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Correa: Hicimos la transición más exitosa de latinoamérica

Mientras en el oficialismo comienza a aflorar la discusión sobre el legado de la Concertación, en esta entrevista Enrique Correa reivindica el origen y éxito de la coalición. Para ello, rememora el gobierno de Aylwin, su relación con Pinochet y la aceptación del mercado como una realidad. También enfrenta las críticas de su conversión de marxista-leninista a lobbysta con múltiples redes en el mundo privado.

Por  Patricia Politzer
Foto  Claudio Doenitz
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Pinochet y Correa, en plena transición. "No fui el más cercano, sino el que más lo conoció", precisa Correa.

Su empresa -Imaginaccion Consultores- ocupa el piso 24 del edificio Palladio, en Providencia. El estilo moderno y sobrio, con paredes de hormigón a la vista, acentúa como principal decoración la ciudad de Santiago enmarcada en los ventanales. Para una compañía que vende "inteligencia política" -según palabras de su presidente y creador, Enrique Correa Ríos- la imagen es coherente con la identidad: allí la calidad va por dentro, está en las neuronas y no en los accesorios. Así se explica su presencia protagónica en los conflictos -públicos y privados- más significativos de los últimos 20 años.

Se niega a cualquier perfil humano -por pudor y en resguardo de su privacidad, dice-, pero está dispuesto a dedicar cinco largas sesiones para "exponer conceptos". Las ideas lo apasionan desde la adolescencia, cuando dejó su casa en Ovalle para convertirse en seminarista. Aquel fue su primer salto a contracorriente ya que su padre era masón. Años más tarde, siendo presidente de la JDC partió al MAPU y se transformó en acérrimo marxista-leninista, estuvo exiliado en la URSS y la RDA para luego girar hacia el socialismo renovado. Vivió en la clandestinidad y, al llegar la democracia, fue uno de los negociadores con el pinochetismo. Vocero del primer gobierno democrático, salió de La Moneda rumbo al sector privado, desde donde ejerce el lobby abierta y orgullosamente. Aunque su cartera de clientes es envidiable -Soquimich, Alstom, Suez Energy International, Barrick, entre otros-, él prefiere destacar su participación en las fundaciones Salvador Allende, Clodomiro Almeyda y Andrés Pérez.

Su evolución desconcierta e irrita a muchos. Pero, a los 62 años, Correa la despliega con total tranquilidad. La misma con que se define "católico de misa periódica" y  "socialista hasta la muerte".  

"Lo más importante en todo este desarrollo ha sido siempre la política, la seriedad con la que creo que hay que tomarla, como un oficio que mide sus resultados por la capacidad de conciliar intereses diversos. ¡En eso consiste gobernar! Hay que superar esa idea antigua de que existen contradicciones antagónicas, como decíamos en nuestros años de ideologismo más fervoroso", dice. 

-En el siglo XXI, parte importante del poder se trasladó del ámbito público al privado. ¿Eso fue lo que lo atrajo del mundo empresarial?
-No. Fue la certeza de que el progreso se juega en la cooperación público-privada. Si nos involucramos en un largo conflicto entre estos dos sectores, el país se estancará y volveremos a vivir días aciagos. Generar sólidos vínculos entre esos dos mundos no es automático y requiere de facilitadores profesionales con destrezas negociadoras y conocimientos de las políticas públicas y del mercado.

-Muchos de sus compañeros del mundo político no entienden el camino que tomó al terminar el gobierno de Aylwin. Algunos consideran que traicionó sus principios.
-Lo que produjo impacto en el estado de ánimo de muchos, no fue mi paso a la empresa privada: fue la transición. Esa es la principal ruptura. Es el paso de nuestra generación al reconocimiento del capitalismo como una realidad, de la democracia liberal como una gran régimen político, del uso de la gradualidad como método en remplazo del cambio abrupto, de la negociación en vez de la contienda. Eso es lo esencial, eso nos permitió hacer la transición más exitosa de América Latina. El resto es anécdota.

Socialista hasta la muerte

-¿Cómo se define políticamente?

-De izquierda, democrático y liberal.

-Antes, ser liberal y ser de izquierda era una contradicción.
-En la mitad del siglo XIX, se generó una escisión en el movimiento democrático internacional entre liberalismo y socialismo que resultó trágica. No habría habido nazismo ni fascismo si liberales y socialistas hubiesen permanecido aliados. 

-Si la izquierda cree en la democracia liberal y en el capitalismo, y la derecha está preocupada de la pobreza, ¿dónde reside la diferencia?
-Ante una crisis, lo primero que pensará un político de izquierda será cómo protejo a los más débiles. Un político de derecha pensará cómo rebajo impuestos. Claro, para evitar que se generen problemas en el crecimiento y todo aquello. La izquierda sigue dando más pruebas de ser capaz de combinar políticas económicas razonables con fuertes políticas de equidad. La derecha no lo ha demostrado ni en Chile ni en el mundo. Otra diferencia relevante es la percepción del Estado. Sin izquierda, se habría impuesto la idea de que sólo había que reducirlo. Y, tercero, existe un concepto distinto de la libertad. La derecha sueña con mantener nuestro viejo mito oligárquico de modernizar la economía pero conservar la sociedad sin alteraciones. Si estuviéramos en el siglo XIX, sería producir como Inglaterra y vivir como en la España de los conventos. 

-¿Sigue siendo socialista?
-¡Síííí, naturalmente! Hasta que me muera. Es el partido por el que voto y votaré siempre.

-Si su respuesta es tan enérgica, ¿por qué el royalty minero lo hizo renunciar a la militancia?

-Eso fue un asunto estrictamente coyuntural. Cuando el PS decidió discutir el tema en el tribunal supremo, consulté con el presidente del partido si eso podía llevar a una expulsión, y Gonzalo Martner -a quien respeto mucho- me dijo que no podía garantizar que no fuera así. Ante ese riesgo, que habría resultado muy bochornoso, preferí desafiliarme legalmente. Nunca he vuelto a tocar el tema y jamás hablaré contra el Partido Socialista.

-¿Le gustaría reincorporarse?
-... Por el momento me siento cómodo como estoy, pero no digo que no vaya a  presentar nunca una solicitud de readmisión.

Escasez de valientes

A 20 años del plebiscito, muchos en la Concertación miran con rubor el proceso de transición y defienden incómodos lo realizado durante cuatro gobiernos de su coalición. No es el caso de Enrique Correa. El no está dispuesto a conceder errores en el camino recorrido. "Durante la transición y como gobernante, la Concertación ha aplicado el mismo método: el principio de la gradualidad y el reformismo en remplazo de la revolución", esgrime. Más aún, subraya que la coalición "debe recuperar ese realismo político para seguir avanzando".

-Considerando la  fuerza política que tenía la Concertación en 1988,  ¿no cree que se concedió demasiado en la transición?
-Esa noche, la política no sólo mostró toda su potencia y superioridad frente a las armas sino que, además, fue el momento en que el país entero dio un giro hacia delante. Allí nació el país que todos admiran en el mundo. En cuanto a la transición, es precisamente en la gradualidad donde reside el éxito del buen gobierno. Probablemente el único momento en que se rompió esta gradualidad fue con el Transantiago. 

-Pero la gradualidad puede ser más o menos rápida.
-Cuesta mucho reproducir las condiciones de debilidad ante las cuales estábamos. Teníamos una fuerza política enorme pero teníamos que enfrentarnos con una fuerza militar encabezada por el dictador y que, si alguno de sus intereses no estaba bien resguardado, era capaz de amenazarnos con un retroceso.

-¿Así ocurrió con el ejercicio de enlace y el boinazo?
-Sí, pero más que con la efectividad militar de esos actos, él jugaba con el miedo. Después de 17 años, los chilenos habían terminado por identificar el orden y la estabilidad con los militares.

-¿No piensa ni por un momento que pudo haber debilidad?
-Nooo... aplicamos la fuerza que teníamos. ¿Sabe?, en la clandestinidad aprendí que en los tiempos de borrasca hay escasez de valientes, mientras que en los tiempos de estabilidad, los valientes sobran. Hay gente que pensará siempre que la transición fue un error, que todo fue una concesión y que se debió haber seguido un camino más radical. Lo cierto es que entre el atentado a Pinochet -1986- y el plebiscito hubo entre nosotros una lucha muy grande entre la tesis del derrocamiento de la dictadura o la búsqueda de una salida gradual. El plebiscito fue el triunfo de la segunda opción. Y no nos equivocamos. Al llegar al gobierno había un punto clave: no teníamos fuerza para remover a Pinochet de la Comandancia en Jefe.

-Aylwin no tenía facultades para pedirle la renuncia, pero ¿por qué lo invitó a la mesa de los demócratas como a un actor moralmente válido?
-Ese es un asunto estrictamente institucional. El presidente Aylwin -el mejor político que he conocido en mi vida- sabía perfectamente que las Fuerzas Armadas tenían como línea roja a no cruzar la permanencia de Pinochet. Por eso, se preocupó de hablarle de su renuncia antes de ser presidente, para que no se pusiera en duda su autoridad. De allí en adelante trabajamos con la certeza de que íbamos a tener que hacer democracia con Pinochet en la Comandancia en Jefe. Intentar sacarlo habría sido un factor de inestabilidad. Sin embargo, hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos. Le recuerdo que el Informe de Verdad y Reconciliación es el origen de la mayor parte de los juicios de derechos humanos. Identificar un gobierno exitoso que reunificó al país con un gobierno de cobardones partidarios de la impunidad sólo puede ser una leyenda de un izquierdismo de mal gusto.

Correa reconoce que no se amilana ante el riesgo. Estuvo en la clandestinidad durante los años más duros de la dictadura. Bajó drásticamente de peso y se depiló parte de la cabeza para no ser reconocido. Sin embargo, para un hombre de actividad incesante, lo más difícil -recuerda- eran los largos tiempos muertos en que -por seguridad- debía quedarse encerrado.  

Pocas personas se atreverían a ganarse la vida como lobbystas de grandes empresas y, al mismo tiempo, defender su derecho a involucrarse activamente en política. Pero Correa no se inmuta, dice que levantó una muralla china entre ambas tareas y afirma categórico: "No estoy dispuesto a inhibirme de la actividad política por ningún motivo, siempre haré todo lo que esté a mi alcance para ayudar a los gobiernos de la Concertación".

A diario recibe consultas de ministros, políticos y ejecutivos de las instituciones más relevantes de Chile y otros países. Con ese pulso, insiste en la idea del partido único para la Concertación. "En la próxima década habrá dos caminos excluyentes: crear una poderosa fuerza de centroizquierda o la opción PS-PPD-PRSD, que aísla a la DC y puede generar el retorno a los tres tercios, el peor veneno de la política chilena".

Razón de Estado

Dice haber leído El Príncipe de Maquiavelo tantas veces como ha visto la película Casablanca, y frena en seco cualquier intento de mezclar la política con el bien y el mal: "Esas categorías llevan a gobiernos como el de Bush".

-Usted fue uno de los civiles de la Concertación más cercanos a Pinochet, el que más lo conoció...
-(Interrumpe) No más cercano; el que más lo conoció.

-¿Cómo se dio esa situación personal, considerando que la relación institucional le corresponde al ministro de Defensa?
- No fue personal sino institucional. Jamás hubiese establecido algún tipo de complicidad con quien ocupó su cargo. Esa relación tuvo su origen en una conversación que (Jorge) Ballerino nos solicitó a Edgardo Boeninger y a mí para hablar sobre cómo veían los militares las cosas. Recién se había anunciado el Informe de Verdad y Reconciliación y la periodista María Eugenia Oyarzún nos invitó a cenar en su casa. Después, Ballerino tomó el hábito de buscarme cuando quería enviar mensajes directos al presidente, sin que se oficializaran por la vía institucional. En determinados momentos, esos diálogos evitaron líos mayores. Por ejemplo, permitió advertir a Pinochet respecto de sus propuestas de designaciones. Ese era el momento de gran poder del presidente ya que podía vetar algún ascenso. En tres o cuatro ocasiones también tuve oportunidad de hablar con Pinochet. Después del asesinato del senador Jaime Guzmán, presionó insistentemente para que los militares siguieran teniendo un rol en la seguridad interna. 

-¿Cuán grave fue para la estabilidad democrática el asesinato de Guzmán?
- Fue lo más cercano a una crisis institucional. Eramos herederos de políticas económicas neoliberales, teníamos a Pinochet con sus fuerzas militares intactas y, además, teníamos terrorismo de izquierda. Todo eso podría haber hecho sucumbir a un gobierno menos fuerte. 

-¿Cómo se decidió la actitud del gobierno frente a los sectores que seguían en una lucha violenta?
-El asesinato del senador Guzmán agudizó la decisión de combatir el terrorismo a como diera lugar. Teníamos que demostrar que los civiles -civiles de centroizquierda- éramos eficientes y estábamos en mejores condiciones que nadie para poner fin al terrorismo. Terminamos el gobierno sin Lautaro y sin el Frente Manuel Rodríguez. No deja de ser.

-La decisión política fue clara, pero ¿cómo se vive eso en lo personal? Usted había luchado con ellos codo a codo en otros momentos.
-... La razón de Estado no reconoce estados de ánimo. El político que no entienda eso, nunca sabrá gobernar.

-¿Los sentimientos personales deben quedar completamente congelados frente a la razón de Estado?
-De otro modo no se puede gobernar.  Si no hubiéramos combatido con decisión al terrorismo, nunca habríamos establecido una distinción -ahora y para siempre- entre nosotros y el extremismo. 

-¿Pinochet era pillo o inteligente?
-Era indesmentiblemente muy astuto, pero el rasgo principal de su personalidad era su crueldad.

-¿En qué se basa para decir eso?
-En los crímenes emblemáticos como el del general Prats y el de Orlando Letelier, y en la política de desapariciones de 1975 a 1977 que fue cruelmente decidida para eliminar a las cúpulas opositoras y jugar con el miedo de la gente. En mi opinión, Pinochet es la personalidad más cruel de nuestra historia.

-¿La muerte de los generales Lutz y Bonilla fue parte de esa crueldad?
-Casualidades sospechosas. Me sorprendió mucho una ocasión en que el general Pinochet motu proprio se refirió al asesinato del general Prats. Estábamos solos y me dijo: "Carlos fue muy porfiado... yo le mandé a advertir que estaba en peligro, y no me hizo caso. Después yo traté de hacerle un funeral con honores de comandante en jefe y las niñas no quisieron y están enojadas conmigo y no sé por qué". Eso es muy cruel. También negó con bastante énfasis -la justicia ha demostrado lo contrario en ambos casos- su participación en el crimen de Orlando Letelier. Lo que buscaba -como me lo hizo saber en una de nuestras últimas reuniones- era que el presidente Aylwin dictara una nueva ley de amnistía que protegiera a quienes lo acompañaron en la dictadura.

Crimen imperdonable

Es el patriarca de una gran familia extendida que se reúne sin conflictos en las fechas relevantes. Casado legalmente dos veces, suma varias otras parejas estables y siete hijos. Pero eso no impide que Enrique Correa se declare católico, que sus grandes amigos sean curas y que sienta como esencial su pertenencia a la Iglesia. Bautizó a su única hija con el nombre bíblico Sara, y junto a ella espera conocer pronto Jerusalén.

Ningún personaje histórico le entusiasma tanto como Pablo VI, a quién admira sin límites. Califica su papado de brillante y se lanza a explicarlo con verdadero fervor: "Asumió como propias las perplejidades de la modernidad. Convirtió en acervo de la Iglesia, la incertidumbre y las dudas más trascendentales del hombre moderno". En esa misma perspectiva, suele recordar a monseñor Carlos González, su maestro en el seminario. "El nos decía 'ser cristiano es buscar a Dios, servir a los pobres, amar a la Iglesia'. De esas tres frases la única categórica era servir a los pobres, porque amar a la Iglesia no es encontrarla perfecta y la relación con Dios es una búsqueda".

-Siendo un hombre tan racional y lógico, ¿cómo logra combinar la fe con la razón?
-La razón es el concepto fundante de la modernidad de la que todos somos hijos. Pero la propia modernidad ha demostrado los límites de la razón y la ha hecho perder su omnipotencia. Dudo muy profundamente que la existencia humana no haya tenido en su origen un creador. A esa imposibilidad de afirmar que dios no existe, a esa duda trascendental, yo le llamo fe.  

-¿La Iglesia se está quedando atrás en temas como la anticoncepción, el divorcio, las mujeres sacerdotes?
-En los últimos 30 años, la Iglesia sufrió una regresión conservadora y volvió a tener una relación temerosa con la vida moderna. En cuanto a Chile, quiero decir que el papel que jugó durante la dictadura no tiene parangón. Defendió los derechos de la gente y se convirtió en portavoz de los perseguidos, sin preguntarle a nadie si creía o no en Dios. Dicho esto, creo que la Iglesia chilena puso en riesgo su tremendo capital de prestigio al asumir conductas reticentes respecto de los mal llamados temas valóricos. Recién el viraje hacia lo social que marcó monseñor Goic le permitió recuperar consideración entre la gente.

-¿Por qué mal llamados temas valóricos?
-Porque hablar de temas valóricos da la impresión de que existiera un mundo de valores independientes de la libertad y la existencia humana. Los valores son una construcción histórica, no un conjunto de indicadores de caminos preexistentes.

-No cree en el derecho natural.
-Esa es una antigua discusión. Creo que las normas en una sociedad democrática están establecidas en las leyes. Creer en metaleyes es poner un límite inaceptable a la democracia moderna.

-Como católico y en el uso de su libertad, ¿qué opina del uso de la píldora del día después?
-Estoy completamente de acuerdo, y me parece aberrante que se pueda vender en la farmacia y no se pueda distribuir en los consultorios. Además, nadie ha probado que se trate de una píldora abortiva.

-Si se probara, ¿estaría en contra?
-Tengo una opinión contraria al aborto, pero disto de demonizar a quien tenga una opinión a favor. En una sociedad democrática todo es discutible. No sé si estaremos maduros o será políticamente conveniente discutir legislaciones sobre este tema, pero de lo que sí estoy seguro es de que las legislaciones que lo penalizan son absolutamente inútiles. El aborto sigue proliferando.

-¿Cuál es su opinión sobre el celibato de los sacerdotes?
-Estuvo a punto de ser derogado por el Concilio, constituye una norma disciplinaria perfectamente derogable, no es parte de la teología católica. Lo mejor sería que los sacerdotes fueran vecinos como todos.

-¿No le preocupa que el sacerdote vecino, con mujer e hijos, tenga menos dedicación a la comunidad?
-Esa afirmación no se sostiene. Los dirigentes políticos, los dirigentes vecinales y sindicales tienen familia y tienen una inmensa dedicación a la comunidad. Además, el celibato acarrea otro problema: establece una sospecha sobre la sexualidad. La afirmación latente -que nadie hace abiertamente- de que quien no tiene sexo es más perfecto, es algo completamente contradictorio con la naturaleza humana.

-En muchas partes la Iglesia se ha visto remecida por sacerdotes que cometen abusos contra menores...
-Vincular un crimen con el celibato es una atenuante. La pedofilia es un crimen imperdonable y debe ser tratada como tal. Hace unos años, me dolió mucho la recomendación de monseñor Medina en televisión. Dijo que lo primero que debe hacer una familia que tuviera sospecha de abuso de un sacerdote hacia su hijo era conversar en privado con el obispo. Discrepo completamente: se debe recurrir directamente a la justicia. No puede haber una justicia especial para un sacerdote que comete un crimen: debe ser tratado como un pedófilo común y corriente, como un criminal.

HidroAysén y la energía nuclear

Como observador de la OEA o como asesor directo, Enrique Correa viaja regularmente por Latinoamérica para reunirse con altas autoridades. De hecho, una de nuestras citas debió suspenderse sorpresivamente, ante un llamado del presidente electo de Paraguay, el ex obispo Fernando Lugo, que quería conocerlo.

No le preocupa que otras naciones estén brillando en el continente. Piensa que los éxitos de Perú abren nuevas oportunidades de colaboración.

"A lo mejor afectaré nuestro nacionalismo, pero me parece muy irreal que Chile pueda jugar un rol de liderato en América Latina. Los lideratos tienen que ver con los tamaños. Tenemos a Brasil, México, Argentina, que con todas las dificultades internas actuales tiene una potencialidad mucho más grande que la nuestra. Chile posee un liderato conceptual", dice.

-Que sería…
-Un nuevo modo de ser socialdemócrata en América Latina. Al conjugar un mercado muy dinámico con un Estado democrático potente, Chile demostró que el consenso de Washington no era una solución. Reducir el Estado para que el mercado creciera resultó ser una solución simplista e ineficiente. 

-No son pocos los economistas sociales que le dirían que Chile ha sido el paradigma del neoliberalismo, que en pocos lugares se ha aplicado de manera tan extrema.
-(Por única vez durante la entrevista se muestra irritado) ¡Esa es una crítica completamente ideológica de parte de aquellos a los que nunca les gustó lo que hicimos como transición ni como proceso global de la sociedad chilena! Somos todo lo contrario del neoliberalismo salvaje. El neoliberalismo -hasta la crisis asiática porque después se refundó- tenía un gran desprecio por las instituciones, una idolatría casi religiosa por el mercado. Nosotros pusimos el acento correcto en el necesario equilibrio entre el mercado y las instituciones del Estado, demostramos que la discusión no se podía restringir a su tamaño. Durante el gobierno de Aylwin, cuando el ministro Cortázar ingresó al Parlamento la reforma laboral y el ministro Foxley la reforma tributaria, fue un día trascendental para la construcción de un proyecto propio que no era la pura administración del modelo neoliberal. Esto se acentuó durante el gobierno de Lagos con la fuerza que puso en las instituciones -por entero ajenas al pensamiento neoliberal- y ahora con el énfasis de la presidenta Bachelet en el sistema de protección social. La derecha todavía no ha podido construir un discurso propio sobre el Estado, ha asumido el nuestro. Nuestro proyecto es valorado en América Latina y no se diferencia demasiado de lo que hace Lula en Brasil, Vázquez en Uruguay o Alan García en Perú.

-¿Cómo ve a Argentina?
-Depende de cómo se resuelvan los conflictos entre la presidenta y el agro. Pero en Chile, antes de opinar sobre Argentina, siempre hay que relevar su naturaleza estratégica. Hemos permitido muy fácilmente que se gasifique una relación tan importante para nosotros como puede ser Canadá para Estados Unidos.  

-¿Cuán grave es nuestro problema energético? 
-Somos hijos de la crisis del gas argentino y de la imposibilidad de contar con gas peruano y boliviano. Esto se mantendrá igual, por lo tanto no hay dos elecciones posibles: tenemos que optar por nuestra seguridad y nuestra independencia energética. Una condición para la paz con nuestros vecinos es no depender de ellos en materia energética. Eso pasa por fortalecer el carbón, aprobar HidroAysén y, si fuera necesario, agregar energía nuclear. 

-¿HidroAysén puede llevarse a cabo sin una debacle medioambiental?
-Eso tendrá que verlo la autoridad. Nadie puede estar exento de la legalidad medioambiental, pero si se aprueban los estudios, no debiera haber obstáculos para su construcción. Naturalmente habrá alteraciones importantes en el paisaje, pero la ley de la necesidad es más poderosa que cualquier otra razón. El temor a quedarse a oscuras, sin calefacción, sin agua caliente, puede más que cualquier requerimiento medioambiental. Si este asunto se lleva al extremo, puede terminar debilitando la institucionalidad medioambiental en lugar de fortalecerla.   

-¿No es mejor explorar otro tipo de energía, como la eólica o la solar?
-Naturalmente, pero serán un complemento porque la cantidad de megawatts que pueden producir al costo que nosotros podemos pagar no resuelve el problema.

-El país tiene serios problemas medioambientales, ¿no será peligroso ese pragmatismo?
-La tecnología permite aminorar los impactos ambientales.  Mire, lo que está en juego -y no estoy exagerando- es la independencia del país. Es su posibilidad de tener relaciones tranquilas, menos acosadas, menos tensas con sus vecinos. Si cada vez que vamos a hablar con un argentino, un boliviano o un peruano, estaremos pensando en el gas, no vamos a estar en condiciones de tener agendas de futuro más tranquilas y sometidos -nada menos que con nuestros vecinos- al apremio de nuestra urgencia. Nunca es bueno eso.

-¿Está asesorando a HidroAysén?
-(Mira sorprendido) No, no, nuestra empresa trabaja muy fuertemente con empresas térmicas y no podríamos asesorar hidroeléctricas a menos que fueran de la misma compañía. Nunca habría opinado en una entrevista de otra naturaleza sobre un cliente, jamás lo voy a hacer. Tampoco haría uso de alguna columna de opinión para favorecer algún interés corporativo o de un cliente.