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El abogado de los $1.100 millones perdidos

Pedro Toledo

Pedro Toledo, quien se hizo conocido públicamente hace cinco años al asumir la defensa de Eduardo Monasterio -ex director de Inverlink-, está en el banquillo de los acusados. Con una querella por estafa presentada en su contra por uno de sus propios clientes, el abogado está en prisión mientras se aclara el destino de $1.100 millones de los que él niega haberse apropiado. Esta es su historia personal, donde se mezclan la ambición y el riesgo de quien siempre quiso estar en la primera línea.

Por  Claudia Farfán M.
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El abogado Pedro Toledo (41) pensó que la mejor manera de disuadir a su cliente era hablar  con él en privado. Nervioso por el curso de los acontecimientos, no le importó que el empresario metalúrgico estuviese en Zapallar y, una mañana de fines de febrero de 2007, se subió a su auto y partió al balneario de la Quinta Región. "Vehemente" y "rudo", como lo definen sus pares, viajó con el propósito de convencer  a su representado que nadie podía enterarse del acuerdo judicial que, según él, estaba a punto de cerrar con la mujer que decía ser hija de su representado y que había interpuesto una demanda por paternidad en su contra. Toledo le aseguró al empresario que el trato con la mujer costaba $ 1.200 millones. Ni un solo peso menos.

Un mes antes, el propio Toledo le había sugerido esta salida al industrial de 86 años, quien llegó al estudio jurídico del abogado en calle Amunátegui afligido por las consecuencias que tendría para su vida privada y pública la acción legal presentada por Rosa Rojas (60) en el tribunal de familia de La Ligua. "Si alguien más se entera del acuerdo con ella, todo se va a saber", le repitió varias veces Toledo en el encuentro que sostuvieron en la residencia veraniega. Después de esta advertencia, el empresario decidió  no pedir otra opinión profesional sobre el caso. Y, atemorizado por las palabras de su defensor, pasó por alto las suspicacia que le producía pagar  $1.200 millones a quien alegaba ser descendiente suya. Le parecía una suma desproporcionada, claro, pero aún confiaba en la palabra del jurista que durante los últimos 15 años lo había asesorado en todo lo concerniente a sus negocios. 

Pero de la noche a la mañana, Pedro Toledo desapareció. Según fuentes ligadas a la investigación, el abogado viajó al extranjero con su señora y no volvió a comunicarse con su cliente. Intrigado y molesto, el octogenario industrial decidió entonces averiguar por su cuenta qué había sucedido con el acuerdo judicial. Uno de sus asesores recuerda la rabia que sintió cuando se enteró que en el acta del tribunal de La Ligua el monto concedido a la demandante no era de $1.200 millones, como había dicho su abogado, sino sólo de $100 millones. Fue tal la ira del empresario, que no dudó en querellarse por estafa en contra de su amigo y abogado, aunque ello significara hacer pública su identidad -lo cual no ocurrió, porque el juez a cargo dictó una orden de no publicarla-. Con ello lograría poner en tela de juicio la imagen de un abogado reconocido en el área comercial del derecho, a pesar de tener un perfil profesional cruzado de matices y controversias. Hoy Toledo se encuentra detenido en la cárcel Santiago Uno, por orden de la Corte de Apelaciones.

Aires de grandeza

La historia de Pedro Toledo podría comenzar a contarse hace 23 años, cuando ingresó a la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile con el ánimo de convertirse en uno de los mejores alumnos de su promoción. Venía con esas ansias de reconocimiento desde el colegio Mackay de Viña del Mar, donde su padre -también abogado- y su madre decidieron que cursara su educación escolar. "En la universidad era de los que tomaban siempre apuntes, y con gran esfuerzo obtenía buenas notas", recuerda un penalista que fue compañero de curso. "Un buen alumno, pero no descollante", resume otro contemporáneo.

En todo caso, a Toledo siempre le importó no pasar inadvertido por las aulas de Pío Nono. De hecho, de eso dejó constancia él mismo en su declaración ante el fiscal José Ignacio Escobar, quien investiga la acusación de estafa en su contra. En el proceso, Toledo recordó que fue el primer alumno de su curso en rendir el examen de grado. Un dato que no sorprende a sus conocidos en la Escuela de Derecho, quienes coinciden en que él era dueño de una personalidad "avasalladora" y  tenía un agudo sentido "exitista". "Siempre decía que a él le iba bien en la vida", señala un amigo universitario.

El ex dirigente socialista Cristóbal Pascal lo recuerda con afecto a pesar de que en el plano político estuvieron en bandos opuestos, pues Toledo fue un ferviente pinochetista hasta poco tiempo antes del plebiscito, cuando decidió votar No. "Era de extremos. Trabajó en las fiscalías militares y después se daba de golpes con los seguidores del 'Sí'", recuerda otro alumno de su generación.

Más allá de esos excesos, sus ex compañeros lo definen como alguien simpático. Como una persona que "dice la talla justa en el momento preciso", aunque en ocasiones "puede caer en el desatino". Toledo organizaba las fiestas mechonas de la universidad y, hasta el día de hoy, ha sido el promotor de las reuniones de su curso. El último encuentro fue hace un año y medio atrás en el Club de Golf del Stade Francés, donde él es socio. "Pedro es el único que sabe exactamente dónde está cada uno de nosotros. Creo que en ello influye su interés por ampliar sus redes", opina un amigo, quien ve cierta dosis de oportunismo en esa actitud.

Un estilo audaz

A Toledo siempre le ha gustado correr riesgos. Cuando salió de la universidad, en 1990, ingresó al estudio jurídico del abogado tributarista Carlos Ramírez. Sin embargo, se independizó sólo tres años después, algo muy poco usual en un profesional joven de ese entonces, pues la mayoría se formaba  al alero de un estudio jurídico grande.

Él, en cambio, llamó a su amigo y compañero de curso Marcelo Giovanazzi para formar un bufete dedicado a distintas áreas del derecho civil.  Funcionaban en el noveno piso del edificio Toga, ubicado en Amunátegui. Con un estilo de captar clientes considerado audaz para unos, o agresivo para otros, el  hoy cuestionado abogado abrió una considerable cartera de clientes, entre quienes estaba el empresario metalúrgico que lo llevó a prisión. Con el paso de los años, Toledo formó varias sociedades comerciales: según Dicom, ha tenido 11 en total. Su buen pasar económico le permitió, entre otras cosas, trasladarse a vivir a una amplia casa ubicada en Santa María de Manquehue, comprar un frigorífico a su hermano y adquirir la propiedad del piso 12 del mismo edificio donde su estudio "Toledo y Asociados" ha funcionado la última década. 

Según algunos abogados, su estilo y personalidad -que no pocos califican de histriónica en exceso a la hora de comunicarse con sus clientes- le han jugado más de una mala pasada. En 2001, por ejemplo, le costó el quiebre con Marcelo Giovanazzi, con quien tuvo ásperas diferencias debido a visiones contrapuestas sobre el futuro profesional de la oficina. Dos años más tarde, su nombre se hizo conocido en la opinión pública como abogado del ex director de Inverlink, Eduardo Monasterio. Toledo debía procurar que las empresas de ese holding se vendieran a buen precio. Sin embargo, su defendido lo removió del equipo jurídico semanas después de nombrarlo, aduciendo diferencias con su gestión profesional. Una fuente ligada al caso, no obstante, señala que hubo razones de índole personal. Entre otros hechos, incidió que el ex alumno del colegio Mackay hubiese chocado el auto BMW de Monasterio, el cual conducía mientras su representado estaba preso.

El 2005 sorprendió otra vez a sus pares al asumir una defensa penal en una causa de connotación pública como fue la tragedia de Antuco, donde murieron 45 jóvenes reclutas del Ejército. Toledo no tiene mayor experiencia en esa área del derecho, pero igual aceptó el desafío de representar a uno de los inculpados, el coronel Roberto Mercado, comandante del Regimiento Reforzado N°17. Sin embargo, los profesionales que estuvieron a cargo de representar a los otros militares condenados no guardan una buena impresión de su trabajo. Toledo asumió la defensa de Mercado, dejando toda responsabilidad en su segundo de a bordo, el teniente coronel Luis Pineda. Siguiendo un estilo de litigar "áspero", como lo define un penalista de su generación, no sólo rompió la "solidaridad" de mando esgrimida por la estrategia de defensa de los otros inculpados, sino que además, desde el  punto de vista jurídico, se trató de un acto improcedente, según dicen los otros abogados.  

El peor momento

Pedro Toledo no es un hombre que se derrumbe con facilidad. Sin embargo, quienes lo vieron después del sábado 31 de mayo, cuando la Corte de Apelaciones ordenó su prisión preventiva, recuerdan  que estaba "abatido". De hecho, no se presentó voluntariamente a la hora prevista para su ingreso al penal Santiago Uno. Recién lo hizo el lunes en la noche. Ese día almorzó con su señora y luego estuvo durante la tarde en la oficina del abogado Alfredo Etcheberry, quien lo defendía. Toledo pasaba, probablemente, por un momento que no olvidará: no sólo estaba a punto de perder su libertad, sino que ese mismo día también se puso término a la relación contractual que tenía con el destacado penalista. Se adujeron diferencias de criterio frente a la causa. De manera provisional, la Defensoría Pública asumirá su caso.

Hasta ahora, el ex alumno del Mackay y de la Escuela de Derecho de la U. de Chile ha reiterado que desconoce el destino final de los $ 1.100 millones por los cuales está acusado de estafa. Él se declara inocente, aduciendo que le pasó de manera extrajudicial todo el dinero a Rosa Rojas. Y en esa línea se ha mantenido inflexible, como el profesional "rudo" que ha demostrado ser en sus años al otro lado del estrado.