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Ministeriosos y Hacendosos

En medio de las cifras económicas que lo complican, y de su recién estrenado estilo comunicacional más abierto y en terreno, el ministro Andrés Velasco es analizado aquí por el columnista Alfredo Jocelyn-Holt. Para hacerlo, lo compara con los rasgos que han marcado a sus más de 200 predecesores en la cartera de Hacienda. ¿Calza Velasco con ellos? Lea esta columna.

Por  Alfredo Jocelyn-Holt
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¿Existe un ministro de Hacienda modelo? ¿Un prototipo ideal que permita juzgar si, el actual u otro, lo está haciendo no tanto bien o mal sino de acuerdo con lo que se espera de él? Dudoso. Desde que O´Higgins creara la cartera en 1817 se han sucedido más de 200 ministros en el cargo, varios repitiéndose el plato. Una duración promedio insignificante, menor que el año tradicionalmente asignado a los oficiales del Cuerpo de Bomberos. 

De ahí que se haya confiado el portaaviones fiscal a capitanes de la más variada índole y estirpe. A hombres muy ricos -Melchor Concha y Toro, José Guillermo Waddington, Jerónimo Urmeneta, Agustín Edwards, Gustavo Ross, Carlos Vial Espantoso, Arturo Matte- como también a técnicos de dilatada carrera en la burocracia estatal, como Alberto Edwards Vives o Arturo Maschke, o bien a políticos del tipo Enrique Mac Iver, Pablo Ramírez y Juan Bautista Rossetti. También, claro, se le ha encomendado el cargo a economistas y destacados docentes universitarios, como Daniel Martner, Guillermo Subercaseaux o Miguel Cruchaga.

Algunos han sido más cercanos a la producción (Jorge Alessandri); otros al mundo financiero (otra vez Ross y Vial Espantoso), distinción que, en alguna época, no muy remota, importara más que en la actualidad. A varios se les ha calificado de "mago de las finanzas" -Manuel Rengifo y, de nuevo, Ross-, aunque, así y todo, se han conocido casos muy elogiados en cuanto a manejo público pese a haber fracasado como hombres de negocios privados: Sergio de Castro últimamente y, antes que él, Rengifo.

La variedad puede llegar a ser hasta sorprendente. Hemos tenido comunistas en el cargo, como Américo Zorrilla, quien originalmente fuera linotipista, y Orlando Millas, ambos de la UP. Pero eso no es nada si uno lo piensa con perspectiva: al inicio de la República se le confió el cargo a un cura reaccionario -Juan Francisco Meneses- y, previo a él, al propio Manuel Rodríguez.

Y otro dato más. Sólo muy excepcionalmente un ministro de Hacienda ha saltado a la presidencia de la República en épocas recientes: Jorge Alessandri. Más notorios son los casos en que ello no ocurrió. La lista aquí es larga: A. Edwards, G. Ross, Pedro Enrique Alfonso, A. Matte, Jorge Prat y Hernán Büchi. Felipe Herrera también lo ambicionó, pero no llegó a puerto; similar en eso a Andrés Zaldívar, aunque éste, al igual que Rossetti y Carlos Cáceres, ha resultado ser un sobreviviente. 

Bajo el paraguas técnico

Los ministros de Hacienda más destacados, los que han dejado fuerte huella, han sido aquellos que en su gestión han impuesto un giro político-económico mayúsculo. Lo hizo Rengifo en el siglo XIX, y lo volvió a repetir Pablo Ramírez durante la dictadura de Ibáñez. No hay que olvidar que la organización del aparato estatal todavía en pie es obra de Ramírez. Para qué decir el trío dinámico de los años 1970 y 80 -Jorge Cauas, De Castro y Büchi-, asociados a crisis económicas, recuperaciones y, ciertamente, a uno de los más espectaculares cambios de mentalidad económica. Aunque con más bajo perfil, "como que no quiere la cosa", habría que asociar también a Alejandro Foxley entre los hombres clave de dicho cambio, porque él encarna la tremenda voltereta ideológica económica que hace la Concertación cuando llega al poder.

Desde mediados del siglo pasado, el factor técnico se ha vuelto cada vez más importante. Es lo que explica que se haya nombrado a Maschke, a Roberto Wachholtz y a Sergio Molina, seguidos últimamente por consultores y funcionarios de organismos internacionales: Eduardo Aninat, Nicolás Eyzaguirre y Büchi. Sin embargo, no hay que exagerar la nota. Jorge Alessandri fue siempre un pragmático. Según propia confesión: "La mayoría de los libros de economía que he tratado de leer los he abandonado después de algunos pocos capítulos".

De hecho, el supuesto carácter "técnico" de la economía puede dar lugar a los más raros desempeños. Manuel Rivas Vicuña relata cómo, siendo ministro, el funcionario a cargo del presupuesto le preguntó si lo quería "su señoría, con o sin déficit". Vieja historia. Jenaro Prieto, mofándose del principal economista de "Tontilandia", contaba el siguiente diálogo:

-¿De modo que usted cree que la situación de mis finanzas no es sin remedio? 
-Lejos de eso. Usted tiene un superávit.

-Pero si tengo sólo quince pesos y debo dos mil cien…
-Por lo mismo…Usted tiene quince pesos. Bien: póngaselos en el bolsillo derecho. Ése es su presupuesto ordinario. Los otros dos mil cien forman el presupuesto extraordinario.

Bajo la dictadura, se oyeron declaraciones no menos asombrosas y eso que se supone que eran muy "expertos" en aquella época. En septiembre de 1982, el ministro correspondiente afirmaba: "Para Chile la deuda externa no es problema". Cuatro meses después, el mismo ministro "aclaraba" el punto: "Hoy día somos uno de los países con deuda per cápita más alta del mundo". Nada de extrañar, tiempo antes se decía y repetía sin saciar: "El dólar a $ 39 seguirá por muchos años".

¿Qué hace que un ministro de Hacienda "fracase"? Es complicado decirlo. Después que despachara a Jorge Alessandri del ministerio, González Videla nombró a un populista socialcristiano -Carlos Vial-, la antítesis de Alessandri. Aunque se tenían grandes expectativas en Vial, su gestión terminó espantosamente mal con inflación galopante; lo hizo peor que su antecesor. La segunda administración Ibáñez es también interesante al respecto; aunque su récord fue lamentable: en ese gobierno que se contrató a la Misión Klein Sacks, todo un hito económico pues fomentó las primeras medidas monetaristas, creó la fructífera asociación entre la UC y Chicago y, como demostrara Sofía Correa, sembró las primeras semillas del modelo neoliberal asumido por la dictadura.  

¿Y Velasco qué?

Lo que está claro es que no basta sólo el ministro. Incide mucho la relación con el presidente. Tanto Jorge Alessandri como Eduardo Frei Ruiz-Tagle y Ricardo Lagos sabían mucho de economía, por lo tanto compartían las decisiones. Por contraste, Ibáñez se limitaba a dar a sus ministros instrucciones muy vagas, como por ejemplo que "lo hicieran lo mejor posible".

Presumiblemente ocurre algo similar con Bachelet, con la salvedad de que la economía a nivel macro está bien, nunca se han valorado tanto los criterios "técnicos" y el ministro es afín al empresariado y sus equipos. En opinión de esos círculos, no es el manejo económico el que está fallando, sino que "el mundo está mal": palabras de David Gallagher. 

¿Calza Andrés Velasco con toda esta historia detrás? En gran medida sí. Es claramente un técnico, un destacado académico. Hizo el requerido noviciado bajo Foxley. Con todo, Velasco es mucho más político de lo que parece a primera vista. A pesar de sus aires muy "New England", mantiene rasgos todavía muy radicalmente criollos; el otro día no más, viéndolo en una foto de prensa, lo confundí con el senador José Antonio Gómez.

En terreno se le ve tieso y pasado de moda. Obviamente, sus talentos políticos se manifiestan mejor detrás de bambalinas y bajo absoluto autocontrol. Su cercanía con Bachelet es indiscutible: ambos se formaron fuera de Chile, son librepensadores, cero beatos. Al igual que Nicolás Eyzaguirre y Hernán Büchi, otrora melenudos y militantes de grupos de extrema izquierda, el cargo lo terminó disciplinando. Importa tanto su afición a escribir novelas y moverse en círculos "liberales chic" como importó que Pablo Ramírez, en su momento, fuera también algo excéntrico y heterodoxo: construía y frecuentaba piscinas públicas, y era amigo y mentor de Darío Sainte-Marie, más conocido como Volpone. 

Velasco parece compartir, también, la idea de que a más inmovilidad ministerial, mejor desempeño; criterio fundamental que la dictadura le imprimiera a su cartera. Por último, es grave e impertérrito. Sabe que, en Chile, lo único que importa económicamente es el "cobre". Como dijera René Silva Espejo alguna vez: "Toda la ciencia de gobernar está en conocer los secretos del cobre. Así serán siempre mejores estadistas los que han cobrado que aquellos que se han dejado trasquilar. Un ministro de Hacienda no debe tener otro programa que cobrar, aquí, en el exterior y en todo lugar… Basta con tener cobre; lo demás viene por añadidura".