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Nuevo progresismo para nuevos desafíos
"El Nuevo Laborismo (modelo 1997) hoy está pasado de moda", señaló David Miliband, canciller inglés, el viernes pasado en una columna en The Times. No hay en Miliband ánimo oportunista ni revanchista; por el contrario, él proviene del corazón de la renovación laborista de Tony Blair. Miliband era entonces un joven asesor en políticas públicas y speechwriter de Blair, y participó activamente en la elaboración del relato central de ese proyecto.
Pero las cosas han cambiado mucho en diez años y de ese cambio no sólo da cuenta la reflexión de Miliband, sino todo el mundo progresista que se reunió en Londres el pasado fin de semana.
Por una parte, la globalización ha ido más allá de lo que incluso sus promotores pensaron. Es mucho más que la transnacionalización de las finanzas. Es mucho más que la masificación de las nuevas tecnologías de información y comunicación. Ha avanzado hacia procesos políticos de profunda significación que están en plena marcha, como la consolidación de Europa o la fuerza que adquiere Asia, por mencionar un par. Hoy se plantea un desafío histórico de escala planetaria, como es el cambio climático. Hoy se crean y refuerzan problemas que sólo pueden ser abordados desde una perspectiva global, como las pandemias, las migraciones masivas y descontroladas, el crimen organizado o el terrorismo, entre otros.
Pero no sólo los temas han cambiado; también las personas. La primera generación de este entendimiento progresista comenzó a dejar el poder a principios de la actual década, con Clinton, Schroeder, Cardoso, Lagos, Person, Blair, entre otros. En algunos países asumieron gobiernos conservadores. En otros se produjo un recambio generacional: Brown, Zapatero, Clark, Rudd, Lula, Bachelet y Stoltenberg comenzaron a ocupar los espacios y generar coordinación entre sí.
Lo concreto es que diez años después de lanzada la Red Progresista, hay nuevas caras para nuevos temas. Por eso los ingleses han hablado de un nuevo-nuevo laborismo. Por eso la prensa internacional habló de un nuevo progresismo.
El primer evento de líderes fue el cierre del seminario de expertos del día viernes, donde participaron Bachelet, Clarke, Rudd y Brown. La puesta en escena fue impecable. Moderaba el panel Lionel Barber, del Financial Times, con el encanto (y la mordacidad) que sólo un moderador inglés puede aportar. El escenario moderno y sobrio, fondo plano, suaves luces indirectas. No sé por qué recordé el escenario del Congreso del PS en Panimávida, con Bachelet hablando delante de un fondo chueco que apenas se sostenía, en una carpa a pleno sol y con 33 grados a la sombra, mal audio, malos tiros de cámara e inexistente iluminación.
¿Importan esas cosas? Creo que no, o que no debieran. Pero no dejan de llamar la atención.
Progresismo de convicciones
En esta nueva versión, el Progresismo 2.0 ya no tiene que derribar los mitos que enfrentaron los gobiernos de esta tendencia en los noventa. Bachelet lo decía en El País de España la semana pasada: "Los progresistas no tenemos que rendir credenciales de buen manejo económico a nadie". Es un hecho que bajo los gobiernos progresistas de fines de los 90 se generó un ciclo de prosperidad y dinamismo económico en diversos países.
El desafío de hoy, por tanto, no es el pragmatismo, son las convicciones. Los progresistas lograron demostrar que el buen gobierno está de su lado. Lo que ahora corresponde, más bien, es entrar de lleno en el debate valórico, en la promoción de sus creencias, en hacer cada vez más explícita su vocación social e igualitaria. Y debe hacer eso en un nuevo contexto social y económico: el que, paradójicamente, ellos mismos ayudaron a construir.
Los ciudadanos hoy son menos dóciles, más exigentes, poseen más conciencia de sus derechos y, sobre todo, tienen más fe en sus propias posibilidades que en lo que el Estado pueda hacer por ellos. En cierta manera, son más individualistas, en tanto ellos definen sus vidas. Pero, a la vez, sigue existiendo conciencia acerca del rol de la política para crear las condiciones de desarrollo, para brindar reales oportunidades a todos y para, muy importante, enfrentar los grandes desafíos colectivos de la Humanidad.
Por eso el cambio en el lenguaje y actitud. Por eso no hay complejos para asumirse de izquierda, para hablar de la equidad como objetivo central, o para decir que no sirve el crecimiento sin justicia social ni sustentabilidad.
Después del panel, Brown invitó a cenar a los líderes y sus sherpas a la residencia oficial de Chequers, en las afueras de Londres. Nos recibió él, su esposa y su pequeño hijo de 20 meses. La residencia está cargada de historia. Fue construida en 1550 ("eso es nueve años después que se fundó la capital de Chile", le comenté a la sherpa de Sudáfrica). En 1917 el palacete fue donado al gobierno, como residencia de fin de semana para quien ocupara el cargo de primer ministro. Cuenta con una biblioteca impresionante, en la que se exhiben, como tesoro, unas cartas y unas pistolas del mismísimo Napoleón. Lo administra un dandy inglés muy simpático, culto, divertido, que para anunciar que la cena está lista golpea un pequeño martillo en una mesa.
Un mundo más global que nunca
La sensación de que el mundo cambia a pasos acelerados e inesperados es lo que predomina en los círculos de discusión internacionales. Sea el Foro de Davos, de Boao o la Cumbre Progresista, de lo que se habla es que la globalización parece ser mucho más dinámica y menos asible de lo que se pensaba hace una década.
A mediados de los noventa, el progresismo hizo bien en apropiarse políticamente de la globalización. La modernidad que exudaban Clinton o Blair era evidente al lado de Bush o Major. Hoy las cosas son muy distintas. Los problemas son más grandes y las críticas son mayores. No deja de ser curioso que fenómenos globales den origen a sentimientos nacionalistas, ligados ante todo a las amenazas que los ciudadanos creen percibir de este proceso. Por eso es tan importante el llamado a la acción colectiva global, conjunta, coordinada entre los países. Porque, algunos de estos desafíos -por ejemplo y de manera más dramática, el cambio climático- sencillamente no tienen respuesta nacional.
Los temas de la Cumbre partieron de la base de esa constatación y del desafío principal del Progresismo 2.0: lograr una globalización inclusiva. De allí se descolgaron los cuatro temas específicos que se abordaron: pobreza y desarrollo; cambio climático; comercio e integración; y reforma a las instituciones multilaterales, desde la ONU hasta el entramado financiero multilateral.
La cosmopolítica de Ulrich Beck se hizo sentir más que nunca. Asistían, además, personalidades progresistas que encabezan organismos internacionales. Cabe detenerse en ello brevemente, porque, de manera silenciosa, diversos políticos de centroizquierda han ido copando organismos multilaterales. Estuvieron presentes en la Cumbre personajes como Dominique Strauss-Kahn, del FMI; y Pascal Lamy de la OMC. Estuvieron Javier Solana, Peter Mandelsohn, Antonio Guterres, entre otros.
En el fondo, un gran llamado para una gran acción colectiva, la que requiere de todos los foros -incluyendo los más políticos, como éste- para ir generando conciencia acerca de lo que se denominan bienes públicos globales.
Además de los trece jefes de Estado y gobierno y las cabezas de organismos multilaterales, participó Bill Clinton como invitado especial. Es hábil y carismático. Dijo: "El miércoles estuve en Harrisburg haciendo campaña por mi candidata" y todo el auditorio rió. Se metió en todos los temas, con un manejo envidiable de cifras y estado del arte de las discusiones. Los países de Europa del Este lo miraban con cierto recelo. Hubo algo de paternalismo en la forma como se refirió a los representantes de África. Se le pasó un poco la mano con la nota de informalidad al hacer una intervención mientras masticaba una pastilla de menta. Pero el tipo es brillante.
Partido natural de gobierno
La gracia del movimiento progresista de los noventa es que transformó una socialdemocracia algo añeja en una fuerza convocante y capaz de ganar elecciones. Sea cual haya sido el resultado de las elecciones de los 2000, lo cierto es que los partidos progresistas se erigieron como los partidos naturales de gobierno, como fuerza mayoritaria en cada sistema político, cuyo destino es estar en el gobierno, aunque sea con alguna intermitencia, y no condenados a largos períodos en la oposición.
David Miliband señalaba: "Lo único que podía enseñar el viejo laborismo era cómo perder elecciones". Esos días ya son parte del pasado. Incluso en las derrotas, los progresistas dan estrecha pelea. Al mirar el calendario de elecciones para los próximos dos años, uno piensa que esta condición puede acentuarse aun más. Ya se ganó España. Ya se ganó Australia. Los demócratas pueden ganar en Estados Unidos nuevamente. Podría surgir un liderazgo femenino potente en Suecia y Dinamarca. En Sudamérica, lo cierto es que Argentina, Brasil, Uruguay y Chile -puntos más, puntos menos - son una socialdemocracia renovada más que otra cosa.
La discusión en la mesa redonda del día sábado fue muy entretenida. Duró cuatro horas, pero se pasaron volando. Los anglosajones son maestros en el arte de presentar brevemente un argumento, dar la cifra, tirar la talla y rematar con una conclusión potente. Brown muy sólido, impecable en el uso de ejemplos históricos para ilustrar sus puntos. Clark con un excelente manejo de cifras y datos. Kevin Rudd es gran conocedor de China y de los desafíos que esa región coloca al mundo. Stoltenberg conmueve con su preocupación por la pobreza, la desnutrición infantil y materna. Y aunque la observación venga de muy cerca, Bachelet ("Michelle", para Brown y Clinton) ganó en el ranking de menciones cruzadas.
Mejor que eso fueron el café y el almuerzo. No porque yo sea especialmente glotón, sino que por el ambiente que allí se daba. Sólo el líder y su respectivo asesor, en esa sala en el Hotel The Grove. Se hablaba de todo sueltamente, en un ambiente de confianza.
Algunos dirán que esta extensa crónica no es más que un extenso y autocomplaciente publirreportaje. Me importa un carajo lo que digan. Me ofrecieron este espacio para relatar lo que viví y lo que se discutió, y bueno, yo lo describo como quiero. Lo importante es otra cosa. Lo importante es ponerse al día con lo que otros están debatiendo. El mundo ha cambiado y está cambiando mucho; es bueno detenerse a pensar un poco. Quien diga que tiene todo claro, o miente o se equivoca. Hay muchas cosas pasando allá afuera y es nuestro deber estar un poco más atentos a ellas.
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