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En el patio de su casa en Concón, Téllez tiene guardado su tanque de madera, tamaño real, que expondrá en el Bellas Artes.
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El mito urbano cuenta que el pintor Eugenio Téllez (67), eterno patiperro, con prolongadas residencias en Francia, Canadá y Nueva York, estaría viviendo en Chile. Instalado a tiempo completo en Concón. Para comprobarlo, no queda otra que viajar hasta ese balneario donde, tras unos enormes muros de piedra, se encarama en lo alto del cerro una casa verde y roja con grandes ventanales. Pese al fuerte reflejo del sol de mediodía, es fácil adivinar que la vista al mar desde allí es envidiable. Al tocar el timbre, es el propio Téllez quien sale a abrir la puerta, no sin antes haber encerrado a sus perros, que tienen fama de ser feroces. Tanto como su dueño.
Más delgado, vestido de tonos oscuros y con su cabeza rapada, Téllez no parece ser el Mussolini con el cual lo compararon hace unos años. Sin ningún filtro y a quemarropa, lo primero que cuenta es que está en pleno proceso de divorcio con su esposa, después de 24 años de matrimonio. Quizá por eso no parece demasiado entusiasmado con la espléndida vista que, efectivamente, tiene desde el living. "Esta casa es un accidente, un invento de mi ex", confiesa, mientras se acomoda en un sillón rojo para iniciar la charla, que, en su caso, puede durar horas o hasta toda una tarde.
La inmensidad del océano en ninguno caso es un motivo de inspiración para él. Al contrario, parece abrumarlo, especialmente en esta etapa de su vida: "Me siento como un corcho que flota en el mar de la incertidumbre". Por eso Téllez pinta de espaldas al mar. "Soy como Drácula", dice, "sólo comienzo a trabajar cuando cae la noche". La contradicción, en todo caso, le divierte: "Vivo frente a la playa y en vez de hacer marinas, soy un pintor de batallas". Y como en otras entrevistas, caer en las metáforas militares tratándose de este artista es casi un lugar común. Mal que mal, parece seguir obsesionado con ese tema. Porque si en "Campos de batalla" (2000, Telefónica) junto a sus óleos sorprendió con una bizarra colección de pistolas en que usaba materiales como pelos de perro muerto o encajes, en su próxima exposición que se inaugura el 5 de octubre en el Bellas Artes quiso ir más lejos. Y cumplirá lo que había adelantando hace un tiempo: instalará en el hall del museo un tanque de tamaño real.
Más que un romántico refugio frente al mar, esta casa en Concón ha sido algo así como su cuartel central en Chile. Desde hace año y medio, ha pasado más tiempo aquí que en su departamento de Nueva York, algo no del todo grato para alguien que cada vez que puede ha huido de este país y que está convencido de que "ser chileno es una enfermedad incurable". Pero reconoce que es un buen lugar para trabajar y se trajo herramientas, lienzos y pinturas y comenzó a preparar la exposición que ocupará la Sala Matta del Bellas Artes hasta noviembre. Quería armar todo aquí, culminando así una idea que le propuso al director del museo, Milan Ivelic, pero que lleva al menos tres años de postergaciones.
Reconoce que la demora ha sido responsabilidad suya. Porque Téllez, a sus 67 años, cree que ésta es la última gran exposición que mostrará en Chile. Y siente el peso de esa tarea: "No puedo hacer otro 'Quo Vadis'. Sé que no puedo repetir esta cosa enorme, como el tanque o un perro de Troya que exhibiré". Su pragmatismo también le alcanza para hacer pronósticos sobre el futuro:
"Tengo 20 años más de fuerza creativa. Lo que está bien, pero a mí no me van a andar trayendo en una silla de ruedas". Y al instante remata: "Tengo suficientes armas para volarme el cerebro antes de llegar a eso". Hasta tiene pensado el destino de sus restos. Quiere que lo cremen. Y que sus cenizas sean repartidas en el barrio parisino de Montparnasse, en Nueva York y en Canadá. "Y si queda un poquito, algo en Chile", dice con una sonrisa provocadora, mientras clava la mirada esperando alguna reacción.
Mitópolis
De fondo, se escucha sufrir a Costa Rica ante Alemania, en el partido inaugural del Mundial de Fútbol. Cada cierto rato, Téllez pide detalles de cómo va el encuentro a Claudio, cuidador de la casa y mano derecha del pintor. El fútbol le interesa desde que era pequeño, de la época en que su madre, para rescatarlo de las pichangas de la calle, un día lo puso por primera vez frente a una tela y un pincel. Ella se llamaba Ema Luisa Martínez y "como toda una niña bien", según cuenta el pintor, había estudiado en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile. Téllez no fue precisamente un mateo en el colegio. Una vez una profesora de matemáticas del Liceo Manuel de Salas, especialista en poner unos y ceros, le preguntó qué quería ser en la vida. "Pintor", le respondió. "Usted va a terminar en la cárcel", fue la réplica. No le hizo caso y en 1957 entró al mismo lugar en que se formó su madre, pese a que como hijo de diplomático todo indicaba que se convertiría en abogado.
En esos años, la sede de la Escuela de Bellas Artes funcionaba en lo que es hoy el Museo de Arte Contemporáneo, en la parte posterior del edificio del Bellas Artes. De esa época, el pintor recuerda las animadas conversaciones en torno a la literatura que se generaban en ese espacio, al mismo tiempo que conocía a escritores como Enrique Lihn y Jorge Teillier. Por eso, más allá del peso que significa exponer en el museo, cree que esta próxima exposición, en el mismo lugar donde comenzó su carrera artística, "viene a cerrar un ciclo a una edad en que entro en tierra derecha".
Lo que pasó entremedio, tratándose de Téllez, es una historia llena de historias y mitos. Como que se fue a París en 1960 con apenas 100 dólares en el bolsillo. Aburrido de Chile pero también, reconoce, como una forma de liberarse de la influencia materna. Todavía recuerda con horror cómo ella se encargó de retocar una de sus primeras pinturas. Luego vendría su trabajo en la capital francesa en el Atelier 17 con William Hayter, a través del cual conoció a Marcel Duchamp, el padre de los ready made. Y un período de sobrevivencia en el que hizo de todo: vendió su pasaporte, fue empaquetador del Paris Match y hasta fue inspector de un colegio donde dejaba copiar a los alumnos, entre los que estaban Paloma Picasso y el hijo del escritor Georges Bataille.
Más tarde, su espíritu viajero lo llevaría a Canadá en 1970, donde durante largo tiempo hizo clases en la Universidad de York, en Toronto. A la par, su carrera artística comenzó a consolidarse y su profesora de matemáticas se sorprendería hoy al saber que las obras de su alumno están colgadas en lugares tan prestigiosos como el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el Victoria and Albert Museum de Londres, la National Gallery de Canadá y el Musée de la Ville de París.
Nosferatu
Nuestra visita altera un poco la rutina de Téllez en Concón, con un largo almuerzo en el restaurante Donde Iván, a pocos metros de su casa. El disfrute de un contundente congrio adquiere un mejor sabor luego de la primera victoria de Ecuador en el Mundial, mientras el artista aprovecha de aclarar que normalmente no almuerza. Cual soldado, su rigurosa rutina incluye levantarse tipo nueve y después dedica mucho tiempo a leer. En la mesa de centro de su casa está el "Porqué escribí", de Enrique Lihn. Y también está leyendo "La piel", de Curzio Malaparte, otro provocador, escritor, periodista y director de cine italiano que en su juventud adhirió al fascismo.
Desde que está acá ni siquiera ha bajado a la playa, y aunque sabe que el poeta Claudio Bertoni y el cantante y escritor Patricio Manns viven en Concón, tampoco se junta con ellos. Y más que recibir visitas, prefiere viajar a Santiago a reunirse con amigos de toda la vida, como Germán Marín, o con una generación más joven que "tiene una mirada más libre", en la que incluye a nombres como Rafael Gumucio, Matías Rivas y Patricio Fernández.
Al atardecer, antes de entrar al taller, come algo muy liviano. "Es como ir al combate", dice, convencido, sobre sus jornadas de trabajo que suelen comenzar a las seis y media de la tarde y extenderse hasta las tres de la mañana. Salimos del living para ir finalmente al taller, en el segundo nivel de la casa. Antes pasamos por un estudio, donde al lado de un retrato de doña Ema Luisa, su madre, cuelga una foto del propio Téllez a los 6 años, cuando era un "niño maldadoso". Allí tiene algunos de los singulares objetos que formarán parte de lo que el pintor llama el "museo imaginario de la arqueología de la memoria y la historia". Y, entusiasta, no duda en ponerse al hombro lo que parece ser una ametralladora de cochayuyos o empuñar un bastón de mando militar que tiene una pequeña cabeza de madera tallada.
Subiendo las escaleras exteriores, y luego de pasar por la vigilante mirada de Willie y Lily -un doberman y una rottweiler que parecen poco amistosos-, el taller de Téllez sorprende por su orden. Aunque él dice que es un desastre, los pinceles muy limpios y los tubos obsesivamente dispuestos en la misma orientación lo delatan. "A lo mejor soy un control freak", termina reconociendo. Al recorrer el taller, en los óleos de 3x2 y de 2x2 metros se van repitiendo los armamentos, mapas, partes de la anatomía humana y tanques, siempre sobre esos fondos negros que a estas alturas son un sello en Téllez. "La guerra es uno de los temas de la historia del hombre, y sobre los que más se ha trabajado, al igual que el sexo y la muerte. Es una tradición dentro de la pintura. Esto es un guiño a las pinturas del Renacimiento, o a Leonardo, que hacía dibujos de armamentos", se justifica, mientras los ladridos de Willie y Lily no dan tregua.
Igual de curiosos resultan unos retablos en madera, que irán iluminados en la exposición del Bellas Artes, destacando especialmente uno en que aparece una singular pléyade de personajes: Lenin, Che Guevara, el Papa, Marilyn Monroe, Hitler, Mussolini y Stalin. Por la temática de sus obras, podríamos imaginar a Téllez pintando con la música de "La cabalgata de las valquirias", de Wagner, de fondo. Pero no. Le gustan el tango y la ópera, sobre todo los compositores italianos. Y para demostrarlo, repentinamente Puccini se posesiona de él y se lanza a cantar el aria Che gelida mamina de "La bohème", mientras sobre una mesa del taller hay un CD con arias del tenor italiano Beniamino Gigli, el sucesor de Caruso.
A la salida, Hannah, una dogo de Burdeos, luce amenazante tras una ventana. "Ésta es la brava", reconoce Téllez, mientras pasamos al patio, donde a simple vista queda claro que su anunciado tanque lo hizo en tamaño real: siete metros de largo, cuatro de ancho y cuatro de alto. Construido en madera de raulí, lo armó hace cuatro meses con la ayuda de un carpintero. A estas alturas de la tarde, Téllez no parece dispuesto a dar largas explicaciones, mientras desliza que el tanque es una metáfora, "como el vientre de la ballena o la madre". Más le divierte contar que dentro caben hasta seis personas: "Hasta se puede vivir ahí".
Ya son casi las siete de la tarde en Concón. Detrás de los árboles recortados por la silueta del taller del pintor, está saliendo la luna llena. A modo de despedida, Téllez imita un gesto draculiano: muestra los colmillos y hasta repliega sus manos como si se preparara para atacar. Es la hora de Nosferatu. Y Téllez tiene que volver a trabajar.
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