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En la última edición de una conocida revista sureña, le preguntaron a diez líderes de opinión cómo sería Puerto Montt sin salmones. La mayoría expresó su admiración y reconocimiento por la industria. Con matices por supuesto. Una opinión sin embargo se salió del patrón habitual. Con su ligereza habitual, Douglas Tompkins espetó sin titubear que la defensa de la industria salmonera y del gobierno chileno se basaba solamente en el argumento de "la creación de empleos". Pero, agregó, "crear empleos destructivos no es algo positivo. ¿Qué dirían -se preguntaba Tompkins- si la Cámara de Comercio abogara por darle más empleos a las prostitutas que requieren de trabajo? ¿O a los ladrones de bancos?".
Que se den por notificados los trabajadores de la salmonicultura: señoras, Mister Tompkins cree que su trabajo es equiparable al de las "niñas de la calle" y el de ustedes, señores, al "de asaltantes de bancos". Cuesta imaginar una afirmación más soberbia de quien critica a la salmonicultura de cometer ese pecado. Y no me imagino a ninguno de sus voceros aplicando adjetivos de este tipo a sus adversarios. Tampoco se les ocurriría calificar la muerte de un visitante a algún centro de cultivo como "un acto de Dios", tal como argumentó él cuando un árbol de su parque les cayó encima a tres turistas y los mató.
Lamentablemente, las campañas contra los salmones de algunas ONG suelen tener ese tinte. Hay excepciones, como la WWF, que de verdad tiene interés en mejorar los estándares de la industria más que fomentar su desaparición.
Estas campañas tienen historia: parten de la verdadera guerra que se produjo entre quienes producían salmones cultivados y quienes los capturaban en su estado silvestre. Antes que el salmón cultivado fuera la realidad que hoy conocemos, el 100% del consumo mundial provenía de los ríos de Canadá, Alaska y otros territorios del hemisferio norte. Comunidades completas y grandes empresas vivían de la actividad. Sin embargo la producción alcanzaba valores muy fluctuantes, dado que era una actividad de caza y recolección.
El salmón cultivado, más predecible, más uniforme y con mayor contenido de Omega 3 (de acuerdo a los profesores Mozaffarian y Rimm -de Harvard-, el consumo diario de salmón cultivado puede prevenir uno de cada tres ataques al corazón con resultado fatal), fue quitándole market share al silvestre en forma muy rápida, con la queja consiguiente de quienes antes dominaban este mercado.
Paralelamente, otro fenómeno se había iniciado: se movieron platas grandes para financiar en EE.UU. y Europa las primeras campañas contra el salmón cultivado.
Mientras Chile fue un actor de cuarta categoría, nadie se preocupó de la industria y las ONG se dedicaron con fuerza a los temas de la madera y de la minería. Los salmones, entonces, no eran problema.
Primero fue el dumping
Pero de repente, en pocos años, Chile se destacó como el segundo productor mundial. Y no sólo eso: mostraba todas las características que lo llevarían más temprano que tarde a ser el líder indiscutido de la industria a nivel global.
Y ahí se desató el armageddon. Primero fue la acusación de dumping por parte de los productores de EE.UU. Éstos, quizás entusiasmados porque habían logrado en 1991 sacar del mercado local a los noruegos, en 1997 quisieron repetirlo con el new kid on the block: Chile.
Fue una pelea dura. En el proceso se demostró que no recibíamos subsidios de parte del gobierno.
En el 2002 fue el turno de los europeos. Nadie entendía por qué se nos acusaba. Las pruebas eran muy débiles. Tampoco Europa era tan importante como mercado. Ahí los chilenitos entendieron el mensaje: los europeos no querían la competencia de estos productores de Sudamérica. ¿Qué se habían creído? ¿Que los dejarían entrar así como así no más? No pues:
Europa es para los europeos y no para los sudacas recién aparecidos. No conformes, sumaron la iniciativa de poner salvaguardias en el mercado europeo en 2004. También salimos absueltos.
Ahora, las plagas
Luego vino el ataque por el tema del verde malaquita, un compuesto destinado a combatir los hongos en los peces. Mismos cargos: los chilenos envenenando a los consumidores mundiales. "Salvajes" sin control ni normativa pasaban por encima de los productores civilizados y sofisticados del hemisferio norte.
La verdad es que la lista es para no terminar. Ahora viene el tema del ISA (infección anémica del salmón), una enfermedad viral -y que por lo tanto no se trata con antibióticos- que no afecta al ser humano, hecho que los ambientalistas pocas veces se dan el trabajo de informar, y que hasta ahora, salvo en Chile, ha estado presente en todos los países que producen salmón de cultivo. Para envidia de todos, éramos los únicos del mundo libres del complejo mal. Y ahora que nos llegó -muy probablemente desde los países que lo tuvieron antes- se desató un carnaval de acusaciones sobre la falta de regulación.
En el intertanto la industria impulsó un APL (Acuerdo de Producción Limpia), que duró dos años en desarrollarse: hoy existen 80 centros certificados por el gobierno de Chile como centros de producción limpios, dado que cumplen con el 100% de las 41 medidas autoimpuestas.
La opinión de los ambientalistas respecto de este proyecto -en el cual la industria invirtió US$ 91 millones en dos años- fue que "es un lavado de imagen".
La verdad es que jamás los ambientalistas señalaron los potenciales peligros del ISA para Chile. Y no lo hicieron porque, como saben poco del tema, no les da su falta de ciencia como para poder apuntar a los verdaderos peligros de esta industria. Uno de los cuales es que no importemos la principal plaga no controlada del salmón en Noruega: la Pacreatic Disease, frente a la cual hay que ser muy, pero muy cautelosos. ¿Han oído o escuchado algo sobre este tema desde el balcón de nuestros competidores o desde los almuecines ambientalistas?
Nos presentan como el Far West
La salmonicultura chilena creció muy rápido, entre otras cosas gracias a su economía de mercado y regulación envidiada por quienes hasta ahora crecían mucho menos. Con "la importación" del ISA y otras enfermedades, se ha dado cuenta de que debe -en forma urgente- modificar su estructura espacial: se requiere mayor distancia entre centros de cultivo y espacios de manejo común y unificado.
Este planteamiento lo ha formulado la propia industria a la autoridad. No fue empujado por los supervisores del Estado. Menos por una iniciativa ambientalista. Tampoco de las empresas noruegas que operan aquí y que uno esperaría que tuvieran patrones espaciales como los usados fuera de Chile. Nada: fue la propia industria -como debiera ser por lo demás- quien detectó su talón de Aquiles y se propuso arreglarlo.
Le pregunté a una amiga ambientalista -también tengo amigos ambientalistas- a propósito de la petición de "desalojo" de los lagos por la industria, por qué tanto énfasis en los salmones y no en el turismo, que con su basura y bencina de lanchas y de motos de agua, es evidentemente más depredador del ecosistema que los salmones.
La respuesta fue muy sencilla: "A ustedes los podemos doblegar. Al turismo sería imposible".
Lógica cruel, pero lógica al fin y al cabo. Y como dice Kramer: así es la vida y así es la democracia. Para la industria los ecologistas son parte del paisaje. Hay que considerarlos, tal como Borges se refería a los justicialistas: "No son malos, son solamente incorregibles" (una vez un intelectual peronista lo tomó del brazo para ayudarlo a cruzar una calle. El hombre le dijo: "Ya ve, maestro, cómo le ayudo...y eso que soy peronista". Borges le respondió: "Gracias, hijo, usted también es ciego").
Los ambientalistas quieren presentarnos ante el mundo -con el aplauso cerrado de nuestros competidores- como un país parecido al far west en lo regulatorio. Con mercado negro de antibióticos y un uso descontrolado de éstos. Como un peligro para la humanidad. Y nos reclaman transparencia: que les entreguemos los datos claves, a ver si descubren algo nuevo de qué acusarnos (la verdad es que en Chile es más fácil para los humanos usar antibióticos que para los salmones. Y con distancia).
¿Quiénes son?
Nosotros exigimos transparencia a nuestros detractores: un detalle peso a peso de los fondos que reciben y de quiénes los reciben. Qué intereses representan y cuáles son sus objetivos abiertos y encubiertos. Cuáles son sus normas éticas y reglamentos externos. Les exigimos que respalden sus acusaciones con datos duros y científicos.
Tal como el gobierno -a través de Sernapesca, Subpesca, Conama, Corema, Subsecretaría de Marina, Dirección del Trabajo, etcétera- nos controla diariamente, el mismo gobierno debe controlar a estas organizaciones, cuyos intereses nadie sabe cómo se conectan con los de nuestros competidores y cuya opacidad en su financiamiento es total: ellos sí que son un far west del lobby negativo y nadie en este país parece decir nada al respecto.
La industria no se apartará de su aspiración de llegar algún día a ser los líderes indiscutidos de la salmonicultura mundial. De ser los abanderados del proyecto "Chile Potencia Alimentaria" y de constituir una industria de clase mundial en sus aspectos científicos, médicos y organizacionales. Sin embargo, para eso falta. La comunidad científica y académica nacional no ha estado a la par con nuestros productores. Faltan vacunas, logística y tecnología made in Chile. Faltan recursos a los reguladores. Mayor conexión con las autoridades sanitarias mundiales.
Y, sobre todo, falta imagen país. Esa imagen que sale tan perjudicada cuando algunos irresponsables, en vez de proponer soluciones, lanzan acusaciones falsas y levantan mitos. Hoy podrán ser los salmones; mañana, con la misma falta de patriotismo, puede ser la fruta o el mismísimo cobre, para enorme felicidad de quienes compiten en el mundo por nuestros mercados de destino.
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