos refugios. Cuando suena la alarma, relatan aquí, cualquier lugar medianamente seguro sirve para esconderse del cohete que viene volando.
Como en todo Israel, la tensión en Sderot no es visual. Se siente, pero se ve poco. Eso pasa en Jerusalén, Tel Aviv, Nahariyya o Ashquelom. La conmoción no es bulliciosa. La alerta siempre está ahí, pero no es estentórea. En Sderot, a simple vista, la gente vive su vida tal como en cualquier suburbio europeo o latinoamericano: va de compras, corta el pasto y ve televisión. Todo eso hasta que cae un cohete, surge el rumor de un suicida atrapado en la frontera o una retroexcavadora arrasa con personas y autos en el centro de Jerusalén. Ahí comienzan la red de llamados telefónicos, las maldiciones, los rostros agobiados y surgen docenas de policías y militares de la nada. Y luego de eso, la vuelta a esa singular y aparente normalidad.
Quedarse hasta el final
-Si caen hasta 20 cohetes diarios ¿para qué seguir viviendo aquí?-, le preguntan a Kobi
-Por amor al país. No me importa que nos llamen locos. Nos quedaremos aunque Irán bombardee. Es nuestra tierra ¿por qué deberíamos irnos?-, responde secamente, sin un rictus.
Pese a que las autoridades dicen que en Sderot la población civil se mantiene incólume, algunos de los habitantes replican que el 30% a 40% emigró. Los perseverantes explican su insistencia en quedarse aportando matices que van desde lo épico hasta lo sencillamente humano: es la tierra, pero también es el incierto destino de dejar lo que tienen -trabajo, casa, tierra-. De más está decir que el precio de las viviendas se fue al suelo. Vender hoy es una mala apuesta.
Judith Bar-Hay vive en Sderot. Trabaja desde el 2005 en Natal, una ONG fundada por el doctor Rony Berger. Es un servicio comunitario que presta ayuda sicológica a las víctimas de los bombardeos. El municipio detectó que muchos de los afectados se negaban a asistir a los centro clínicos mentales. Por eso, requirieron la asesoría de Natal: la ayuda debía ser a domicilio y gratuita. Ocho sicólogos visitan la ciudad una vez a la semana.
Pese a que su labor es dar soporte sicológico, Judith Bar-Hay no niega que está sometida al estrés. "Tiempo atrás fui a la peluquería con mi hija de 14 años. Estábamos ahí cuando sonó la alerta. Nueve personas nos apretamos en un pasillo mínimo, entre el baño y el lavatorio del pelo. Un mujer que estaba de compras entró corriendo con su hijo. Tres personas sufrieron ataques de pánico", relata.
De acuerdo a Natal, la inminencia de un ataque y la incertidumbre repercuten fuertemente en el cotidiano. Poca vida social (son escasos los afuerinos que reciben con buena cara las invitaciones a la ciudad), adolescentes de 14 ó 15 años que aún duermen con sus padres o que se orinan en la noche, familias completas que instalaron dormitorios de emergencia en el living para evitar las expuestas habitaciones del segundo piso e incluso niños que prefieren dormir escondidos en las cocina, pasillos o baños.
Cuarto de la tranquilidad
El gobierno israelí no pretende mover a la gente de las fronteras. Ni imponerles una retirada. Es soberanía, se deduce, más allá de los costos. En el límite con el Líbano -tierra de Hezbolá, el principal enemigo- la escenografía es la misma: a metros del cerco, docenas de casas en un barrio muy parecido a San Carlos de Apoquindo. El patio de la última vivienda, tiene una magnífica vista al país vecino y a los mowag de las Naciones Unidas que resguardan la frontera. Es más: la escuela -resguardada con murallones y vidrios blindados- está en un montículo que mira hacia el Líbano.
En Sderot los heridos reciben ayuda clínica -física y mental- de parte del Estado, que también financia la reconstrucción de las casas dañadas y de los automóviles siniestrados. "Mi coche fue afectado por una explosión. El gobierno me devolvió el dinero que gasté en el garaje", dice Judith Bar-Hay. Además están liberados del 50% de las contribuciones y no pagan impuestos por sus ingresos.
Sderot por ahora no piensa moverse. Hace un mes cuatro cohetes cayeron aquí. Fue el quiebre de la tregua. Y el cierre de las fronteras por parte de Israel. Hamas, a través de sus voceros, negó cualquier vínculo con el hecho y pidió a las facciones armadas palestinas que respetaran el cese. La Yihad sostiene que mientras Israel siga atacando a sus militantes, ellos persistirán en el lanzamiento de cohetes.
Kobi es escéptico de la tregua. "Ya la hubo antes y luego prosiguieron los ataques", dice. Para él, no hay más remedio que "entrar a la franja y atacar militarmente. Nos costaría poco borrar todo lo que está ahí con dos F-16". Para Judith Bar-Hay la paz es una urgencia: la gente no resiste más y por ahora el llamado "cuarto de la tranquilidad" -un dormitorio público, resguardado, con una cómoda cama y tranquila música ambiental- sirve como terapia de urgencia para paliar la vida al borde.
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