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Las apariencias engañan. Cualquiera a simple vista podría decir que el mercado laboral chileno es altamente discriminatorio. Que la cuna determina el futuro o que el lugar de origen "marca" a los postulantes a un empleo.
Con esas premisas tres economistas se embarcaron en un estudio cuyas conclusiones los dejaron sorprendidos.
Entre el 24 de marzo y el 13 de agosto de 2006, David Bravo, Claudia Sanhueza y Sergio Urzúa pusieron a competir en el mercado laboral a 11.016 personas de papel, chilenos inexistentes que aspiraban a una vacante de empleo.
Los "postulantes" respondieron a avisos de trabajo de todo tipo. Desde operario de tintorería hasta ingeniero civil industrial. Por cada vacante los investigadores enviaron ocho currículos de personas ficticias con una formación similar; de manera que la única gran diferencia fuera sólo el nombre y el apellido, la comuna donde vivían y su sexo.
Pese a la clara percepción de discriminación persistente en el país, varios "postulantes" que concitaron el interés de sus posibles empleadores recibieron un llamado para una entrevista. Independientemente de su sexo, nombre y comuna.
Los resultados de este estudio forman parte del Informe de Exclusión -bajo el título de Outsiders- que el Banco Interamericano de Desarrollo presentará el 2 de junio próximo en Chile.
En las conclusiones de uno de sus capítulos se menciona justamente lo que comprobaron estos investigadores: que aunque la discriminación está en el subconsciente de los países latinoamericanos, muchas veces ésta no se manifiesta en el mercado laboral.
El antecedente racial
Como expertos en el área laboral, Bravo (académico de la Universidad de Chile y director del Centro de Microdatos del Departamento de Economía); Sanhueza (profesora de Ilades-Universidad Alberto Hurtado y directora del master of Applied Economics Georgetown University) y Urzúa (profesor del Departamento de Economía de Northwestern University), ya habían estudiado en otras ocasiones la percepción de las personas sobre la discriminación en el mercado del trabajo en Chile.
En el Centro de Microdatos de la Universidad de Chile, por ejemplo, se habían hecho encuestas sobre el empleo en la comuna de La Pintana. Y la gente repetía que por la comuna de la cual provenían se les hacía difícil encontrar trabajo.
Antecedentes en el mismo sentido entregó el estudio realizado por Javier Núñez de la Universidad de Chile, llamado "Dime cómo te llamas y te diré quién eres". En 2004 arrojó que las personas con apellidos vinculados a la clase alta tenían mejores salarios que aquellos relacionados a los más pobres, incluso si el capital humano de ambos, como el desempeño académico, era idéntico.
Además, diversas encuestas de opinión -como la de la ONG Latinbarómetro- concluían que la gran mayoría de los chilenos percibía a su sociedad como excluyente.
En ese escenario los tres investigadores se entusiasmaron para participar, el 2006, en el concurso del BID que financia investigaciones sobre discriminación en América Latina. Obtuvieron financiamiento por US$ 40 mil para pagar los gastos de su estudio.
Basados en la investigación de los estadounidenses Marianne Bertrand y Sendhil Mullainathan -realizada el 2003 para el MIT-, que demostró que los apellidos de origen blanco recibían 50% más de respuestas a sus postulaciones de trabajo que los de origen negro, decidieron aplicar una metodología similar. Aunque esta vez no se mediría el racismo.
Las Condes o La Granja
Para medir la discriminación por nombre, los investigadores crearon identidades falsas. Enviaron ocho postulaciones por cada aviso que les interesó. Cuatro de mujeres y cuatro de hombres. Dos de comunas de escasos recursos y dos de una de altos ingresos. Y lo mismo con los nombres: dos con apellidos vinculados a la clase alta y dos que se relacionaran con los más pobres.
De esa forma "nacieron" personajes como los ABC1 Rodrigo Recabarren Merino, Michael Bailey, Javiera Edwards Celis y Pedro Ariztía Larraín. Y por los sectores más modestos se usaron nombres como Valeska Angulo Ortiz, Pablo Ayulef Muñoz, Rosmary Becerra Fuentes y Clinton Benaldo González.
Para cada nombre, los investigadores crearon un RUT, preocupándose de que por su numeración correspondiera a la edad de los postulantes.
Los nombres, eso sí, no fueron escogidos al azar. Para seleccionar cuál correspondía a qué clase social, los investigadores tomaron una base de datos de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile, que contenía más de mil nombres distintos. Luego hicieron un llamado a un grupo de cien estudiantes de la Universidad de Chile -a los que les pagaron $ 2.000- para que asistieran una tarde a la sala de computación y seleccionaran cada uno de esos nombres en tres categorías: clase social alta, media y baja, basados en sus percepciones personales.
La clase media fue eliminada para sólo dejar los extremos. Después se cruzaron los datos de nombres y apellidos para evitar que cualquiera de ellos existiera en la vida real.
La selección de las comunas fue menos compleja. Para distinguir entre municipios de clase baja y alta, tomaron las comunas que según los datos del Censo 2002 y de la encuesta Casen 2003 tuvieran mayor población de personas del segmento ABC1 y del segmento D. Como la idea era investigar lo que pasaba sólo en los extremos de la pirámide social, la comuna de Santiago, de ingresos medios, no fue considerada.
"Dejamos los extremos de manera que para el empleador fuera súper clara la disyuntiva. Tenías un postulante de Vitacura y otro de La Pintana. Era Las Condes o La Granja. Si para el empleador la comuna era un tema a considerar a la hora de tomar su decisión, eso se iba a notar", explican.
Seleccionaron 60 avisos de trabajo por semana publicados en un diario de circulación nacional. Así después de 20 semanas de trabajo, enviaron 11.016 currículos distintos a un total de 1.377 avisos. La tarea no fue fácil.
Reality laboral
Sacar a la calle a un total de 11.016 "nuevas personas" implicó un trabajo duro para el equipo de investigación, compuesto por 10 personas en total.
Bravo y Sanhueza admiten que el envío de currículos fue la parte más pesada. Tuvieron que crear ocho currículos diferentes para cada aviso y al confeccionarlos, cuidar de que además fueran similares entre sí, para que el posible empleador no encontrara diferencias sustanciales en la preparación de cada persona. Pero aun así, debían verse distintos. Para eso capacitaron a cuatro personas en la preparación de estos documentos.
Se cuidó cada detalle. Las tipografías y los formatos usados eran diferentes para no despertar sospechas de quienes leían su petición de empleo y, como los llamados de respuesta podían generarse a cualquier hora del día, tuvieron que contratar ocho celulares de prepago y a cuatro telefonistas.
Debido a que se trataba de empleos que abordaban todas las categorías -desde personal no calificado hasta técnicos y profesionales-, los telefonistas debían estar alertas todo el día. Eran hombres y mujeres por lo cual debían responder al teléfono que la persona solicitada no estaba en ese momento.
También tuvieron que crear 70 cuentas falsas de correo electrónico para recibir las respuestas y contratar a dos personas para que constantemente estuvieran revisando las bandejas de entrada.
En total se recibieron 1.624 respuestas, entre llamadas telefónicas y e-mails. Todas con un mensaje: continuar con el proceso de selección. Es decir el 14,65% del total de las solicitudes de empleo fue contestado. Aunque baja, la cifra es mayor a la tasa de respuesta de 9% que obtuvo el estudio de Bertrand y Mullainathan.
Respuesta sorpresiva
Desde un principio, los resultados dejaron entrever que las llamadas no hacían gran diferencia entre sexo, nombre o comuna. Los investigadores quedaron atónitos. Por eso, decidieron ampliar el número de postulaciones, que en un principio estaba pensado en 6 mil, para poder contar con una muestra más representativa.
Incluso durante las primeras semanas las mujeres obtuvieron una mayor respuesta que los hombres, especialmente en empleos técnicos, lo que llevó a pensar a Bravo, Sanhueza y Urzúa que se trataba de casos de discriminación positiva.
Así, por ejemplo, del total de llamadas por apellido, 835 correspondieron a los considerados ABC1 y 789 a los más modestos. Una diferencia de apenas 0,8% entre ambos.
Lo mismo ocurrió con las comunas. Mientras los postulantes provenientes de barrios de altos ingresos recibieron 831 respuestas, los de las zonas más pobres tuvieron 793, con una diferencia de 0,7% entre ambos.
Por género la cosa no fue tan diferente. Si los llamados para hombres alcanzaron a 819 en total, las mujeres recibieron 805.
Quizás en el único punto donde se vio una diferencia más sustantiva fue con relación al colegio donde había estudiado el postulante. Si la probabilidad de recibir un llamado de vuelta era de 15%, en el caso de quienes habían estudiado en colegios municipales disminuía al 13,3%. Una diferencia que, a juicio de los investigadores, tampoco es muy significativa.
A la Comisión Meller
La discriminación no es sólo una problemática que preocupa al ambiente académico. De hecho, los gobiernos de la Concertación han posicionado el tema como parte central de su discurso político.
Por eso, también la exclusión social ocupó un espacio considerable en la discusión de la Comisión Meller de Trabajo y Equidad. Los autores del estudio David Bravo y Claudia Sanhueza participaron activamente de esta comisión. Reconocen que el estudio orientó muchos de sus aportes y los ayudó a derribar mitos en cuanto a la discriminación laboral. "Si creyéramos que efectivamente en el mercado laboral hay discriminación abierta, si ése fuera el diagnóstico, uno tendería a pensar en políticas que apuntaran hacia losempleadores, que deberían tener la prohibición de hacer ciertas cosas", dice Bravo.
Pero en vez de apoyar políticas de ese tipo, los investigadores se enfocaron en los problemas de igualdad de oportunidades, que son anteriores al mercado laboral y que a su juicio son los que generan que hoy exista una alta percepción de discriminación.
"Si hubiéramos encontrado evidencia rotunda de discriminación, tal vez habríamos cambiado algunas propuestas o habríamos empujado otras políticas", agregan, después de concluir que a la hora de llenar una vacante, al mercado laboral no le importa la cuna.
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