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Día que pasa, día que la Concertación avejenta, pierde su alguna vez novedad, su capacidad de reinventarse, debiendo repetirse a sí misma una y otra vez. La agenda valórica, tras el fallo del Tribunal Constitucional, hace recordar a las Jocas o cuando se batallaba contra el divorcio. Las cartas presidenciales que se barajan (Lagos, Insulza, Alvear, Frei) -encuestas van, encuestas vienen- se pegotean unas con otras de tanto manoseo comunicacional, al punto que no salta el esperado as, ni tampoco el comodín debajo de la manga, como en su momento lo llegó a ser Michelle Bachelet. En fin, uno prende la televisión y, a juzgar por la "cara al aire" del gobierno, es como si estuviésemos sintonizados con la programación de cinco años atrás.
Se nos olvida, pero fue in illo témpore, allá por febrero de 2003 que Lagos nombró a Francisco Vidal en la Secretaría General de Gobierno, cargo ministerial que ejerció hasta mayo de 2005. Todo un récord, sólo superado por Enrique Correa, J. J. Brunner y F. J. Cuadra, si no fuera que de ahí saltó a Interior donde estuvo casi un año más, hasta marzo de 2006, para luego retornar a su viejo oficio de vocero de gobierno en diciembre del año recién pasado.
Si a ello le sumamos los casi tres años (marzo 2000 - febrero 2003) que se desempeñó como subsecretario de Desarrollo Regional y Administrativo del Ministerio del Interior, en realidad Vidal es ya parte del inventario de La Moneda, menos antiguo que el frontis y los cañones, pero haciéndoles la competencia al redecorado del despacho presidencial, a la mano de gato con que blanquearon las fachadas y a la reapertura de Morandé.
Y eso que Vidal pertenece, más bien, a lo que podríamos llamar la segunda generación concertacionista. Durante los primeros diez años de la transición, se involucró activamente en política pero guardando un sorprendente bajo perfil, nada que ver con la personalidad avasalladora que le conocemos desde hace rato.
Ingresa al PPD un año antes del plebiscito de 1988, compite y le va mal contra Lavín el 92 como candidato a concejal por Las Condes, inevitable hoyo negro electoral para varias figuras concertacionistas quienes, años más tarde, sin embargo, se elevan milagrosamente al estrellato de la coalición (Bachelet, Girardi, José Antonio Gómez). Se involucra en el gobierno regional metropolitano, enseña historia en universidades privadas sin brillo intelectual que haya trascendido más allá del pizarrón, aunque llega a ser decano. A la postre, mucho más decisivo para él fue haber sido reclutado por el laguismo militante durante ese mismo período (1994-2000), ascendiendo a director ejecutivo de la Fundación Chile XXI.
En suma, una trayectoria inicialmente callada, paciente, disciplinada, que luego lo catapulta a una de las figuraciones más meteóricas y ubicuas de la última y segunda década de la Concertación.
De militar a militante
Pero si queremos entender quién es Vidal, por qué es como es -combativo, obediente, apreciado por sus superiores jerárquicos, suerte de "operador u aparatchik de primera clase… energético, algo tosco, empujador, cinchador, hombre que a fin de cuentas entrega la mercancía", en lúcido retrato que le hiciera Fernando Villegas (La Tercera, 25-3-2007)-, tenemos que remontarlo aún más atrás. A cuando se forma como cadete durante dos años en la Escuela Militar (el 69 y el 70), es frontal opositor a la UP, se hace amigo de Andrés Allamand, milita en la Juventud del Partido Nacional y supuestamente también en el Comando Rolando Matus, grupo de choque de los nacional-derechistas, lo cual, de llegar a ser efectivo, lo hermanaría con nada menos que Francisco Javier Cuadra, su antecesor en la Segegob. Etapa de su vida que, sin embargo, él deja atrás por razones que merecen una mejor explicación que las que un tanto vagamente ha dado a medios de prensa.
Ocurre que Vidal -otra sorpresa que nos depara su biografía- ingresa después al Pedagógico de la Universidad de Chile, estudia Historia, logra superar los peores resquemores de sus compañeros de carrera (era "rubiecito" y había sido milico momio), se torna crítico de la dictadura y se asocia a los sectores más de izquierda, atribuyéndosele cercanía, incluso, al PC.
En sus propias palabras: "Me di vuelta en el aire contra la pared. En verdad, fue cuando entré al Pedagógico. Fue como ese compadre que decidió entrar a la UP el 10 de septiembre, pero yo soy el chiste al revés, me decidí a ser opositor viniendo del Partido Nacional el 12 de septiembre, ja, ja...".
No ahonda más. Así y todo, sus amigos, por aquel entonces izquierdistas de irreprochables credenciales, entre otros Nicolás Eyzaguirre, lo avalan. Nadie, además, ha sugerido duda alguna respecto a la autenticidad de la conversión. Podrá parecernos ambicioso, frío, encantador de serpientes, justificador de lo injustificable, pero, a falta de evidencia dura y no obstante la obvia exageración, convence Villegas cuando dice de él: "Recuerda a Gérard Depardieu haciendo de Dantón en la película del mismo nombre. Es un chico grande y maldadoso, pero incapaz de maldad". Conforme: malo no, pero confuso sí, aunque en épocas sucesivas no menos confusas, lo cual no lo justifica, pero sí lo sitúa.
La videopolítica
En efecto, todo indica que es una persona sumamente ubicada. Por mucho que, a la corta se dé volteretas en el aire contra la pared, al final de cuentas suele acertar. En el gobierno de Lagos, subroga 24 veces en el Ministerio de Defensa, y, concretamente, a Bachelet. Es uno de los que primero apuesta por ella ganándose su confianza, también la de sus antiguos instructores castrenses. No hace mucho salió vestido de militar en unos ejercicios llevados a cabo en Arica; a juzgar por la manera cómo llevaba puesto el uniforme, se siente plenamente cómodo en él, no lo considera un disfraz.
Entre las muchas trivialidades que ha confesado a la prensa -el nombre de su perro y que es hincha del Wanderers-, uno de sus máximos orgullos es una colección de soldaditos de plomo. Los políticos padecen infantilismos larvados que duran toda una vida. F. J. Cuadra colecciona autitos de carrera; Soledad Alvear, cucharitas. Indicios seguramente iluminadores; no soy psiquiatra, simplemente registro estos datos.
Sabemos mucho y poco de Vidal. Sabemos lo que él se ha encargado de decir. Que es trabajólico (hasta 19 horas diarias, incluyendo fines de semana), que fumaba hasta cuatro cajetillas, que ha tenido estrés… Gajes del oficio, de la democracia mediática y videopolítica que es como él califica su pega. De ahí que hable hasta por los codos, con una soltura envidiable, muy del gusto de periodistas. Simpático, austero, y excesivamente deslenguado -cuenta lo que debe y especialmente lo que no debe-, Vidal no tiene capacidad de filtro.
Su mejor momento fue durante el gobierno de Lagos. Quienes lo conocen de cerca afirman que Vidal no era tan brillante como se le suponía, sino que funcionó bien porque era Insulza quien lo pautaba. Un botón de muestra de lo que se dice al respecto: "Vidal es un perro de ataque e Insulza le daba la instrucción y lo soltaba. El problema es que en el gobierno de Bachelet, Vidal es cerebro y acción, y entonces ataca todo lo que se mueve".
Su problema, sin embargo, no sería tanto la incontinencia verbal como un protagonismo incontinente. Como que nunca aceptó haber quedado fuera de La Moneda durante el primer tiempo de Bachelet. En calidad de presidente de TVN, miembro de las fundaciones de Lagos, y director de la Escuela de Gobierno de la Universidad Alberto Hurtado, pretendió seguir siendo vocero de la anterior administración. "Puedo estar muerto, pero si me ponen una cámara, revivo… de repente me dan unas ganas de tener un micrófono y salir a hablar". Y, bueno claro, se le pasó la mano. En TVN trataron de callarlo, pero no pudieron. Como seguía teniendo llegada a palacio, no se "perdía ni una", incluyendo las sesiones de guitarreo de la presidenta; sentía que era parte todavía del equipo. En efecto, a pesar de que se ufana de leer hasta cuatro libros por semana cuando está "ocioso", su filosofía de la vida es básicamente futbolística -hay que siempre "ganar"-, militantismo seguramente latente desde que aprendiera a cuadrarse dentro de los cuarteles.
Pues bien, en un momento de confusión, como los ha habido de sobra en este gobierno, se optó por traerlo de vuelta del frío. Jugaron con la posibilidad de llevarlo, de nuevo a Interior, pero como el personaje es incorregible, le ofrecieron repetirse el plato con la cuchillería que mejor maneja: micrófonos, cámaras y la parrilla noticiera.
Hipervidal
En su nuevo viejo cargo ha tenido complicaciones. Debió enfrentar una interpelación recién llegado al gabinete por el supuesto desvío de platas de Chiledeportes e intervencionismo electoral desde el Ministerio de Interior, vieja acusación que lo persigue.
En La Moneda, hoy su relación con los otros ministros no es de la calidez de la época de Lagos. Ahí, hacía y deshacía con Insulza. Eran amigos. Pérez Yoma es de otra calaña: duro, individual, poco amistoso. No han logrado congeniar tal como Vidal quisiera. Y tal como Vidal necesita. Por eso, los estertores algo superlativos, la ansiedad más notoria de lo normal incluso para los estándares siempre intensos del vocero: necesita gritar que está ahí y que pesa. Pese a Pérez Yoma.
Y, quizá, lo peor para él, sus relaciones con los periodistas no son las de antes. Ya en TVN tuvo cortocircuitos con la Dirección de Prensa e intentó censurar burdamente la transmisión del documental "Epopeya". Probablemente es más afín a "razones de Estado" que a una libertad de prensa sin presiones. Ha bajado a periodistas de giras presidenciales. El otro día, no más, dijo que cuando ve las primeras cinco noticias en televisión le dan ganas de llamar al 133; válida o no la crítica, un desatino tratándose del ministro encargado de la política comunicacional del gobierno.
En definitiva, da la impresión que concibe a los medios como empresas en competencia, sintiendo que debe presionar de cuando en cuando para mantener el equilibrio entre quienes hablan bien del gobierno y quienes lo critican.
Nada retrata mejor a Vidal que la anécdota aquella, de hace unos años atrás, tratando de encumbrarse a un palo ensebado frente a La Moneda. Por supuesto que no llegó muy lejos. Hazaña esforzadísima sólo comparable con las acrobacias patas para arriba (con toda la sangre descendiendo al cerebro) de Sergio Bitar en Educación o los pasitos de Andrés Zaldívar al ritmo de un hula-hula en Isla de Pascua. Metáforas todas de cuán poco en forma está la Concertación.
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