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Un nuevo paisaje
Después de dos décadas, las rígidas fronteras de la Concertación y la Alianza comienzan a desdibujarse.
La política chilena postrestauración democrática se estructuró en una lógica bipolar, a partir de un alineamiento cuyo eje principal fue el rechazo al gobierno militar.
Tal alineamiento empieza a desvanecerse, pero afecta en forma inversa a la Concertación y a la Alianza.
En el primer caso, la dinámica apunta a la reducción: grupos políticos que abandonan la combinación de gobierno (o que, paradojalmente, son expulsados de ella).
En el segundo caso, la dinámica se orienta a la expansión (aunque no la asegura).
El hecho esencial es que la Concertación está sitiada al interior de sus propios límites. No puede crecer hacia la izquierda, es decir, hacia el Partido Comunista, sin renunciar a su identidad. Tampoco puede crecer hacia el centro porque ese campo está ocupado precisamente por los grupos que la han abandonado, por segmentos de la propia centroderecha y por la ancha franja de quienes se identifican como independientes.
Las fases del nuevo alineamiento
El nuevo alineamiento ha tenido -hasta ahora- dos hitos fundamentales:
El primero fue la expulsión de Jorge Schaulsohn del Partido por la Democracia, la subsecuente renuncia del senador Fernando Flores -junto a otros destacados dirigentes de ese partido- y el surgimiento de ChilePrimero. Todos esos eventos fueron gatillados por la denuncia de la "ideología de la corrupción".
El segundo fue la expulsión del senador Adolfo Zaldívar del Partido Demócrata Cristiano, el éxodo de los llamados diputados "colorines" y el surgimiento de un referente socialcristiano. Los hechos se desencadenaron a partir de su rechazo a la inaudita fórmula de financiamiento del Transantiago propuesta por el gobierno y a las denuncias de malas prácticas internas en el PDC.
El antiguo alineamiento se expresaba en los polos Concertación-Alianza. Tal primera fase política está terminada. En la actual fase existen dos polos diferentes: gobiernistas y opositores. Sin embargo, el itinerario electoral hará surgir inevitablemente un nuevo alineamiento y una tercera fase.
La fuerzas que apoyan al gobierno continuarán fosilizadas en la antigua Concertación, cada vez más jibarizada.
La oposición, en cambio, está obligada a encontrar una nueva fisonomía. Su principal desafío es superarse a sí misma.
El hecho esencial es que quienes han abandonado la Concertación no se sumarán a la Alianza, pero debieran estar disponibles, en el momento oportuno, para converger en un nuevo conglomerado capaz de renovar los gastados hábitos políticos, impulsar una agenda de modernización y alcanzar el gobierno.
La nueva mayoría legislativa
Si algo enseñan los últimos dos años es que una mayoría parlamentaria puede ser una bendición o? una pesadilla.
El gobierno de Michelle Bachelet nació bajo el espejismo de una mayoría virtual. Pocos advirtieron que cuando la mayoría es ajustada -hoy el Senado tiene 18 votos de la Concertación, 16 de la Alianza y 4 de los independientes-, los incentivos juegan a favor de la autonomía individual. Cuando un bloque aventaja a otro con holgura un voto más o uno menos tienen valor testimonial; cuando ese voto cambia el resultado aumenta exponencialmente su valor.
Hasta ahora, la nueva mayoría legislativa ha demostrado gran eficacia. En pocas semanas se ha anotado triunfos de envergadura: el desalojo de la Concertación de la mesa del Senado por los próximos dos años y la presidencia de la Cámara para el siguiente; la aprobación en la Cámara de la acusación contra la ministra Yasna Provoste; y la formulación, bajo el liderazgo de la dupla Adolfo Zaldívar-Baldo Prokurica, de una agenda política propia. Hasta ahora, la agenda del Congreso era la agenda del Ejecutivo. Sin embargo, en un par de semanas ha quedado de manifiesto que la nueva mayoría parlamentaria ha generado un fuerte desplazamiento del núcleo del poder político desde La Moneda hacia Valparaíso.
De mayoría legislativa a mayoría política
Habitualmente una mayoría política se expresa en una mayoría legislativa.
Hoy el orden de los factores está invertido. Existe una mayoría legislativa, pero aún se ignora si ésta se transformará en una mayoría política.
Para lograrlo la oposición debe adoptar tres decisiones claves:
La primera es alentar el crecimiento de los grupos políticos que han abandonado la Concertación. Entre los dirigentes de Renovación Nacional y la Unión Demócrata Indepediente no faltarán los que quieran sofocar el ascenso de los nuevos referentes. Sería un error. La Alianza debe actuar con flexibilidad en la estrategia electoral municipal y, cuando sea el caso, abrir sus propias listas a personeros de esos nuevos referentes y a los sectores independientes, representados por los senadores Carlos Bianchi y Carlos Cantero. Una señal potente de esa apertura sería apoyar a Jorge Schaulsohn como alcalde de Santiago.
La segunda es admitir grados de diversidad mucho más amplios que los habituales. Históricamente la centroderecha muestra ineptitud para gestar alianzas, en parte porque maneja mal el valor político de la diversidad.
En política hay un trade off entre afinidad y amplitud. Si se trata de que todos piensen igual, hay que pagar el precio de perpetuarse como minoría.
La tercera es no enfrascarse en un debate programático. Los voceros del actual gobierno han iniciado una ofensiva idéntica a la intentada por el régimen militar en sus postrimerías: apostar a que sus adversarios eran sólo una agrupación "circunstancial" sin destino político.
Tal estrategia tenía dos premisas equivocadas: de partida, ignoraba que en toda adhesión política hay un componente -en algunos casos visceral- de rechazo a la alternativa contraria. Y la Concertación aún no advierte el grado de hastío que genera en amplias franjas de votantes. Al mismo tiempo, pasaba por alto que un programa de gobierno, más que un listado interminable de propuestas técnicas, es una plataforma de objetivos, prioridades y, sobre todo, de sintonía con los anhelos ciudadanos.
El punto de inflexión
¿Cuál será el punto de inflexión para que la actual mayoría parlamentaria se transforme en una mayoría política?: la forma en que se resolverá la o las candidaturas presidenciales de la actual oposición.
La Alianza puede en esta materia cometer un error fatal: intentar imponer un candidato.
ChilePrimero y el Movimiento Humanista Cristiano levantarán candidaturas presidenciales de cara al 2010. Frente a ese hecho, hay dos alternativas posibles: Que los candidatos compitan en primera vuelta con un compromiso tácito o explícito de apoyo en la segunda (como ocurrió el 2005) o acordar un sistema de primarias abiertas. En ambos casos, la lista parlamentaria debe ser una sola. Y para que tal esquema funcione, tanto RN como la UDI deben estar dispuestos a hacer sacrificios importantes en el plano parlamentario. Para ganar La Moneda habrá que perder cupos parlamentarios.
En todo caso, es evidente que el mecanismo de primarias abiertas es más ventajoso. El impacto de un debate televisivo en que participen como precandidatos Sebastián Piñera, Joaquín Lavín, Fernando Flores y Adolfo Zaldívar sería enorme. Y las ventajas a la vista: certeza de gobernabilidad, madurez para conciliar las diferencias, amplitud para convocar a los ciudadanos, y, sobre todo, apelación al principio democrático para resolver la candidatura presidencial de la nueva mayoría.
La política es una secuencia de paradojas en que misteriosamente se invierten los papeles. La fórmula más conveniente para la oposición es conceptualmente la misma que utilizó la Concertación en todas las elecciones presidenciales en que triunfó. Al revés, hoy la Concertación se comporta como antes lo hacía la Alianza: Ricardo Lagos quiere ser "ungido" más que nominado; José Miguel Insulza designado más que elegido; y Soledad Alvear sabe que ningún mecanismo le favorece y que, por lo mismo, está obligada a seguir hasta el final anticipando la fractura de su propia coalición.
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