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El mejor aliado que podemos tener

Nos enseñará a innovar, a aceptar el fracaso en el emprendimiento, a tolerar a los demás, a pensar en cómo cambiar el mundo. El plan Chile-California resulta a todas luces atractivo para quienes compartimos buena parte del océano Pacífico Occidental y las escasas tierras fértiles de clima mediterráneo del planeta.

Por  César Barros
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Mi primera impresión de California fue desde el aire: volaba desde Colorado a San Francisco, para integrarme a mis estudios de doctorado en la Universidad de Stanford. La visión de los cerros suaves, los pastizales amarillos y los árboles nativos era casi idéntica a la que había visto de niño en la costa de Colchagua o camino a Viña del Mar. Peumos, boldos y maitenes. Igualitos, sólo que en California les llaman genéricamente oaks.

Había llegado a la tierra del conocimiento: Silicon Valley, alimentado por las dos mejores universidades de la Costa Oeste de los EE.UU. -Stanford y Berkeley- y por una nube de emprendedores que creaban lo que hoy es Cisco, Microsoft, Intel, Sun Microsystems y más tarde Google, Yahoo!, YouTube y ahora Facebook. Una sociedad horizontal y sencilla, amante de la buena vida, relajada e informal: nada que ver con la siutiquería de Wall Street, con sus ternos y corbatas Hermès y el New

York Times bajo el brazo, todos corriendo por las calles apelotonadas.

Se notaba de lejos que se estaba creando riqueza, y que era la cabeza de puente de la innovación mundial. El primer día nos juntaron en la International House, para instruirnos de la vida en el campus. El gringo a cargo nos preguntaba -había mexicanos, alemanes y japoneses- a qué veníamos. Lo más sorprendente fue la respuesta del japonés: a cursar su doctorado en ingeniería con el propósito -encargado por su compañía, la Mitsubishi- de ser parte de un proyecto más grande: inventar un robot. Y él sería el encargado de hacer funcionar -ni más ni menos- el tacto del robot. Otro de Francia tenía una misión similar: crear los alerones de un cohete espacial.

Ésa era la universidad a la que llegaba y ésos eran los intereses de otros países de compartir y aprender en California. En Stanford en esos años enseñaban en el campus ocho premios Nobel. En Berkeley, nueve. Ahora quizá cuántos podrán ser.

El tiempo es oro

Ciento veinticinco años antes, otro compatriota -Vicente Pérez Rosales- llegaba a contemplar la "fiebre del oro" en un falucho a la bahía de San Francisco. Le llamó la atención el paisaje tan parecido al de Valparaíso. Y luego la forma de ser de la población.

Cuenta don Vicente que "el tal capitán (de puerto) que más parecía cíclope que otra cosa, junto con saltar a bordo nos dijo con afable y alta voz: Sean ustedes bienvenidos a la tierra del oro. ¡¡¡Mucho oro, mucho  oro!!! Nuestro capitán, que no entendía inglés (esto es reflexión personal: ¡no hemos cambiado!), creyendo que le pedían los pasaportes al instante se los exhibió todos, pues a él se los habían entregado (y probablemente exigido) al salir de Valparaíso. Fue para pintado el gesto de disgusto con que miró los pasaportes y el papel sellado… había hecho nuestro capitán el más grave insulto a la bandera de las estrellas… ¡Cargue el diablo con sus licencias de locomoción! ¡Nada de papel sellado, nada de pasaportes!… Sólo he venido a felicitar a usted por su feliz arribo…y nada más".

Le llamó también la atención a Pérez Rosales que, a diferencia del Chile lento y pausado, en San Francisco lo importante era no perder el tiempo, porque de verdad el tiempo era oro. Ya fuera buscando el dorado metal o vendiendo víveres, herramientas y vituallas a los que lo buscaban. De hecho, el senador Leland Stanford amasó su fortuna vendiendo herramientas a los 49ers. Y Levi Strauss fabricándoles pantalones.

A Pérez Rosales le tocó presenciar la expansión de la frontera americana del siglo XIX: el nuevo territorio y las nuevas riquezas naturales que hicieron grandes a los EE.UU. en esa época.

Capitalismo a toda vela

Y a mí -sin querer, por cierto- me tocó ver nacer la frontera de fines del siglo XX y principios del XXI: la de los nuevos negocios basados en la ciencia y en la tecnología. Desde Palo Alto surgieron los hitos más importantes de la tecnología moderna, que crearon más riqueza y más tiempo libre y que permitieron reorganizar las instituciones como nunca antes en la historia reciente.

Ellos tienen colegios, pero un número creciente de sus alumnos aprende desde sus casas. Aún tienen compañías, pero gran parte de ellas son virtuales. Las oficinas están en las casas. Una encuesta del 2005 a los empleados de Intel demostró que el 20% de sus profesionales nunca había conversado cara a cara con su jefe. Y la mitad de ellos nunca esperaba hacerlo. Más de 200 millones de jóvenes pertenecen sólo a dos redes sociales: MySpace y Facebook. Y en YouTube existen más de 80 millones de videos, todos realizados bajo la misma clase de iniciativa.

Pero hay más: ahora la mitad de los egresados de las universidades norteamericanas piensa que el autoempleo (tan demonizado en nuestra sociedad) es más seguro que trabajar full time en una empresa. Y el 70% de sus estudiantes secundarios piensa fundar su propia compañía apenas se pueda. Todo esto como resultado de la libertad y de la escasa regulación. Porque la frontera del negocio virtual no tiene superintendencias ni límites nacionales. Es el capitalismo salvaje a toda vela: como en los tiempos de Pérez Rosales. Y -contra todas las opiniones de Chávez, Fidel y el resto de los así llamados "idiotas latinoamericanos"- es la punta del progreso y de la creación de riqueza y bienestar.

Facebook y Google

Hace algunos años, un estudiante de segundo año de Harvard vio a dos de sus compañeros mayores mudándose llenos de paquetes y cajas. Eran los creadores de Facebook: Mark Zuckerberg y Dustin Mos-kowitz. Extrañado les preguntó por qué se iban de Harvard, sobre todo antes de terminar sus estudios. Le respondieron que se mudaban a Silicon Valley "para poder hacer de Facebook algo muy grande". Antes de tres años lo lograron.

Vamos ahora a las opiniones de Larry Page, uno de los fundadores de Google. Por supuesto, su cuartel general está en Silicon Valley. En Google, y bajo su dirección, el 10% de los mejores cerebros se dedica a "inventar cosas nuevas, pero útiles". Según Page no es mucho esfuerzo, porque el otro 90% hace las cosas más tradicionales de Google (que tampoco son tan tradicionales). El 10% privilegiado está imaginando autos sin petróleo y energía solar masiva o geotermal.

Page cuenta que cuando partieron -como estudiantes- con el proyecto de Google, casi todos les dijeron que fallarían. "Nosotros estuvimos a punto de aflojar", reconoce. Pero la Universidad de Stanford les aseguró que si les iba mal, los recibirían de vuelta para que terminaran sus PhD. Según ellos, sin esa actitud de la universidad, quizá Google hoy no existiría.

¿Socios de ellos?

Pero California no es sólo eso: son los punteros de los cambios mundiales de todo tipo. Posiblemente van entre 20 y 50 años delante de nosotros. ¿Dónde comenzó la industria del capital de riesgo para tecnología? En California. ¿Dónde primero se aceptó a la comunidad gay? ¿Dónde se prohibió por primera vez fumar en los lugares públicos? ¿Dónde partió la agricultura orgánica? ¿Dónde la ecología profunda?

Siempre en California

Es por eso que una asociación con ellos puede ser tan potente. Sobre todo para un país que lo que necesita es arrancar -sin poder hacerlo- de un barrio de mala clase, llenos de líderes populistas. Atrasado a más no poder.

Lamentablemente, Chile comparte con ellos lacras no menores. Como la calidad de sus universidades. Según un estudio de The Times de Londres, de las veinte mejores universidades del mundo, once son de EE.UU. Después vienen las de Europa, Japón y Australia. La mejor situada de América Latina es la UNAM de México, en el lugar 195. Otro ranking hecho por los chinos llega a la misma conclusión: la UNAM y la de Sao Paulo empatadas en el lugar 153. La Universidad de Chile quedó en el puesto 301.

A consecuencia de ello, 1.631.000 patentes registradas en el mundo, entre 1977 y 2003, venían de EE.UU. Japón contribuyó con 537 mil y Chile con... 180. En México, que patentó 1.500, el 96% era de compañías multinacionales como Procter & Gamble, 3M, Pfizer, Hoechst y Motorola.

Tener acceso a uno de los mejores sistemas de educación superior del globo y al mayor espacio de creatividad mundial no es poca cosa. Si una asociación con ellos abre espacio para que los mejores alumnos chilenos tengan acceso a las universidades top de California -para que se les pegue el ethos de la creatividad y del emprendimiento-, no sólo mejorarán nuestras elites, sino que también les saldrá competencia a las universidades chilenas, que hoy tienen un virtual monopolio sobre los mejores talentos de nuestros colegios.

Nos abrirá las mentes, nos sacará de nuestro provincianismo castrante. Nos mostrará hacia dónde camina el mundo y nos pondrá al día en lo que de verdad es la nueva frontera.

En nuestro sistema educacional y social es muy difícil ser emprendedor: la sociedad no perdona el fracaso, parte integral del emprendimiento. ¿Cuántas universidades o familias en Chile tendrían la actitud de los profesores de Stanford frente al eventual fracaso de los creadores de Google? ¿Qué bancos les dan crédito hipotecario o de consumo a los emprendedores? ¿Qué beneficios laborales o de impuestos tienen los héroes del emprendimiento?

No muchos que yo sepa.

Pero lo más importante: permitirá a nuestra juventud entender para dónde van las misas. Alejarnos de una buena vez de las doctrinas económicas arcaicas. De conceptos anticuados respecto del sindicalismo (¿se han preguntado cuál es el rol del sindicalismo en empresas como YouTube o Google? ¿O cuál es el rol en California del "salario ético"?) y de la regulación económica. Entender que es el conocimiento y no los recursos naturales lo que nos hará libres y capaces de buscar -y ojalá encontrar- la felicidad.

Y, por encima de eso, además, hacernos cada vez menos dependientes de estos vecinos molestos, que nos obligan a tratarlos con tanto cuidado y con un cariño que no se merecen. Ser socios cercanos de un estado que por sí solo podría ser la séptima potencia mundial, nos hace más fuertes frente a la matonería de Chávez, lo impredecible de Evo o Kirchner -en sus versiones masculina o femenina- y las ansias homogeneizadoras de Brasil.

Cuando los californianos recién se independizaban de México y descubrían el oro, Chile se alzaba como la primera potencia naval de este lado del Pacífico. Nuestros agricultores se enriquecían vendiéndoles granos y carne seca. Pero a poco andar perdimos nuestro poderío marítimo y los australianos y neozelandeses produjeron más y mejor trigo que nosotros. Y los californianos supieron usar mejor las riquezas del oro que nosotros las del salitre.

Debe haber entonces a lo menos un par de cosas buenas para aprender de ellos. El plan Chile-California resulta a todas luces atractivo para quienes compartimos buena parte del océano Pacífico Occidental y las escasas tierras fértiles de clima mediterráneo del planeta. Además de una costa preciosa, un valle central regado artificialmente y más al este buenas canchas de esquí. Y -claro está- terremotos y volcanes.