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Austeridad nacional

"En Chile, todos somos nuevos ricos. Culturalmente estamos saliendo del patrón antiguo, donde se valoraba la austeridad y el éxito era mal visto. Hoy, en cambio, las generaciones jóvenes quieren tener éxito y los que lo alcanzan no se avergüenzan. El éxito económico se está transformando socialmente en algo bueno", dijo Jorge Errázuriz, el dueño y vicepresidente de Celfin, la semana pasada en Qué Pasa. Alfredo Jocelyn-Holt reflexiona en torno a sus palabras.

Por  Alfredo Jocelyn-Holt
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La idea de que somos austeros y que debemos ese sello a nuestra clase dirigente tradicional, responde a razones históricas.
Por siglos hemos sido un país pobre en recursos comerciables, distante de mercados donde vender y, para más remate, rurales. Ahora bien, que patrones de fundo, por necesidad más que por convicción, hayan convertido esta pobreza en esa virtud orgullosa que llamamos austeridad, no les resta nobleza a algunas pellejerías atávicas a las que debimos acostumbrarnos a regañadientes.

A nadie le gusta ser "rico pobre". Lo notable e inteligente, políticamente hablando, es que esos antiguos poderosos hayan adecuado su poder a las circunstancias generales del país, evitando así líos normalmente causados por diferencias sociales extremas. Podían estos señores vivir en grandes casonas de tres o más patios, pero esas construcciones, en lo esencial, no diferían mucho de las casas de sus inquilinos, confeccionadas igualmente de adobe y tejas que dejaban pasar el inevitable aguacero; la sequía la sufrían también por igual.

Al final de cuentas esto impidió que los empleados se alzaran en contra de sus patrones. Un logro no menor. Si además de pobres hubiésemos tenido que enfrentar a inquilinos resentidos, menos solidarios, menos conscientes de que la miseria rural era compartida, es muy posible que hubiéramos tenido que agarrarnos a patadas mucho antes de la Reforma Agraria. Por supuesto que los ricos habrían ganado esa pelea, pero ¿con qué costo? ¿Teniendo que convertirse en auténticamente los malos de la película, en explotadores, y ahora sí que en "ricos ricos" infinitamente más indecentes con también infinitamente peores consecuencias consiguientes que lamentar?

Prefiero pensar, y creo que la evidencia histórica me asiste, que, por el contrario, gracias a dicha pobreza austera nuestra historia fue menos contenciosa y violenta de lo que pudo ser.

Dato que registró e interiorizó cada nuevo rico que fue ascendiendo en el país. Llámense Errázuriz, Larraín, Cousiño, Ossa, Urmeneta, Edwards o Subercaseaux, es decir, comerciantes vascos del siglo XVIII o grandes mineros y financistas, no hubo ni uno que no se casara con hijas de antiguos hacendados, no comprara fundos o no se asimilara a los usos efectivamente austeros de la vieja y siempre renovable oligarquía terrateniente, aun cuando ello reportara menos utilidades inmediatas.

Por último, que estos viejos y nuevos ricos se preocuparan por la cosa pública, y volvieran a abrirse, admitiendo y entroncándose con extranjeros y profesionales de nuestra alguna vez también austera y selecta clase media meritocrática, explica por qué la elite chilena es de lo más serio que ha tenido este país. Que, además, dicho grupo cultivara una "elegancia pobre, asumida, sobria y de buen gusto" (palabras de Emile Duhart) la cuidó de hacer visible una opulencia que, en el mejor de los casos, entre nosotros, no dura mucho, a lo sumo un par de generaciones. En otras palabras, le aconsejó no hacer, inevitablemente, el ridículo.