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Estómagos (y bolsillos) vacíos

La escasez de alimentos, y su consiguiente alza de precios, ha pegado en varias partes del mundo. Desde Haití a Pakistán. Como razones se esgrimen, entre otras, el aumento en la producción de biocombustibles, las sequías y los controles a las exportaciones agrícolas. Mientras los gobiernos buscan nuevas fórmulas de paliar la crisis, la pregunta que queda en el aire es: ¿causarán los alimentos la próxima guerra del siglo XXI?

Por  Axel Christensen
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Generalmente asociamos la imagen de un niño desnutrido, al borde de la muerte por inanición, a las hambrunas en países como Etiopía y otros de África azotados por largas sequías y guerras tribales. Sin embargo, la última víctima de escasez de alimentos estuvo mucho más cerca. Este mes, el primer ministro de Haití fue removido de su cargo por el Parlamento debido a su incapacidad para controlar las protestas violentas de la población de Puerto Príncipe contra el aumento de precios de alimentos básicos como arroz y porotos.

Manifestaciones similares han ocurrido en Egipto, Pakistán y Tailandia. El elemento común es la escalada de precios de alimentos, particularmente en países pobres donde más del 50% del ingreso de los hogares se destina a comida. El presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, advirtió recientemente que cerca de 33 países corrían riesgos de levantamientos sociales por estos aumentos de precios.

En el informe sobre perspectivas de la economía global dado a conocer este mes, el Fondo Monetario Internacional también llama la atención sobre el significativo aumento que han tenido los productos agrícolas: un incremento de casi 40% en el período de doce meses a febrero de este año. A pesar de un fuerte aumento en la producción, la mayor demanda ha llevado a que los inventarios de productos como el trigo, la soya, el maíz y los aceites combustibles alcancen sus menores niveles en dos décadas.

Esta situación no sólo ha significado un verdadero boom en países exportadores de alimentos como Argentina y Malasia. También ha generado graves problemas de estabilidad en los países pobres que dependen de alimentos importados, pues han visto los precios subir más allá de lo que la población está dispuesta a tolerar.

El alza en el precio de los alimentos explica cerca del 70% de la inflación en los países emergentes durante el 2007, que alcanzó a 6.4%. Los países que importan una mayor parte de sus alimentos vieron subidas aún mayores. El año pasado la inflación alimenticia alcanzó a 34% en Sri Lanka, a 21% en Costa Rica y a casi 14% en Egipto. Peor aún, con estas alzas los países no sólo están pagando más por los alimentos que importan (hasta un 35% más), sino que comprando menor cantidad (han visto una caída de 2% en la cantidad de cereales importados).

Incluso los programas de asistencia, como el Programa de Alimentos Mundial de las Naciones Unidas, han debido reducir la ayuda en alimentos, ante sus altos costos. A pesar de un llamado a los países desarrollados a contribuir con US$ 500 millones para hacer frente a esta nueva realidad, la ONU apenas ha recibido menos de la mitad al momento de pasar el platillo. Todo esto, a juicio del FMI, ha puesto en riesgo el avance que estos países y otros habían logrado contra la pobreza en los últimos años, especialmente en la pelea contra la desnutrición.

Las razones

Esta situación de precios es el resultado de varios factores. Los altos valores del petróleo han llevado a un significativo aumento en la producción de biocombustibles en EE.UU. y la Unión Europea, con el consiguiente impacto sobre la demanda de maíz y otros granos. A pesar de que los biocombustibles aún representan menos del 1% de la oferta de combustibles líquidos, son responsables de casi la mitad del aumento del consumo de cultivos tradicionales en 2006-07. Esto no ha pasado inadvertido por los mandatarios de los países más pobres. El ministro de Finanzas indio denunció que usar alimentos para generar combustibles es un crimen cuando hay millones de personas pasando hambre. El ministro de Finanzas turco lo describió como algo horroroso.

La demanda por biocombustibles no sólo ha afectado a granos como el maíz, sino que también ha impulsado el precio de la carne bovina y avícola, así como el precio de la leche, debido a que estos granos son insumos importantes en su producción.

Adicionalmente al fenómeno de los biocombustibles, los países emergentes como China e India han visto aumentos importantes en la demanda de alimentos, particularmente por el mayor consumo de proteínas asociado a incrementos en el ingreso.

Sin embargo, no todo ha sido mayor demanda. Varios países productores de granos y alimentos han enfrentado sequías. También el mayor valor de la energía ha elevado los costos de producción, incluyendo los costos de transporte, afectando el precio final de muchos productos agrícolas. Tampoco se puede descartar un aumento en la especulación financiera de contratos de productos agrícolas que se transan en diversos mercados, de muchos inversionistas huyendo de los mercados de bonos y acciones después de fuertes correcciones.

Finalmente, la oferta también se ha visto afectada por decisiones de los propios países productores, quienes han preferido poner atajo a los aumentos de precios internos, controlando las exportaciones agrícolas a través de cuotas de exportación y aumentos de impuestos. Si bien ya conocemos mejor las restricciones a la venta al exterior de carne y soya en Argentina, que también ha generado manifestaciones de agricultores enojados, de ninguna manera está sola. Rusia, Ucrania, Kazajistan e India han restringido exportaciones de granos y arroz.

El Fondo Monetario Internacional espera que los precios de los alimentos lleguen a su máximo este año, ya que típicamente los ciclos de alza anteriores duraron un promedio de tres años. Desgraciadamente, la percepción de estar al final del ciclo ha ayudado a mantener los precios altos, ya que muchos agricultores tienen miedo de aumentar su producción justo cuando los precios pueden empezar a caer, repitiendo lo que pasó la última vez que hubo un boom alimenticio en los años 70.

Por lo tanto, este ciclo puede ser más largo que lo usual e incluso al bajar los precios, difícilmente volverán a los niveles previos a esta escalada.  Más aún, puede ser que sigan subiendo antes de que bajen, ya sea por la producción de biocombustibles o el mayor consumo de alimentos de países en vías de desarrollo.

La nueva guerra

No todo, sin embargo, ha sido negativo. La necesidad es la madre de la invención y genera muchas oportunidades. Por ejemplo, recientemente el gobierno de Ucrania acordó con Libia un préstamo de 100.000 hectáreas ucranianas para cultivar trigo a cambio de que sean incluidos en proyectos de construcción y gas desarrollados por los libios. El presidente de Brasil, Lula, ha entrado en conversaciones con su par de Egipto para firmar contratos de venta de granos y leche. Los egipcios también han salido a las calles para protestar contra el alza del precio de los alimentos. Los chinos, a su vez, de una manera similar a lo ocurrido con Minmetal y la producción de cobre de Gaby, han llegado a acuerdos de largo plazo con Nueva Zelanda para que este país les proporcione alimentos como carne y leche.

En nuestro país, por otro lado, empresas productoras de fertilizantes como SQM han visto mucho mayor demanda, pues los productores buscan aumentar el rendimiento de sus cultivos. No por nada, la acción de SQM ha sido una de las de mejor desempeño este año, subiendo más de 50% (aunque una disputa por su control también ha sido un factor que explica esta alza).

Muchos analistas proyectaban que después de las guerras originadas por el petróleo, como varios consideran el conflicto en Irak, vendrían otras guerras por metales o incluso agua. Parece posible, aunque aún poco probable, que los próximos conflictos por venir sean por alimentos, como lo eran entre las tribus nómades en los comienzos de la Humanidad. Pero no se puede descartar cuando el precio de dos kilos de arroz le significa la mitad del ingreso diario a una familia en Bangladesh. No sólo tendrán que pasar el día con el estómago vacío; ahora también lo estarán sus bolsillos.