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¿Por qué se ha armado todo este revuelo? No creo que en China o Burundi se haya debatido mucho sobre esta píldora. Lo que ocurre es que en Chile hay muchos pro vida, quienes se preocupan de los más débiles entre los débiles: los que no han nacido.

Por  Joaquín García-Huidobro Correa
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Si me preguntan si la Píldora del día después puede ser abortiva en ciertos casos, debo confesar que no lo sé. Si les pregunto a los especialistas, veo que sus opiniones están divididas. ¿A qué se debe? Una posibilidad es que algunos estudiosos sean unos malvados o, al menos, unos ciegos, que tratan de engañarnos o se niegan a ver la realidad. Pero cabe pensar que ambos grupos estén de buena fe y que debamos reconocer que el problema es muy difícil de resolver. ¿Y qué hemos hecho en las últimas décadas en Occidente con los problemas difíciles? Pasárselos a los tribunales, aprovechando que ellos sí están obligados a dar una respuesta. Sin embargo, en estas cosas, los jueces están tan perplejos como nosotros.

Como en Chile el asunto cayó en el Tribunal Constitucional, la respuesta era relativamente predecible. En materia de derechos humanos un tribunal de esta índole debe optar por lo más seguro: si hay riesgo de que una actividad viole el derecho a la vida debe limitarla. Hasta ahí lo poco que sabemos sobre una sentencia cuyos detalles aún no se conocen.

¿Y por qué se ha armado todo este revuelo? Que se discuta sobre esta materia no resulta nada de obvio. No creo, por ejemplo, que en China o Burundi se haya debatido mucho sobre esta píldora. Lo que ocurre es que en Chile hay muchos pro vida y tienen al menos dos motivos para preocuparse del tema: primero, porque puede ser abortiva y, segundo, porque su aprobación es un paso en el camino hacia la legalización del aborto. Como los parlamentarios pro vida no son lerdos, el asunto terminó en el tribunal, con el agravante de que sus adversarios tampoco se quedaron tranquilos. Así tenemos al país en una guerra de encuestas, cifras y declaraciones, que nos habríamos ahorrado si no existieran esos tipos tan incómodos.

Los pro vida se preocupan de los más débiles entre los débiles: los que no han nacido. Aquellos que tienen apenas unos centímetros o milímetros de tamaño y que, si molestan, pueden ser eliminados con una inyección o una pastilla sin que nadie lo note (hoy no gustan las cosas sangrientas, salvo en el cine). Son tan raros los pro vida, que piensan que aplicar la pena de muerte sin un juicio previo es una injusticia mayúscula, como sucede en el aborto. Incluso la mayoría de ellos está en contra de toda forma de pena capital.

Lo que hoy vivimos no es una novedad. También en otras épocas de la historia de Chile y el mundo ha sucedido que un grupito viene a turbar nuestra burguesa tranquilidad. Pero gracias a esta gente molestosa se abolió la esclavitud, se reconoció el derecho de voto de las mujeres, se habló de los detenidos desaparecidos y hoy no aceptamos que haya gente que se dedique a matar ballenas o a destruir bosques nativos.

Afortunadamente siempre hay alguien dispuesto a ser denigrado, humillado, ridiculizado y criticado para que la Humanidad se haga un poco más humana, aunque no falten profesores, parlamentarios y otros poderosos que nos den mil excusas para deshacernos de aquellos que nos incomodan.