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La búsqueda de financiamiento alternativo

El desafío para las universidades chilenas es ser capaces de alinear la labor académica de docencia con incentivos que puedan estimular la generación de nuevos ingresos por parte de los profesores. En eso, las universidades en el resto del mundo nos llevan mucha ventaja.

Por  Ernesto Silva Méndez
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Hace algunos días, José Joaquín Brünner señalaba que las universidades chilenas están compitiendo activamente para crear nuevas fuentes de financiamiento que les permitan desarrollar innovadores proyectos que no alcanzan a financiar con los ingresos provenientes de los aranceles de los alumnos. De este modo, las universidades se transforman poco a poco en instituciones que no sólo realizan y sueñan con hacer grandes aportes al conocimiento, sino también en organizaciones capaces de encontrar fórmulas creativas para generar nuevos recursos y oportunidades.

En este desafío, las universidades recurren fuertemente a uno de sus principales activos, que es el capital humano representado por sus académicos. ¿Cómo están las remuneraciones de los académicos chilenos? ¿Qué está sucediendo en el mundo? ¿Cuáles son las tendencias que se aprecian en las universidades de los países desarrollados?

Por diversas razones, las rentas de los académicos a nivel internacional presentan un sinnúmero de matices y variaciones atribuibles a diversas razones. Factores como el tamaño de mercado, el nivel de competencia, la oferta de profesores, el estatus atribuido, el grado de especialización y el rango académico (bachiller, magíster o doctor), entre otros, explican muchas de las diferencias.

Así, por ejemplo, el sueldo promedio de un académico en Francia varía entre $ 1,4 y $ 2,1 millones mensuales netos, según se trate de un profesor asistente o de un profesor titular. Ello contrasta con el caso suizo, cuyas fluctuaciones aproximadamente son entre $ 3,4 y $ 4,4 millones (cabe resaltar que el ingreso per cápita de Francia y Suiza es de US$ 33.000 y US$ 40.590, respectivamente).

Las diferencias también dependen del tipo de disciplina. En Estados Unidos, por ejemplo, un profesor titular en una facultad de Derecho (las mejores pagadas) gana en promedio unos $5,8 millones mensuales netos. Sin embargo, un profesor ayudante percibe en promedio $2,4 millones. No obstante, si se trata de otras facultades -como artes liberales- los rangos fluctúan entre unos $ 3,3 y $ 1,7 millones brutos mensuales.

Ahora bien, resulta interesante destacar que dichos valores no siempre corresponden a 12 meses, sino a 10 e incluso 9. Para financiar los meses restantes, los profesores recurren a fondos concursables, toman posiciones como profesores visitantes en otras universidades o acuerdan con sus respectivas facultades fórmulas para obtener financiamiento. 

Para determinar la remuneración, los criterios son múltiples y se aplican desde la selección misma del académico. Ellos incluyen los grados académicos (incluso más allá del doctorado, los llamados post doctorados), la labor docente, la producción académica (número de publicaciones en revistas especializadas) y los recursos que son capaces de generar en consultorías y proyectos. En la selección de los académicos, el mercado del trabajo se ha sofisticado identificando épocas del año en que se abren concursos, procedimientos de concursos de antecedentes y presentación de papers para exponerse ante los pares.

En la mayoría de los casos, los ingresos de los profesores no están dados sólo por el sueldo que reciben de la universidad. Si bien en algunas disciplinas y países las actividades no académicas propiamente tales están reguladas y a veces restringidas, en otros los docentes generan importantes recursos a través de consultorías, fondos concursables, donaciones gestionadas por los profesores, proyectos de investigación con consorcios de empresas, complementando tanto los ingresos de la universidad como los del propio profesor.

Las universidades chilenas ya han dado pasos en estas materias, y existen disciplinas como la Economía, Negocios, Ingenierías y Salud donde los académicos son ya motores de la generación de ingresos.

El desafío para las universidades chilenas es ser capaces de alinear la labor académica de docencia y creación de conocimiento con incentivos que puedan estimular la generación de nuevos ingresos por parte de los profesores. En eso, las universidades en el resto del mundo nos llevan mucha ventaja.