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Todos los partidos políticos ahora último están pasando por dificultades más o menos graves, aunque vaya a saber uno qué tanto. Nuestros partidos suelen ser resistentes por mucho que sus militantes se entretengan probándose, de cuando en cuando, muy masculinamente. Puede que grupos internos o uno que otro llanero díscolo se quiera robar la película haciendo gallitos ante las cámaras. Puede que, también, blufeen, deserten o se expulsen unos a otros a punta de estocadas y zancadillas. Con todo, ¿qué tan en serio e irreparables son estos altercados?
Pío Baroja solía decir que la política era un juego sucio de compadres en garitos y tabernas. De acuerdo: estamos a altas horas de la madrugada -en pleno año de elecciones, el próximo lo será también-, por eso el ambiente está medio enrarecido. Pero no todos los partidos cuentan entre sus parroquianos más asiduos con un personaje como Pablo Longueira dispuesto, además, a lucir sus músculos impúdicamente en público.
Se trata nada menos que de la figura más destacada de la UDI después de Jaime Guzmán, y su hasta hace poco indiscutido líder, habiendo convertido al partido en la principal tienda política y ciertamente en la fuerza más dura de la oposición. Incondicional del legado gremialista de la dictadura durante la década de los 90, Longueira aspiraba, en aquel entonces, a tanto más alto incluso. Se propuso, en su momento, eliminar a la DC del centro político, a la vez que pretendía encauzar futuras conquistas en sectores poblacionales con un discurso, según muchos -no pocos del mundo de derecha y círculos empresariales-, peligrosamente populista.
Agréguese a ello sus otras dotes y actuaciones. Hizo una dupla formidable con Joaquín Lavín, que casi llevó a este último a La Moneda. Salvó a la DC de quedar fuera de las parlamentarias el 2001 por su estupidez burocrática al momento de inscribir candidatos. Estuvo dispuesto a negociar con el gobierno de Lagos cuando éste peligraba seriamente a causa del MOP-Gate. Longueira es de los que creen que la derecha tiene que llegar al máximo poder por las buenas, con alfombra roja y por la puerta ancha, no la chica.
A personajes así se les resiste tanto como se les respeta. De hecho, puntea en cuanta encuesta es dable entre los políticos que más rechazo producen en la opinión pública. Sin embargo nunca ha dejado de ganar en elecciones parlamentarias y con mayorías cada vez más significativas. El hombre vive intensamente las batallas en que se mete, de eso ni dudar, lo cual no deja de producirle daño; su rasgo, quizá, menos político, si por político entendemos un oportunismo que premia la sobrevivencia. En su lucha más desgastadora a la fecha -el caso Spiniak- mostró enteramente lo que vale. Leal a toda prueba para con los suyos, se empecinó en limpiar el nombre de sus colegas de partido; igual se agotó, y su partido lo sacó de la presidencia después de seis años en el cargo.
Olor a Allamand
Con semejante récord a su haber, sorprende y no sorprende el nuevo Longueira que ha estado apareciendo en los medios últimamente.
No sorprende que el oficialismo poco menos que lo haya reclutado dentro de sus filas. El comentario en dichos círculos se repite: Longueira sería casi perfecto. Su único problema es que no es concertacionista. Por supuesto, el senador, un tanto coqueto, juega con el elogio. Al igual que Lavín, e igualmente confuso, se declara aliancista-bacheletista. No suficiente con ello, se calienta más de la cuenta y las emprende en contra de la derecha a la que califica de "histérica". Las embiste contra la tesis del "desalojo" y las estrategias electorales de la Alianza porque así como vamos no ganarán las municipales. Las carga en contra de Piñera porque no da confianza. En fin, se tira contra su propio "mundo", como así lo llama, porque la derecha no tendría proyecto, se estaría contentando con satisfacer sólo al 35%, el núcleo duro, y no estaría aspirando a hacerse del centro y la mayoría más uno.
Por mucho que el senador tenga razón en su diagnóstico, caben ciertas dudas.
¿Qué tan distinto es el nuevo Longueira picador del antiguo rugbista Allamand antes de que la derecha, incluido el Longueira de aquel entonces, lo fletara fuera de Chile condenándolo a vagar por el desierto?
¿El 35% duro de la derecha a que se refiere Longueira es lo mismo que lo que Allamand entonces llamaba "poderes fácticos"?
Longueira de seguir en esta nueva onda corre el serio riesgo de pisarse su propia cola. Ser querido por sus oponentes -vieja táctica que la Concertación maneja magistralmente- fuera de que lo enemista con su propio mundo no le asegura ni un voto a su favor.
Jesuitas y DD.HH.
Más extraño aún resulta su agorerismo catastrófico. Que un ex presidente de uno de los partidos todavía más poderosos de oposición diga a diestra y siniestra que le van a dar un mazazo o que no van a ganar con Piñera en las próximas elecciones, se presta para pensar mal de él. ¿Es que Longueira está hablando desde cierta herida resentida porque ya no lo cotizan y le quitaron el piso en cuanto a sus propias pretensiones presidenciales, o es que simplemente detesta al candidato de su "mundo" con más chance? Puesto que Longueira ha dado ya suficientes muestras de nobleza y sacrificio personal, esto último suena más a confusión y desubicación que a mezquindad personal.
Tampoco convencen las otras cosas que anda diciendo. Por de pronto su pietismo jesuita, esa insistencia suya de que se formó en el Colegio San Ignacio, que ahí se impregnó de sentido y conciencia social. Una vez más, saltan las dudas. ¿Qué tan cercano estuvo durante la dictadura a las posturas de Iglesia, y por qué insiste todavía en que no supo nada, en su momento, de abusos a los derechos humanos?
Su descargo de que su familia no era "política" (nunca lo habría sido), y que, incluso hoy, la política no le genera satisfacciones y se siente ajeno a ella, francamente, deja a cualquiera que lo oye, perplejo. A no ser que el asunto sea más enredado, que su formación "jesuita" lo adiestró en cierto casuismo moral -acomodos éticos según sean las circunstancias-, en cuyo caso aprendió a la perfección lo que suele, más bien, reprochársele a sus antiguos maestros.
¿Colgar los guantes?
Pienso que varios factores pueden estar llevando al senador a tales posicionamientos.
No se le está escuchando al interior de su partido, ergo sale fuera, se sobrevende, y deja la tendalada. En una de éstas, sin embargo, es la UDI la que cambió y se desperfiló, dejando fuera a personeros de la vieja guardia como Longueira y Lavín, quienes habiendo dado su vida por un proyecto distinto, sacan a relucir una creatividad flexible, delirante y mesiánica que les ha dado resultados otras veces.
Por último, puede ser que la derecha partidista sea políticamente suicida, viejo rasgo histórico. No cuenta enteramente con el establishment, no cree en sí misma, e, incluso, a grandes políticos como Longueira, tarde o temprano, no les queda más alternativa que colgar los guantes de box y volverse agudos comentaristas del deporte. Si ése es el caso, bienvenido sea. Alguien debería ofrecerle una columna como ésta.
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