Historias que traen las olas
Una gran cantidad de relatos legendarios tiene como escenario los mares chilenos; tragedias de amor, tesoros ocultos y personajes sublimes inspiran las aguas saladas del océano.
Nuestro largo y angosto país se caracteriza por tener diferentes paisajes y climas. Estos han configurado tres sectores claramente diferenciados: zonas norte, centro y sur. Cada una tiene sus propios mitos y leyendas, que son un gran aporte a la mitología chilena, y que, además, han intervenido y favorecido la aparición de nuevos relatos. Mares, ríos, lagos e islas son algunos de los lugares más típicos donde se desarrollan estas fantásticas narraciones.
En el norte de Chile, las principales historias ocurren en las playas de Arica, en el desierto de Atacama, en la zona de Caldera y en la bahía de Coquimbo. En estos lugares, la mayoría de las historias son sobre criaturas míticas, amor y tesoros perdidos. Por ejemplo, a la orilla del río Loa, en Chiu Chiu, está el llamado Paso del diablo. Si alguien transita por el sector después de las 12 de la noche, el diablo sale del río con un cuchillo en la boca y, mientras baila, lo invita a irse con él.
Historias de brujos, criaturas míticas y amores prohibidos, entre otros, se cuentan en el litoral de la Región de Valparaíso, la Isla de Pascua y las playas de Constitución y Cauquenes. En este último sector, en la playa de Loanco, es conocido el naufragio del barco inglés John
Elder, que llevaba a bordo un gran cargamento de barras de oro. Numerosas expediciones han tratado de recuperar ese tesoro, pero se dice que fuerzas misteriosas les han impedido acercarse a ese lugar.
En la zona sur, se concentran la mayor cantidad y diversidad de relatos marinos. Los lugares más mencionados son los alrededores de Concepción, el archipiélago de Chiloé, la zona austral, principalmente las provincias de Aisén y Magallanes y en la Antártica.
Por ejemplo, en la mitología chilota, la mayoría de los personajes corresponde a seres acuáticos, con capacidades de transfiguración.
Entre las divinidades más relevantes se encuentra la Pincoya, una mujer que representa una visión poética del amor del pescador por la belleza del mar o de tempestades cuando ella anda de mal humor.
En la Patagonia, son famosos los espíritus conocidos como Kawtcho y Ayayema, que vagan por las noches en las playas y provocan el miedo en los habitantes de la zona. Se sabe cuando están cerca, porque tienen mal olor.
La Piedra Feliz
Era una gran roca enclavada en el balneario Las Torpederas, en Valparaíso. Por muchos años, este lugar atrajo a quienes decidían quitarse la vida lanzándose al mar por penas de amor, enfermedades o problemas económicos.
El pueblo bautizó a este fatídico lugar con el nombre de Piedra Feliz, aunque irónicamente para muchos era la piedra de los infelices. Tiempo después de ocurrida una gran cantidad de muertes, se ordenó dinamitarla.
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El tesoro de los piratas
La bahía de Guayacán (Región de Coquimbo) ha alcanzado fama por su fabulosa historia. En 1578, era visitada por fi libusteros y piratas que navegaban por el océano Pacífi co. Se cree que la tripulación de uno de estos barcos dejó un tesoro escondido. Numerosas expediciones han realizado excavaciones en el circuito, pero nadie lo ha encontrado... hasta ahora. Una historia de sucesos extraordinarios, que constituyen la base de una serie de leyendas.
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La Piedra de los Enamorados
En el balneario de Constitución existe una roca llamada la Piedra de los Enamorados. En su interior, hay dos perfiles, el de un hombre y el de una mujer, quienes, a consecuencia de un maleficio, fueron convertidos en roca.
Se dice que, además, esta piedra tiene propiedades casamenteras, ya que basta que las parejas pasen bajo su imponente arco para que se casen antes de fin de año y tengan una numerosa familia.
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La Roca del Buey
En la bahía de Valparaíso, está la Roca del Buey, un peligroso promontorio que emerge en el mar. Se dice que en este lugar han ocurrido numerosos accidentes, entre ellos el de una corbeta, donde funcionaba una escuela con un cuerpo de profesores y alumnos de familias francesas y belgas. Para evitar más tragedias, se instaló una boya en sus inmediaciones, la que pasó a conocerse como la roca del buey, porque emite un sonido semejante al mugido del buey, cuando hay mucho oleaje.
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