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"El día que conocí a Maradona fue, en todos los sentidos, mucho más grande de lo que esperaba. Es una persona que emana emoción y fuerza y encanto. Es alguien único", dice Emir Kusturica, al teléfono desde Belgrado.
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Hablan a través de una traductora. Pero parecen entenderse con el cuerpo. Se acercan. Se abrazan. Se muestran las heridas de guerra, los tatuajes. Dos figuras avasalladoras, excesivas, políticamente incorrectas. Dos gitanos de la vida frente a frente. Uno nació un domingo hace 45 años en un barrio marginal de Buenos Aires y a los 20 alcanzó el estatus de mito jugando al fútbol. El otro creció en Sarajevo y mientras su país desaparecía del mapa, se convertía en uno de los cineastas más rotundos de los últimos tiempos.
Dos que no se conforman con una sola etiqueta. Uno escribe, produce y dirige películas, aunque también es actor, viaja frenéticamente por los cinco continentes tocando la guitarra con su banda de punk rock gitano, la No Smoking Orchestra, y ha fundado un pueblo entero: Küstendorf, situado al suroeste de Belgrado, una villa dedicada al arte, creada en pro de la diversidad cultural y contra la globalización. El otro hizo de los regates y los lanzamientos, un arte; fue ídolo de masas, fue Dios, luego descendió a la categoría de delincuente, marginal, enfermo incurable, y ahora, en el ocaso de su carrera, se ha reinventado como cantante, presentador de televisión, entrenador, vicepresidente de equipo de fútbol y hasta líder político... Dos irreverentes gladiadores, dos mastodontes del desacato que desde hace año y medio trabajan juntos en una película filmada a lo largo del 2005 y que se perfiló desde su rodaje como una visión muy particular del astro argentino. Un documental que hoy se encuentra en fase de posproducción en Serbia, con la idea de estrenarse a fines de año.
Maradona, la película, también asegura un recorrido por diversas ciudades (Buenos Aires, Belgrado, Nápoles, Barcelona, La Habana?) y sus estadios (La Bombonera, el Estrella Roja, el San Paolo, el Camp Nou?), con un montón de estrellas invitadas (músicos, políticos, futbolistas), marchas políticas, fiestas y mucha música, todo bajo la batuta y con el sello de ese genio ganador de la Palma de Oro de Cannes con filmes como Underground o Papá está en viaje de negocios. "La vida de Maradona es tan rica, tan llena de matices, como una música que tiene el tono perfecto, que no cambiaría nada en esa historia aunque rodara una película de ficción", dice Kusturica al teléfono desde Belgrado.
El encuentro
Buenos Aires. La noche del 1 de abril de 2005 una camioneta se detiene frente a la puerta del edificio de Claudia Villafañe. Dentro, celebran el cumpleaños de su hija Dalma. Un hombre altísimo toca el timbre. Llega con un par de cámaras y un reducido equipo de producción a conocer a uno de los héroes nacionales, un mito que en esas fechas todavía lucha contra su sobrepeso, un corazón que falla, una rodilla seriamente averiada, el desenganche de su adicción a la cocaína y un hado maligno que le ronda y que predice que el mercado laboral es cada vez más estrecho para su inmensidad. Se trata del primer encuentro entre Emir Kusturica y Diego Armando Maradona.
La película se puso en marcha a fines de 2004 desde la productora española Pentagrama Films. José Ibáñez, uno de los productores ejecutivos, tiene experiencia en propiciar encuentros excepcionales y aparentemente insólitos: hace unos años organizó una reunión entre Oliver Stone y Fidel Castro en La Habana, de la cual resultó el documental Comandante. Con los derechos de la vida de Maradona en la mano, Pentagrama convenció al director para ponerse al frente del proyecto. Kusturica, confeso amante del fútbol y en cuyas películas no faltan estadios, balones e hinchas, había rodado ya, como una premonición, el grito de "¡Maradona!" en una escena de Gato negro, gato blanco.
"El día que conocí a Maradona fue, en todos los sentidos, mucho más grande de lo que esperaba", continúa Kusturica. "Es una persona que emana emoción, fuerza y encanto. Es alguien único. Al conocerle también entendí lo complicado que debía de ser tenerlo controlado en el campo de fútbol".
Gitanos y rockeros
El 4 de abril de 2005 se organiza una fiesta para Maradona en el mítico local porteño Soul Café. Acuden futbolistas, amigos cercanos, hinchas de Boca y diversos rockeros argentinos. Diez años atrás, en este mismo local, Charly García y Maradona celebraban con un abrazo fraternal el regreso de El Pelusa a Boca Juniors.
Esta noche acompañan a Maradona, entre otros, el propio Charly (que compuso su Maradona Blues cuando el futbolista dio positivo en el Mundial del 94, aunque la canción se publicara años más tarde) y Andrés Calamaro (cuya elegía, Maradona, del disco Honestidad Brutal, habla del "hombre pegado a una pelota de cuero, del guerrero, del ángel de las alas heridas"). Sobre el escenario, el grupo Los Piojos interpreta su tema Maradó. Kusturica se mantiene tras la cámara, al fondo del local.
El momento culminante ocurre cuando el propio futbolista -que lo mismo se descuelga inesperadamente con un tango en la televisión o graba junto a Pimpinela o Calamaro- sube y coge el micrófono: Cae del cielo brillante balón / toda la gente y todo el mundo ve / Maradooooo, Maradoooo? Al final, Diego pide aplausos para "su amigo Emir, el que está dirigiendo este documental", y lo invita a subir al escenario. "Yo apareceré en la película como hilo conductor", explica Kusturica. "No estaba planeado, pero surgió cuando Maradona me invitó a subir al escenario esa noche. De hecho, hemos rodado sin tener guión y sin planificar demasiado, cosa de la que me alegro porque con Maradona hubiera sido imposible hacerlo de otra manera. Después de rodar fuimos organizando el material y escribiendo sobre lo filmado".
Cinco vagones plateados
Hace mucho tiempo que Maradona no regresa al barrio donde creció, una población al sur de Buenos Aires desde la que se escucharon -cuando Maradona se hizo rico y famoso- clamores y gritos y se exigieron favores, regalos, donativos... Una época en que cuando Diego salía a la calle no sólo le pedían un hijo, sino relojes, anteojos de sol, autos, departamentos.
Esta tarde de abril nadie ha avisado que viene El Pelusa. Pero el revuelo se deja sentir en las calles de Villa Fiorito. "Allí pude comprobar que Maradona no es de esas personas que se hacen ricas y olvidan", comenta Kusturica. "Fue muy emocionante. Allí lo ven como un héroe. Es como si nunca hubiera salido de la villa".
Se rueda en la casa en la que creció el futbolista, una pequeña vivienda donde destacan los trofeos de fútbol. Sentados en una mesa con mantel a cuadros, Kusturica y Maradona hablan de la infancia, de fútbol, de la familia. Y de política. Son de sobra conocidas sus posturas en este sentido. Ambos, admiradores del Che Guevara; ambos, opositores del capitalismo feroz, de Bush y de Estados Unidos. Ambos, de controversiales posturas: el Maradona admirador de Fidel Castro cuando hasta la izquierda más trasnochada deplora sus maneras de dictador, y el Kusturica que durante la guerra de la ex Yugoslavia fue acusado de proserbio y de hacer apología a Milosevic. "Además de ser un mago del balón, y una persona encantadora, Maradona es cada vez más un hombre político", afirma el director.
Es precisamente esta faceta política de Diego lo que confirmó una de las últimas localizaciones del documental: Mar del Plata. A principios de noviembre pasado, los cinco vagones plateados del Tren del Alba que marchaban contra Bush en Argentina, tenían prácticamente un solo protagonista: Maradona, seguido de cerca por la cámara de Kusturica. "Basta de agacharse. Que lo sepa. Que se entere, que no venga a tratarnos como súbditos", declaraba Diego, refiriéndose al presidente estadounidense, en los pasillos del tren.
Fútbol en La Croisette
Cannes. Mayo de 2005. Kusturica, que otras veces ha concurrido al Festival más famoso del mundo en calidad de concursante, tiene esta vez la misión de decidir. Como presidente del jurado, su personalidad inunda el Palais y alrededores. La No Smoking Orchestra toca en una fiesta en la que Salma Hayek hace de madrina y Javier Bardem se atreve a darles a los bongós. El director también ha invitado a Maradona: el plan es presentar el proyecto del documental a la prensa y luego escaparse juntos a ver las carreras de Montecarlo.
Además del filme de Kusturica, en Cannes circula otro proyecto sobre la vida de Maradona, esta vez de ficción: el italiano Marco Risi ya ha rodado La mano de Dios en Nápoles, Barcelona y Buenos Aires. Y en Buenos Aires, a principios de este año, se estrenó Amando a Maradona, otro documental, dirigido por el argentino Javier Vázquez. "No tengo ni idea de por qué ahora hay tantas películas sobre fútbol, sólo creo que la figura de Maradona es perfecta para un documental", sostiene Kusturica.
Regreso al futuro
Belgrado. Mediados de junio de 2005. Tras ser recibidos por el primer ministro de Serbia, Vojislav Kostunica, y posar con camisetas con el número 10, director y futbolista se encaminan hacia el estadio del Estrella Roja. En octubre de 1982, cuando jugaba con el F.C. Barcelona, Maradona marcó en este mismo campo uno de los goles más famosos de su carrera: un lanzamiento de 16 metros que engañó al guardameta Aleksandar Stojanovic, y que le dio la victoria al Barça, 2-4 en ese partido de la Recopa. Ahora Maradona regresa ante la misma portería y simula repetirlo para deleite de las cámaras. Kusturica también le da al balón, porque como dijo una vez, "Siempre soñé con ser jugador de fútbol y, a mi manera, lo he sido".
Por la noche, una barca surca el Danubio. Encima, la No Smoking Orchestra anima la fiesta. Maradona lleva una camiseta con Bush disfrazado de Bin Laden. Hace unos años, justo tras el 11-S, Maradona escandalizó al respetable al disfrazarse de Bin Laden en una fiesta en La Habana. Pero aunque continúe la irreverencia política, hoy han cambiado muchas cosas. Maradona ha regresado al pasado: además de repetir el gol contra el Estrella Roja, su transformación en estos últimos meses resulta asombrosa. Ha perdido más de 40 kilos, su rostro vuelve a ser juvenil y sus ojos, pícaros, los de antes.
Santa Maradona
Nápoles. Junio. A las puertas del hotel, una muchedumbre espera al ídolo. En los pasillos, otro encuentro memorable: Manu Chao le pasa su guitarra a Maradona para que se la firme. Cuando en 1994 compuso con Mano Negra el tema Santa Maradona, ya Manu Chao (que compondrá parte de la música del documental) reivindicaba el estatus de creador de El Pelusa: "Considero al fútbol un arte igual de importante que la música: un artista del balón es igual de importante que un artista con su voz". Kusturica lo siente de la misma manera: "Quiero hacerle un monumento al mago de la pelota que convirtió el fútbol en arte". Hace un tiempo, hubiera tenido que rodar el retrato del artista seriamente enfermo. Hoy, una vez más, Maradona ha regresado de lo más profundo. Tras haber sido mutilado ( "Me cortaron las piernas", clamó en el Mundial de Estados Unidos), tras haber fallecido (siempre dice "cuando yo estaba muerto" al referirse a su etapa de adicción), los proyectos cinematográficos, los programas de TV y su creciente presencia en el ruedo político lo han puesto de nuevo en órbita.
El próximo gol
La Habana. Fines de octubre de 2005. Maradona sostiene una larga entrevista con Fidel Castro para los últimos episodios de su programa La noche del Diez. "Me gusta ese chico, es humilde, sabe muy bien de dónde viene", dijo Castro la primera vez que se conocieron, hace casi 20 años. Ahora Maradona no deja de bajarse los pantalones para mostrarle sus tatuajes al Comandante y, entre halagos, pasan las horas del encuentro.
Semanas más tarde, a finales de noviembre y sin coincidir con el astro de fútbol por problemas de agenda, Kusturica aterriza en la capital cubana para rodar durante cuatro días imágenes para su documental. El director aprovecha para presentar su último film, La vida es un milagro, y para citarse con Gabriel García Márquez en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños. Se rumorea la posibilidad de que Kusturica lleve a la pantalla alguna de las novelas del escritor colombiano, seguramente El otoño del patriarca. Allí, el cineasta bosnio volvía a elogiar a su protagonista: "Escogí a Maradona como tema porque es el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos, y es además un personaje mucho más complejo de lo que parece; me llamó la atención el dolor que se percibe en su autobiografía, y además existen pocas estrellas tan comprometidas políticamente, ni personas con tanto dinero que sigan preocupándose por los humildes".
A la espera de un último encuentro entre las dos estrellas de esta historia, cita que seguramente se producirá en Serbia, Kusturica divide el día entre el rodaje de su nueva cinta (The Wish) y el montaje de Maradona, un documental que depara goles de fútbol y goles políticos. Y también rock. Y exceso visual. Y desenfado. Y verdad. Y milagros. Esas cosas a las que nos tiene acostumbrado un cineasta como Kusturica.
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