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Señor director:

A propósito de la disyuntiva mundial frente a los Juegos Olímpicos de Beijing y la histórica inquietud por la situación de los derechos humanos en China, me vino a la memoria un episodio de los tiempos en que Chile recién recuperaba su democracia.

El hoy ministro José Antonio Viera-Gallo presidía la Cámara de Diputados y propuso que una delegación de legisladores viajara a China. En ese entonces, como miembro de la Comisión de Régimen Interno, me opuse a la idea, pues consideraba poco consecuente un viaje a un país que violaba los derechos humanos, cuando Chile precisamente salía de un régimen acusado de los mismos males.

En una sesión en la que no estuve presente, finalmente esa comisión -que revisa todos los temas administrativos y de viajes de la Cámara-, aprobó la iniciativa de Viera- Gallo. Como no tenía más que apoyarlo, le pedí al entonces diputado que planteara al presidente chino, Jiang Zemin, la preocupación del Parlamento y del pueblo chilenos por la situación de DD.HH. en ese país. Estaba fresca en la memoria mundial la noche de junio de 1989 en Tiananmen.

A su regreso, Viera-Gallo me contó que se acordó de mi encargo. Fue en un encuentro a solas con Zemin, luego de ser recogido por una limusina y trasladado a un bello palacio. Me relató que después de abordar muchos temas de agenda protocolar, le planteó a Zemin mi inquietud. El mandatario reaccionó airado y, tomando un abanico enorme que estaba en la sala de la reunión, golpeó fuerte y estruendosamente contra una mesa. Acto seguido, mirándolo fijamente, le respondió algo como lo que sigue: "¿Usted sabe con quién está hablando? ¡¡Está hablando con el presidente de un tercio de la población del mundo!!". Y luego no volvió a dirigirle la palabra.

Hace poco recordé esta historia con algunos personajes públicos y las opiniones siguen divididas: algunos dicen que es mito, otros pocos la creen, pero muchos también me aseguran que el hoy ministro me contó ese relato para dejarme tranquilo.

Baldo Prokurica, Vicepresidente del Senado

 

Por la boca muere el pez

Señor director:

Son evidentes las razones que tuvieron algunos dirigentes de la Alianza por Chile para promover a Joaquín Lavín como candidato a alcalde por Santiago. Primero, se trataba de una carta electoral exitosa, que hubiera asegurado ese municipio en manos de la derecha.

Segundo, era también una forma de disciplinar políticamente a un dirigente que ha sostenido fuertes críticas a la estrategia política de su sector. Por último, despejaba un obstáculo en la carrera presidencial de Sebastián Piñera. Sólo esto último puede explicar el entusiasmo con que don Carlos Larraín se sumó a esta estrategia; más todavía, al expresar su "pequeña desilusión" cuando finalmente no resultó. A ratos se olvida que el presidente de RN fue un tenaz detractor de la gestión edilicia de Lavín, tanto en Las Condes como en Santiago.

En ese contexto, creo que es el legítimo preguntar ¿por qué don Carlos Larraín -uno de los máximos críticos frente a la deficiente gestión pública- quería que en la municipalidad más emblemática del país asumiera alguien que, según él mismo, lo hizo pésimo como alcalde?

Jorge Navarrete P., Abogado


 

Autos, frambuesas y otras yerbas

Señor director:

No deja de llamarme la atención que se haya pedido la renuncia a la subsecretaria de Transportes por un modesto acarreo de frambuesas y en cambio al ex seremi metropolitano de Educación Alejandro Traverso sólo se le haya sancionado con una suspensión del cargo por dos meses.

Parece que para el gobierno es más importante que los funcionarios no usen indebidamente los autos fiscales, que el que cuiden el buen destino de miles de millones de pesos en subvenciones. Si se ha querido mandar un señal clara a favor de la probidad, no se ha logrado.

Juan Pablo Hermosilla O.